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27 jul 2013

IndyCon, I Convención de Indiana Jones en Úbeda

IndyCon
No tengo ningún pudor en reconocer que Indiana Jones y el templo maldito está entre mis películas favoritas, si no es la primera, además de uno de los jalones (junto a La historia interminable de Michael Ende, los librojuegos de Altea o los cómics Marvel, verbigracia) que me convirtieron en el juntaletras del fantástico que ahora soy. Por eso, cuando me enteré de que se iba a celebrar una convención de alcance europeo dedicada por entero a mi personaje favorito y que, para colmo, iba a celebrarse en mi propia ciudad, la alegría que me embargó no podía medirse en palabras. Aunque, a poco que se piense, la elección del escenario no resulta tan sorprendente. Y es que Úbeda le sienta a Indiana Jones como un guante: ¿qué mejor entorno para un encuentro de aficionados que una urbe nombrada patrimonio de la humanidad por la Unesco, arquitectónicamente inimitable y con indudable interés arqueológico? La entrada bloguera de hoy constituye una crónica resumida del evento, ligado al Cinefan Festival de Úbeda, una iniciativa que pretende aproximar anualmente un género o figura del séptimo arte a todos sus amantes, fomentar la cultura y convertir Úbeda, durante unos días, en un asombroso plató viviente. Acomódense pues en su butaca, desplieguen su bolsa de palomitas y prepárense para una aventura de cine. Luces, cámara y… ¡acción!


Organizadores
La pasada semana todos los amantes del buen cine de aventuras, y más concretamente de la mítica figura de Indiana Jones, pudimos disfrutar en Úbeda de la IndyCon, la primera convención dedicada al famoso arqueólogo. Fueron cuatro días de experiencias y emociones, cuatro días cargados de sorpresas en un marco cultural incomparable. Cuatro días que se me hicieron escasos a pesar de la avalancha de actos que los muchachos de Cero Culture y Semer Turismo, así como los miembros de la Asociación de la Comunidad Fan Española de Indiana Jones (AFIJ), tuvieron a bien organizar para mayor disfrute de los asistentes.

Admito mi escepticismo inicial ante la propuesta, pero la convención superó todas mis expectativas, no solo en cuanto a la calidad de los contenidos sino también en relación al número de los mismos. Las empresas asociadas volcaron todas sus ilusiones en el proyecto y eso se aprecia en el resultado, ciertamente plausible. Se les vio poner toda la carne en el asador a los Cero y a Semer, encabezado por el incombustible Pablo Lozano, así como a los chicos de la AFIJ, sin cuya colaboración el evento no hubiera sido el mismo. No olvidemos que la AFIJ es una asociación creada por meros fans y cuyas actividades no se fundamentan en el ánimo de lucro sino en la simple pasión por un personaje a quien muchos le hemos cogido un tremendo cariño (un cariño que no se ha empañado ni tras la horrorosa cuarta entrega cinematográfica).


Carlos GilInvitados
Invitados de excepción

Entre las actividades organizadas tuvimos mesas redondas, conferencias y charlas sobre distintos temas relacionados con Indiana Jones, el cine y la arqueología, como la música de Indiana Jones (charla impartida por el escritor Jorge Magano), Vic Armstrong y los especialistas del cine de aventuras (ofrecida por miembros de la AFIJ) o la perspectiva arqueológica de la trilogía (impartida por arqueólogos profesionales).

Objetos de la exposiciónTambién disfrutamos de una exposición de réplicas de los objetos de las películas y de utilería original de producción, como claquetas, bocetos, storyboards, fotos de producción o los guiones de las tres películas. La exposición se ubicó en el hermoso Museo Arqueológico de Úbeda y estuvo permanentemente abierta durante todo el festival; miembros de la AFIJ ofrecieron visitas guiadas en las que nos comentaron multitud de curiosidades sobre el atrezo de los filmes y los objetos expuestos, haciendo especial hincapié en los mcguffin de las películas (los tesoros perseguidos por Indiana).


