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9 jun 2014

Palabras en el limbo

Dos años hace ya que Molinos Cibernéticos comenzó su andadura por estos senderos virtuales. Algo más de dos años, que nos hemos dejado caer por aquí para hablar de cine y cómics, de premios y noticias, de videojuegos y poesía, de alegrías y tristezas. Y sobre todo, por encima de todo, de libros. De literatura, de la buena y de la más modesta. Del poder supremo de las palabras. Hemos reflexionado acerca de un buen puñado de temas, de obras y autores, del desamor y la soledad, y también hemos espiado las convenciones del fándom. Hemos tratado de desentrañar el misterio de la vida, la estructura de la idiotez, la relojería del arte. Sin mucho éxito, como era de esperar, pero como suele decirse, lo importante es el camino.

El sueño de PinochoEl camino. Sigue y sigue, desde la puerta. Hasta el infinito y más allá. Es tan largo como la imaginación, y por eso se jalona de zonas de descanso. Porque de cuando en cuando precisamos descansar. Y ha llegado el momento de hacerlo, de hacer un alto en el camino. No vamos a demoler el chiringuito, pero sí cerraremos temporalmente: el alma necesita darse un respiro. Mi vida es ahora una vorágine de aventuras y sentimientos, y el corazón se me está volviendo loco. No es Molinos Cibernéticos quien está en obras, sino yo. Un blog se alimenta de palabras, y las palabras no me salen, están congeladas en el limbo. Tengo la cabeza ocupada en mil cosas y el alma en el taller de reparación, y ya apenas encuentro tiempo para darle al teclado. Pero esto no es una despedida, es solo un hasta luego. Cuando tenga cosas que decir, las diré. Cuando tenga tiempo de escribir, no solo una entrada de bitácora, que ya es lo de menos, sino las peripecias de un cuento o el manuscrito de una novela, me pondré a ello. Y será pronto, porque aunque las palabras estén en el limbo, las amo tanto que no puedo vivir sin ellas. Así que volveremos, tarde o temprano lo haremos, mis Molinos y yo. Con fuerzas renovadas, y con la misma ilusión con que se inició este pequeño rincón de la blogsfera.

Mientras tanto, dejemos que los Molinos Cibernéticos, con sus dos añitos, rompan sus filas mecánicas y sueñen el sueño de Pinocho. Que se vayan de vacaciones envueltos en una quimera de carne. Creo que se lo han ganado.

Y los demás, ¡sed felices y hasta muy pronto!

13 oct 2013

Pero en la noche

RutinaMe despierto con una punzada de tristeza, digiriendo el sueño que acabo de tener, pero enseguida me incorporo y dejo que los susurros de la mañana me vayan tomando poco a poco el cuerpo. Me levanto lleno de energía, con optimismo y ganas de comerme el mundo: será cosa del ejercicio y de la dieta. Me visto, desayuno y salgo hacia el instituto con la ilusión por bandera. Los Who le cantan a Tommy en los altavoces del coche mientras el día se enciende poco a poco tras las lomas de Baeza.
Abordo el curro con mucha ilusión. Hace tiempo que no me pasaba. El trabajo que ejerzo no es vocacional ni me enriquece, pero no me malinterpreten: no lo cambiaría por nada del mundo. Ningún otro empleo ofrece tal calidad de vida, y me siento afortunado por cultivarlo. Ahora me encanta venir aquí todas las mañanas, relacionarme con los compañeros, reírme de los chistes y las tonterías a la hora del café, aprender de los alumnos, enseñarles yo también algunas cosas y reñir a alguno de ellos, que eso también forma parte del trabajo. Pero el enfado siempre se finge, no es real. A veces me cruzo con ella por los pasillos, pero paso de largo casi sin mirarla. Al principio tuve la esperanza de que pudiéramos ser amigos, ahora sé que ella no quiere ni que seamos compañeros. Así que cumplo su voluntad con entereza y dignidad.

