25 may. 2012

PEQUEÑO, GRANDE (John Crowley)


Decir que Harold Bloom la incluyó en su Canon Occidental, a estas alturas de la película puede no significar nada. Puede que no signifique nada que Thomas M. Disch la describiera como “la mejor novela fantástica de todos los tiempos”. Puede que nada signifique que la crítica se muestre unánime en sus alabanzas ni que  miles de blogueros la reivindiquen como la gran obra de fantasía del siglo veinte, la eterna incomprendida, la injustamente relegada del podio literario. ¿Miles de blogueros? Vale, quizá no miles, dejémoslo en cientos o incluso en decenas… Pero acaso en este placer minoritario, casi onanista, radica el éxito de Pequeño, Grande (John Crowley, 1981). Porque ya se sabe que lo sublime no cruza demasiadas puertas y que la “lectura difícil”, morosa, rica en hallazgos estilísticos y dada a pausarse en elevadas labores de bordado literario, no es apta para todos los estómagos. Pequeño, Grande es la monumental obra maestra que, de algún modo inmerecido, se ha quedado por el camino a la gloria. Cosecha prosélitos, y estos la encumbran a lectura imprescindible, a referencia literaria, a libro de cabecera; pero ahí acaba la cosa. Porque es pequeña. Y grande al mismo tiempo.

Me incluyo en ese grupúsculo que busca amargamente su ascensión al trono. Pequeño, Grande narra la saga de una familia asentada en cierto paraje, a la manera de García Márquez, y en efecto la novela podría adscribirse a la corriente del realismo mágico, pero los que gusten de etiquetas lo tendrán difícil esta vez. A ratos fantástica, en ocasiones realista hasta la médula, la obra magna de Crowley ronda la poesía y encierra romanticismo, de suerte que el librero no sabrá en qué estantería ubicarla. La novela empieza con Fumo Barnable –chico de ciudad que no encaja en la ciudad– llegando a Bosquedelinde, la mansión bucólica y aislada donde su prometida ha gastado la juventud en compañía de su extraña familia. Allí Fumo descubrirá que nada es lo que parece, que la casa es una ventana a un mundo velado y que la espesura oculta criaturas feéricas solo presentes en la visión periférica. A partir de este concepto tan simple, Crowley construye una trama arquitectónica inmensa, puntillista, con docenas de historias secundarias y copiosos detalles que abarcan cuatro generaciones y que integran una mixtura en la que el emperador Federico Barbarroja, la Gran Manzana, las hadas de las fábulas y Giordano Bruno conviven sin mayores problemas, entretejidos en este pequeño gran cuento de intenso sabor costumbrista.

Leí la edición de Minotauro, mucho más cuidada y bonita que la moderna de La Factoría. Y, sinceramente, me quedo con la traducción de la difunta Matilde Horne, que también se encargó de transcribir al idioma de Cervantes la mítica edición íntegra de El señor de los anillos de Minotauro. La traducción de Horne es lírica, sonora, musical, y me parece muy acertada su castellanización de los nombres propios, imbuidos de un cierto infantilismo que se suma a ese aire de cuento de hadas que impregna una novela, por lo demás, innegablemente para adultos. He ojeado la traducción de La Factoría y, aunque sin duda es muy digna y no ha perdido liquidez, bajo mi punto de vista no llega a alcanzar la calidad de la primera versión y pierde muchos enteros al no atreverse con la traducción de los nombres propios, con lo que muchos matices se arruinan. También me gusta más la maquetación antigua (me encantan esas filigranas puramente decorativas y lo original de ubicar los subtítulos en los márgenes), sin desmerecer la de la nueva edición, que es simplemente correcta.

Con Pequeño, Grande, John Crowley logra hacer magia literaria. El autor juega con los dobles y hasta los triples sentidos en una novela que insinúa, nunca muestra. La gente pequeña anida ahí, en cada una de las páginas, pero en ningún caso aparece a plena luz del día, delante de los protagonistas, aunque sepamos que la familia Bebeagua, señora de Bosquedelinde, de algún modo participe del secreto de aquellos bosques. El tema del libro es sin duda la nostalgia, nostalgia por ese pasado que siempre huele mejor, muestra colores más vivos, llena más el espíritu que el aburrido y decrépito presente. El hermano Viento-Norte sabe que después del invierno llega la primavera, pero nunca la primavera lució tan hermosa como en nuestros recuerdos, cuando el sol baña los ánimos y la magia fluye como el agua cristalina de una acequia, borrando todo rastro de la decadencia que inexorablemente ha de llegar.

Si te atreves con Pequeño, Grande, ten paciencia. Descubrirás una lectura densa, lánguida y fascinante, un bebedero de sentimientos decimonónicos que invita a la relectura, que obliga a leer entre líneas y que destila maravilla por los cuatro costados. Y quién sabe, tal vez te unas a este cenáculo de incondicionales que conspiramos para que John Crowley, estilista impecable, trepe a todo lo alto del escalafón literario. O quizá abandones la novela alrededor de la página treinta, por cansina, espesa y hermética. No lo sabrás hasta que te aventures en estas páginas.

2 comentarios:

  1. Gran reseña, sí señor! Abres el blog con una gran propuesta a la que ya estoy deseando asomarme.

    Un saludo.

    ResponderEliminar
  2. Muy agradecido, Rublo. Es una novela que me sorprendió; me bebí las setecientas páginas completamente embaucado por la historia. Pura literatura, sin lugar a dudas.

    ResponderEliminar

¡Gracias por comentar!