Espectáculo de Indiana Jones

Los chicos de la AFIJ nos deslumbraron con sus curradísimas representaciones de escenas de las películas, sus disfraces, sus espectáculos, la concentración de personajes durante el Paseo de la Fama (donde además de personajes clásicos de Indiana Jones tuvimos ocasión de fotografiarnos con Darth Vader, Hermione Granger o el Joker, entre otros). Asimismo nos demostraron su excelente dominio del látigo en los inicios de cada espectáculo y, sobre todo, durante el I Concurso Nacional del Látigo del sábado por la mañana.


Más actividades. La noche del viernes 19 se proyectaron en el Teatro Ideal Cinema varios cortos vinculados al mundo de Indiana Jones, entre ellos Indiana Jones y la búsqueda del Ídolo Perdido, dirigido por Fran Casanova, quien suma la friolera de cuatro cortos dedicados al personaje además de otras creaciones de mayor calado (que también se proyectaron durante esa velada). Igualmente nos asombramos con el documental Guadix, tierra de Indiana Jones y con otros cortos relacionados con el mundo de los fans, como Spanish Ball Z o Love Wars. El sábado, por otra parte, se ofreció una mesa redonda en la cual estuvimos charlando sobre cine en general, Indiana Jones en particular, con figuras de la talla de Ramón Langa, Cristina Gil y Fran Casanova. Se me hace forzoso destacar la acertada intervención del primero, tanto en forma como en contenido, que se comía la sala él solito con su voz de trueno y sus llanos principios (no dejó de subrayar que el cine debe alimentarse a sí mismo, sin subvenciones de por medio).



Con Julian Glover
Como invitados especiales, aparte de los mencionados, tuvimos a Julian Glover, el villano de la tercera entrega del doctor Jones (quien también aparece en la saga Star Wars, como general imperial, y en la serie Juego de Tronos, como el maestre Pycelle), y Carlos Gil, director de cine y ayudante de dirección en las tres primeras películas de Indy. Ambos invitados de lujo también nos ofrecieron sendas conferencias sobre su trabajo en la saga y otros datos de interés relacionados con el mundo del cine.

Muy acertado estuvo también el Cinefan Concert del sábado por la noche, el concierto organizado por el Ayuntamiento de Úbeda y la empresa Semer Turismo que puso el broche final al festival (junto con la conferencia de Glover del día siguiente, a la que mi viaje a Francia me impidió asistir). Un concierto a cargo de la banda sinfónica de Jaén dedicado por entero al arte de John Williams, en el que pudimos deleitarnos en vivo con los temas más populares del maestro, incluyendo Star Wars, E.T., Hook, Harry Potter, Parque Jurásico, Superman y, cómo no, la trilogía de Indiana Jones. Un recorrido no solo por la música de toda una generación de cinéfilos, sino por la historia del propio frikismo. Porque allí, esa noche, en aquel marco maravilloso, con la música de Williams introduciéndoseme en el cuerpo y poniéndome el vello literalmente de punta, pude reafirmarme en la certeza de que soy un friki, que siempre lo seré y que estoy orgulloso de ello. Un soñador, que diríamos cuando el término no estaba acuñado aún y empleábamos recursos descriptivos más amables.


Concierto sinfónico dedicado a John Williams

El sentido de la maravilla. Eso es lo que despertaron en nosotros John Williams, Steven Spielberg, George Lucas y hasta Harrison Ford con sus distintos proyectos. La magia del cine y el espíritu de la aventura como nunca se había visto, cifrado todo ello en la maravillosa figura del héroe por excelencia. El aventurero del sombrero y el látigo. El arqueólogo más popular de todos los tiempos. El inigualable e icónico Indiana Jones. ¡Fortuna y gloria!