Termino mi jornada un poco cansado. Quizá me tome unas cervezas con los amigos o vaya a ver a mis padres o igual marche a casa, a la calma impagable del hogar. Nadie me espera allí, pero soy del tipo de personas que entablan una extraña amistad con la soledad. Me preparo algo sano para almorzar mientras veo un capítulo de Evangelion: ensalada de primero y pollo de segundo, o crema de verduras  y un carpaccio de ternera para acompañar. O una pizza o un par de fajitas, que la comida rápida bien preparada no tiene por qué ser basura. Por un instante, al abrir el cajón de los condimentos, siento otro breve arranque de tristeza. Aún sigue allí el bote de las hierbas provenzales, que me recuerda a ella, a la última vez que fuimos juntos al Carrefour. Por alguna razón se me ha quedado clavado ese momento y me lo dibujo en la mente como si fuera ayer. Que venga Freud y me lo explique.

Después caeré un rato en el sofá, no más de veinte minutos. “La siesta de la llave”, la llaman los mexicanos: se duermen con una llave en la mano hasta que el sonido que hace cuando la dejan caer, justo al ingresar en el sueño, los despierta. Esa es la mejor siesta, aquella que solo te repara un poco y no te levanta confundido o con el humor agriado. Además, no quiero soñar también en la sobremesa.

Tengo toda la tarde por delante, estoy solo y puedo hacer lo que me venga en gana. Me siento eufórico, libre, muy feliz. Leo un poco en el sofá, o quizá en la biblioteca de la buhardilla. La canción secreta del mundo, de Cotrina, es la novela de estos días y la estoy disfrutando un montón. Soy un lector muy lento, pero quizá se deba a que ahora leo con conciencia escritora y me demoro en los pasajes hermosos o sorprendentes, y el libro de Cotrina los tiene a paladas. Quizá muerda también algún tomo de La patrulla-X; esos tebeos siempre me hacen viajar muy lejos. Después me echaré una partidita a algún videojuego molón, como Bioshock o Dragon Age. La vida me parece hermosa, disfruto muchísimo de los pequeños placeres. Soy feliz, tremenda y sinceramente feliz. Soy feliz con muy poco, pero ese es mi carácter y no tengo otro.

Hora de salir a correr un rato o subirme a la bici. En el primer caso, me dejaré llenar los sentidos por la vida frenética que rueda a mi alrededor mientras gasto el suelo con mis zancadas de potrillo. En el segundo, dedicaré también esa hora a escribir, mi verdadera vocación, porque se puede pedalear mientras uno imagina, teclea y compone. Un par de páginas y Obituario Primavera crecerá un poco más, estará algo más cerca de salir a conocer mundo, en concreto el bullicioso cosmos de las casa editoriales, ahíto de fieras pero también de gente maravillosa. Mi cuarto libro, que espuma cada día en el útero de mi soledad. Cada nuevo libro es siempre una ilusión. No tendré más hijos que a ellos.

Después hago unas pocas pesas, flexiones, abdominales o dominadas, y a la ducha. Y cuando abra el cajón de la ropa interior para cambiarme tal vez encuentre un pelo de ella. Uno de sus cabellos, tan largo, tan tostado, tan personal. Un nuevo pinchazo de dolor, breve pero agudo. Esta casa está llena de ecos, esta casa huele a ella y grita su nombre en silencio. Sus cabellos son sus ecos, y jamás desaparecen del todo; por más que limpie, siempre brotan más. Pero me gustan, hay una parte masoquista en mí que se alegra cada vez que descubro uno nuevo. Por suerte o por desgracia, de él ya no quedan pelos, ni siquiera en la parte trasera del coche.

Ahora tengo varias opciones: llamar a algún amigo, a Diego, a Ramón, a Santi, a Adrián, o a los que están veinte minutos más lejos, Pedro y Juanga y los demás, y salir a tomarme algo con ellos (si es jueves, tal vez caiga también un par de cubatas). Reírme, aprender, enriquecerme. Me siento feliz, vivo, con una pequeña fortuna en amistades, que es la mayor de las fortunas. O puede que cene algo ligero y vea una película en mi sala de cine. Hace tiempo que no bajo, y hoy puede ser un buen día para arrancar la fábrica de sueños, con todo el ritual de los avances y las palomitas. La tele en mi casa está vedada: puede sonar a manifiesto gafapasta, a puro cliché, pero qué quieren que les diga, es la verdad. La mayoría de los canales ni siquiera se ven.