16 dic 2012

El Hobbit. Un viaje inesperado


El Hobbit, un viaje inesperado

El viaje puede que fuera inesperado, pero la película no tanto. Se viene hablando de esta precuela de El Señor de los Anillos casi desde el rodaje de sus tres predecesoras, y se la viene criticando desde que se supo que Peter Jackson había decidido alargarla en una trilogía. En parte yo también me sumo a estas críticas, pero solo en parte. Creo que nadie en su sano juicio discutiría que las películas son un sacacuartos. Nada nuevo bajo el sol, por otro lado; la industria del cine nunca ha producido películas por amor al arte. El problema estriba en si esta búsqueda de triplicar los beneficios redunda en una degeneración de la novela de Tolkien, es decir, si vamos a encontrarnos con una mala adaptación. Estirar trescientas páginas en nueve horas de visionado, desde luego, da que pensar. Ya se sabía que las películas, por fuerza, iban a incluir mucha paja. Y eso es exactamente lo que ocurre con El Hobbit: un viaje inesperado (Peter Jackson, 2012), primera parte de la nueva trilogía. Al filme le sobran tranquilamente tres cuartos de hora, al menos desde una óptica narrativa. Lo bueno del asunto es que el sobrante no solo está rodado con buen gusto y no molesta, sino que se ensambla perfectamente en la trama y a veces ayuda a que el producto final sea más redondo (solo a veces). Por ejemplo, se añaden escenas de acción cuando el ritmo se lentifica o se insertan secuencias graves cuando el humor ligero torna empalagoso (secuencias que el director aprovecha además para establecer puentes con la trilogía original). Pero, como digo, hay paja muy bien encajada y otra no tanto: la escena de Bilbo y Frodo es tan absurda como irrelevante, solo justificable por un efecto nostalgia que a los lectores de las novelas les va a dejar más bien fríos. Y algunas escenas de acción también son totalmente prescindibles, por muy bien que luzcan.
Gandalf y BilboPero volvamos al problema que afecta sobre todo a los tolkienianos más puristas. ¿Es El Hobbit: un viaje inesperado una buena o una mala adaptación de la novela? Cabría pensar que el gigantismo al que se ha sometido la historia ha acabado pervirtiéndola. Nada más lejos de la realidad. Se puede dilatar una historia sin llegar a deformarla. Jackson se revela como un maestro que moderniza y amplia la narración respetando la fuente. ¿El secreto? Su amor por la obra literaria. Él es el primer crítico de su propia cinta, y eso se refleja en cómo ha mimado cada escena, en los detalles, en los diálogos, en la atmósfera, en el ritmo. La novela sufre ciertos cambios al volcarse en la pantalla grande, eso es evidente, pero nada que trascienda de los necesarios ajustes al mudar la ficción de un medio narrativo a otro.
Se compara la cinta de El Hobbit con la trilogía cinematográfica de El Seños de los Anillos, su predecesora, lo cual constituye un error de base. El Señor de los Anillos narra una epopeya grandiosa, mientras que El Hobbit se reduce a un cuento de hadas para niños. La propia historia de El Hobbit limita su grandeza; no se le puede exigir más a una ficción tan ligera. En mi opinión, Jackson ha elevado épicamente la novela al máximo grado posible, no es viable hacer más grandes unos sucesos tan modestos como los referidos en El Hobbit. Cabe mencionar el esfuerzo invertido por los responsables en aproximar el tono de la nueva trilogía al de la original, respetando al mismo tiempo, no lo olvidemos, la esencia liviana del libro. El resultado es inmejorable, un equilibrio perfecto entre épica y fidelidad.
Los enanosNo todo en la película son virtudes, claro. Aparte de las escenas sobrantes, hay detalles que no me acaban de convencer, y en ocasiones hemos de suspender la incredulidad más de la cuenta para aceptar las paridas escénicas de Jackson. Pero, por lo general, El Hobbit: un viaje inesperado constituye una muy digna precuela de la magnífica trilogía de El Señor de los Anillos, que sin estar a su altura (por cuestiones narrativas, como ya se ha señalado), me atrevería a decir que supera las expectativas puestas en el filme. La banda sonora de Howard Shore ayuda a alcanzar tales cotas, y otro acierto es el de la selección de actores (Martin Freeman es mucho mejor hobbit de lo que nunca fue Elijah Wood).
Diremos namárië hasta el año que viene a enanos, mago y hobbit con la tranquilidad de que Jackson no ha perdido su toque y de que la Tierra Media aún tiene muy buenas historias que contarnos, y bien contadas.
 

30 ago 2012

Dragon Age: arte, cine y videojuegos

Dragon Age: OriginsLos videojuegos están pasando por una buena racha. Poco a poco van surgiendo de ese gueto cultural en el que siempre han estado enclaustrados y se van haciendo un huequito en el panorama de la cultura global. La 2 ofrece emisiones especializadas o incluye los videojuegos en los programas de variedades. Los suplementos culturales, tanto de la prensa escrita como de la virtual, les dedican secciones más o menos afortunadas. Los blogs se atreven a hablar de ellos de forma seria, y las grandes superficies los ubican cerca de otras áreas del consumo de cultura. Los tiempos en que se los demonizaba ya van quedando atrás, y ahora ya no se los ve como un juguete oscuro que impide la socialización del niño, sino como un sano entretenimiento para todas las edades y una manifestación artística más. Sin embargo, aún les queda un largo camino que recorrer para terminar de emerger de ese oscurantismo generalizado que arrastran como un sambenito desde su aparición. Al fin y al cabo, la mayoría sigue relacionando la palabra videojuego con el Comecocos, el Tetris o el Angry Birds. Incluso un parte importante de los propios jugones no pasan de buscar en los videojuegos una fuente más o menos rápida de entretenimiento, un alivio inmediato y fugaz, que pueda aplicarse en cualquier momento y situación, en el metro o en la cola del supermercado, como vienen a ser los ejemplos previos. Lo cual no es que esté mal, pero no todo lo negro son cuervos.

Porque los videojuegos, de un tiempo a esta parte, han evolucionado y se han ramificado hasta tal punto que ya no puede metérseles a todos en el mismo saco. El Monkey Island es a los marcianitos lo que el Quijote a la lista de la compra. Podemos jugar a un juego en el móvil o en la pantalla del proyector, con el surround a toda potencia. Y, como en cualquier otra expresión artística, dentro del conjunto de los videojuegos cabe de todo: desde lo mediocre hasta lo muy bueno, habiendo también ejemplares extremadamente simples y… de cuando en cuando una obra maestra.

Dragon Age: Origins (Bioware, 2009) se promocionó en su día como el "sucesor espiritual de Baldur´s Gate", el aclamadísimo RPG etiquetado por muchos medios especializados como el mejor videojuego de la historia. Lo de "sucesor espiritual" podría parecer una afirmación pretenciosa de no ser porque los guionistas de ambos juegos prácticamente coinciden. Y aunque el argumento de Dragon Age parta de una premisa manida y simplona (salvar el mundo contra las fuerzas malignas en un escenario épico medieval), como en muchos otros casos no es tanto lo que se cuenta como la forma de hacerlo. El mundo de juego ha sido desarrollado hasta el detalle (los enanos de Orzammar superan a los del propio Tolkien, y disculpadme la herejía). La trama cobra giros sorprendentes; los personajes, parte esencial del puzle, están magníficamente caracterizados. Dragon Age: Origins cuenta además con una ampliación y una secuela, Dragon Age II, aunque esta última no está ni de lejos a la altura de su predecesora.

El desarrollo de un videojuego como Dragon Age: Origins es muy parecido al de una película. De hecho, estamos ante las dos manifestaciones artísticas que más rasgos comparten. Ambas necesitan de un guionista (o equipo) que devane el hilo narrativo, de técnicos que lo desarrollen sobre el terreno, de un equipo de artistas que compongan las secuencias y diseñen decorados y vestuario, un compositor para la banda sonora, una empresa que avale económicamente el proyecto y un director que dé coherencia al conjunto, que coordine y dirija el tinglado para que el resultado sea óptimo. Ni siquiera en el videojuego faltan los actores, en este caso de doblaje, como en las cintas de animación. Un videojuego de altas cotas como Dragon Age es un trabajo de equipo, y es indudablemente un trabajo artístico.