Puede que antes de acostarme intercambie algunos mensajes de Whatsapp con Lara, Sonia o cualquier otra. Alguna intentará tirarme los tejos, como de costumbre, pero yo ahora paso de mujeres. Siento una pereza de plomo cuando pienso en tener que volver a empezar. No, por el momento no quiero mujeres en mi vida. Abandoné por propia voluntad a la que más me completaba, y no voy a intercambiarla por ningún sucedáneo. Amigas, muchas; complicaciones, las justas.

Me acuesto con un libro en la mano y dejo que el sueño vaya extendiendo poco a poco sus zarcillos desde la almohada y me abrace con su dulce sosiego. Me siento feliz, liberado. La vida es fantástica, lo pienso sinceramente. Cierro los ojos y así termina mi día, mi rutina.


Soledad

¿Termina? No del todo. Porque ahora llega el sueño, y en él nada ha cambiado, todo sigue igual. Ella está conmigo, vivimos juntos, y somos dichosos. Nos reímos y apoyamos el uno al otro. No tenemos nada en común pero eso no nos importa. Su cara mala, que la tiene y es poco agradable, no aparece en el sueño. Solo queda lo bueno. Estamos juntos y lo sacamos a él, el más guapo de los suyos y una espina infinita en mi corazón. Le damos una vuelta por el campo, lo oímos ladrar detrás de los conejos, lo vemos disfrutar y eso nos hace felices también a nosotros. Lo más parecido a un hijo que nunca tuve y jamás tendré, quizá aún más intenso que mis propios libros.

Y me despierto al día siguiente, sabiendo que del amor ya no queda nada por ambas partes, pero al menos por la mía sí un tremendo cariño residual. Una resonancia de ese amor que siempre eclosiona en la oscuridad de la noche, tras los párpados, en la vida alternativa del fondo de las alcobas, siempre. Noto una punzada de nostalgia y por un latido me lamento rumiando si tomé la decisión correcta. Cuando elegimos renunciamos. Toda elección entraña una pérdida. Pero el resquemor pasa rápido, enseguida me siento de nuevo feliz y vuelvo a aferrar con mucho optimismo el nuevo día, un día maravilloso. Y comienza otra vez mi rutina.

Solo le pediría dos cosas, dos cosas para terminar. La primera: que por favor, por favor, sea muy feliz. Como lo soy yo la mayor parte del día.

La segunda: que deje de avecindarse en mis sueños.

18 may 2013

¡Feliz cumpleaños, Molinos Cibernéticos!

Molinos Cibernéticos cumple hoy su primer añito. Y este, por tradición bloguera, es un buen momento para hacer balance y reflexionar un poco, o al menos no es peor momento que cualquier otro. Así que vistamos la toga de filosofar mientras los molinos se divierten con el confeti, los regalos, la tarta y el champán.

Durante este primer año como bloguero y escritor me he dado cuenta de algunas cosas. Y la más importante, quizá la que más atañe a mi pequeño rincón de Internet, es que quizá sea un buen escritor, pero soy un pésimo bloguero. Muchos compañeros y lectores ocasionales me han celebrado la calidad de las entradas, pero en esto de las bitácoras, amigos míos, no funciona eso de que más vale poco y bueno que opíparo y mediocre. Para llevar un blog adelante como los dioses mandan un bloguero debe escribir mucho. Pero mucho, mucho. Ha de ser constante en el trabajo de actualizar el blog, ha de mantener fresco el sitio mediante una continua renovación de los artículos. Al menos dos entradas semanales es lo que manda la costumbre no escrita. En ese sentido este blog se erige en auténtico desastre.

Primer cumpleaños de Molinos Cibernéticos
Me quedo, no obstante y haciendo gala de mi célebre optimismo, con lo bueno. Aunque la media de comentarios por entrada es harto modesta, el número de visitas diarias es bastante más alto de lo que creí en un principio. Supongo que eso es lo que importa: que te lean, no que te comenten. Según las estadísticas de Blogger los navegantes se aproximan a estos páramos cibernéticos por muchos motivos, pero la mayoría de las veces buscan lo que se ofrece aquí dentro, sin equívocos. Eso ya un triunfo de mis molinos, aunque sea pequeño.