Dragon Age: Origins cuenta con un equipo que, a priori, solo puede ofrecer buenos resultados. El grueso de los guionistas deriva de Baldur´s Gate, como ya se apuntó, y muchos de ellos gozan de carreras literarias admirables. Inon Zur, el encargado de la música, es un reconocido compositor de series de televisión e incluso de grandes producciones hollywoodienses, como por ejemplo el film Casper, y ha compuesto para Dragon Age una banda sonora maravillosa, merecidísima ganadora del Hollywood Music In Media Award de 2009. Los estupendos actores proceden del teatro o de la pantalla, y dotan a los personajes de un soberbio temperamento. Todo en el juego destila profesionalidad, desde el aspecto artístico hasta la cuidada mecánica de molino que subyace tras cada escena.

Escena de Dragon Age: OriginsPero el videojuego va más allá del cine, ya que permite abolir esa distancia que media entre espectador e historia, colarnos dentro para vivirla de primera mano, vestir la piel del protagonista e involucrarnos en lo narrado. Y es precisamente la fusión entre la primera persona y la obra cinematográfica lo que hace florecer la magia del videojuego moderno, porque tampoco es lo mismo encarnar los píxeles de un comedor de cocos que sentirnos dentro de una auténtica película, viviendo grandes emociones, sintiendo sobre nosotros el peso de los acontecimientos, combatiendo por el futuro y enamorándonos por el camino. Dragon Age: Origins cuida a sus personajes, todos tienen algo que contarnos; sufres con ellos sus tristezas y alegrías, te involucras en sus dramas personales, te sientes uno más. Hay también romances en Dragon Age, no una opción única sino un abanico de posibilidades (incluso alternativas homosexuales para ambos sexos); idilios creíbles, humanos, moldeables y perfectamente desarrollados. Todo en el juego son opciones, incluso el origen de nuestro personaje es configurable y determinará el modo en que veremos el mundo y el mundo nos verá a nosotros (a modo de ejemplo, no es lo mismo ser noble que mendigo). En Dragon Age la libertad es casi absoluta: gozamos de verdadera sensación de poder sobre la trama, otra de las más señaladas distancias con el cine, porque no incurre en la linealidad sino que cualquier acción que se emprenda tendrá consecuencias, a veces evidentes y otras veces inesperadas. La historia toma una u otra dirección dependiendo de las decisiones que tomemos, que no siempre resultan fáciles. No es un juego éticamente correcto, el bien y el mal se enmarañan y en ocasiones el pragmatismo ofrece mejores resultados que la actitud caballeresca. Es de agradecer la dimensión que los guionistas han imprimido a lo que se cuenta.

Muchos ríos de tinta podrían correr acerca de esta joya galardonada con numerosos premios en 2009 y definida por The New York Times como "probablemente, el mejor videojuego de rol jamás creado". Nosotros nos detendremos aquí, y que Dragon Age: Origins hable por sí solo cuando afilemos nuestra espada y nos aventuremos en él. Por mi parte, llevo años sin poder disfrutar de los videojuegos: las responsabilidades adultas y la falta de tiempo hacen mucha mella en las aficiones de siempre. Pero de tanto en tanto caen en mis manos portentos como este, y es entonces cuando recuerdo por qué amaba –y sigo amando– este pasatiempo tan saludable, tan elevado. Tan condenadamente cinematográfico.


30 may 2012

Los Vengadores y el cine como espectáculo


¿Es una bandada de pájaros? ¿Es una flota de aviones? ¡No! ¡Son los Vengadores!

Estamos ante un proyecto cinematográfico sin parangón: nunca en la historia del cine una película se erigía en secuela de cuatro franquicias al mismo tiempo y era a su vez el final de un ciclo iniciado siete películas atrás, si contamos precuelas (Hulk) y segundas partes (Iron Man 2). Llevan años anunciándola y, para más inri, es el punto de mira de incontables mesnadas de seguidores con un bagaje comiquero que se remonta a cincuenta años atrás. Con todo esto a sus espaldas, Los Vengadores (The Avengers, Joss Whedon, USA, 2012) ha causado un revuelo pocas veces superado, y era obligación de sus perpetradores ofrecer un producto que satisficiera a incondicionales y público masivo por igual. ¿Cumple Los Vengadores con tan altas expectativas? Sí y no.
Dejémoslo claro desde el principio: Los Vengadores es una divertidísima película de acción con un argumento tan nulo que suscita la vergüenza ajena. ¿Qué significa esto? Pues exactamente lo que parece, no hay juicio sentencioso; sobre si es una buena película o no, que cada cual extraiga sus propias conclusiones. He asistido a debates interminables en los que detractores y defensores exponen sus sesudas teorías sobre la calidad artística a favor o en contra de la cinta de Whedon (o de tantas otras). Hace ya mucho tiempo que aprendí que el arte no puede medirse con baremos objetivos y que, al final, tendremos que quedarnos con la mera impresión personal de si nos ha gustado o no. Se asiste a las salas de cine por muchas razones, y una de ellas es pasar un buen rato. El caballero oscuro nos sorprende con el maravilloso retrato de sus personajes y sus vueltas de tuerca en el guion, llevando la madurez argumental al cine de superhéroes; Los Vengadores nos conmueve con sus espectaculares escenas de adrenalina sin refinar. Son dos conceptos de deleite cinematográfico, incluso dentro de un mismo género, y no tienen por qué estar enfrentados.

Los Vengadores adolece de muchos defectos, casi todos relacionados con la narrativa. Es un film que abusa de la verbalización, que reincide con diálogo en conceptos que la exposición visual ya ha dejado claros, como si subestimara el poder de las imágenes y la capacidad del espectador para entender lo que se cuenta. Es una película a la cual se le advierten las costuras, con una primera parte un tanto lenta, que pierde el tiempo en presentar a unos personajes de sobra conocidos (aunque la presentación no es tan profunda como para situar a alguien ajeno a la saga, logro que excusaría su redundancia). Es una película con un argumento más simple que el mecanismo de una piruleta, y con lagunas e incoherencias en la trama (¿por qué Hulk de repente se vuelve controlable?). Y con todo, es una cinta que cumple con creces su función, que no es otra que la de entretener. Se le achaca a Whedon el no estar a la altura de sí mismo, de sus trabajos de largo recorrido (léase series de televisión), pero es que Whedon es consciente del cambio de medio y juega sus cartas en consecuencia. La película puede ser simple, pero en ningún momento es estúpida, nunca insulta la inteligencia del espectador. Solo le da lo que quiere: un espectáculo como pocas veces se ha visto en el cine. La batalla final (cuarenta y cinco minutos largos) es mera poesía visual, puro cine, entendiendo el cine como entretenimiento, retornando a los orígenes de la cinematografía y a la revitalización de los ochenta: buenas coreografías, planos secuencias y efectos especiales en armonía para constituir un todo espectacular. Los actores están correctos, la música firmada por el maestro Silvestri no desentona y el guion es respetuoso con los personajes del cómic (Chris Evans encaja como un guante en el papel del Capi, y solo el Toni Stark de Robert Downey Jr. se aleja un poco del original, para bien).

Los Vengadores no se llevará premios ni grandes alabanzas de la crítica, pero no hay mejor premio que el aplauso del público ni mejor crítica que la de la gente de a pie, por tópicas que resulten estas palabras. Su factura responde a una función muy concreta: generar taquilla y beneficios. Se trata de un blockbuster palomitero sin pretensiones artísticas y mucho menos narrativas. Pero logra que abandonemos las salas con una sonrisa gestada por el sense of wonder, y eso ya mucho más de lo que pueden decir la mayoría de las películas de aventuras hoy día. Solo por esto creo que Whedon puede subirse al podio ocupado por Donner, Burton, Raimi, Singer o Nolan y hablarles casi de igual a igual.
¿El siguiente paso? Aguardar a que los personajes que la Marvel tiene hipotecados a otros estudios cinematográficos queden por fin libres, con lo que el albedrío para construir un universo cinematográfico paralelo al del noveno arte sería total. En cuanto Spiderman, X-Men y otros vuelvan al redil, Secret Wars o Civil Wars estarán más cerca de realizarse que nunca.