Lo admito, en más de una ocasión he estado a punto de echar el cierre. Soy un mal bloguero, me cuesta escribir entradas nuevas (por lo general el tiempo que saco para escribir lo dedico a la narrativa, que es lo que realmente me gusta, escribir libros). Sin embargo, al final me he decidido a continuar con mi labor cibernauta porque, al fin y al cabo, el sitio cumple con su función. Ser un escaparate de las cosas que me van publicando. Acercar mis obras a los lectores potenciales, e informar a la gente de lo que voy cociendo lentamente en la cocina de mi literatura. Y hablar de cuando en cuando de las obras de los amigos escritores, de las novelas de los demás. He sido muy honesto con las reseñas literarias: todos los libros que he alabado me han encantado, y aprovecho para aconsejarlos de nuevo, para exigir que se les dé una oportunidad. No hay aquí, salvo un par de excepciones, reseñas de libros grandes. Le pegas una patada a una piedra y te salen doscientas críticas de Juego de tronos, así que ¿para qué otra más? Esa es la línea que continuará llevando Molinos Cibernéticos en este futuro segundo año de su andadura: comentar obras menores de calidad probada que pasan desapercibidas para el grueso de los lectores de este país de pandereta y cultura enlatada. Hablar a voz en grito de la pequeña gran literatura y sí, de tanto en tanto aproximarnos a otros medios narrativos como el cine, el cómic, el videojuego o la música. Y reflexionar sobre literatura, cuanto más mejor, y siempre con la pasión de quien la ama por encima de tantas cosas.

Además, no podía abandonar a su suerte a mis pobres Molinos Cibernéticos. Es como ese zoológico que había que salvar a toda costa aunque fuera por la eventual fortuna de sus animales. Decido seguir, a pesar de los inconvenientes, de las trabas y las barreras, para regalarles a ellos al menos un año más de vida.

Así pues, ¡feliz cumpleaños, Molinos Cibernéticos!

5 ene 2013

El libro sin papel


Olor a librosUna nueva generación de tópicos de última cuña ha irrumpido en nuestros días. Como el de que "vivimos por encima de nuestras posibilidades", o eso de que "yo nunca veo la televisión". A estos tópicos modernos se les suma el defender el libro tradicional frente al electrónico argumentando que nos gusta el olor de los libros. Un tópico idiota, dirán algunos, hasta el punto de que alguien ya ha hecho campaña jocosa y mordaz del asunto. Pero no puede ser tan bobo lo que realmente ocurre. Me sucede a mí, sin ir más lejos. Casi me da vergüenza admitirlo, pero sí, me gusta el olor de los libros, me embriaga esa aromática mixtura de papel, tinta y pegamento, me encanta sentir su volumen en las manos y cómo quedan en los anaqueles de mi biblioteca.
La cuestión es que el olor del papel es solo la raíz de un enorme ritual que el lector de toda la vida despliega cuando lee un libro, lo compra o simplemente lo hojea. Nos deleitamos con el virar de las páginas, disfrutamos ubicando los tomos en su nidito de la estantería. Nos gustan los libros como objeto, no lo podemos evitar. Para nosotros el continente cobra casi tanta importancia como el contenido. Hay libros preciosos, editoriales que cuidan sus ediciones y miman la presentación, mientras que otros libros parecen maquetados con el culo, con independencia de la belleza poética que alojen. Admito que soy más bibliómano que bibliófilo, pero casi todos los bibliófilos lo somos.
Dicho todo esto, no me queda sino romper unas cuantas lanzas a favor del libro electrónico. Cabe decir que ya las rompía antes de probarlo; me obligaban mi educación informática y mi vena de ecologista coñazo. Y es que en el libro electrónico, visto de lejos, todo son ventajas: es resistente, no se deteriora con el tiempo, no ocupa lugar, puede adaptarse a las necesidades del lector, respeta el medioambiente… Contra tales argumentos no hay réplica, muy poco puede esgrimirse a favor del libro tradicional… salvo que nos gusta el olor y el tacto del papel, y que no solo nos trae sin cuidado que el libro ocupe un espacio o envejezca, sino que además nos agrada. Por todo eso, aunque promocionaba las bondades del libro electrónico, secretamente lo aborrecía. No podía con la maquinita de marras, era adecuada para los demás pero no para mí. Aquel infierno tecnológico "vivía por encima de mis posibilidades" como lector. Las supuestas ventajas del libro electrónico tornaban inconvenientes en mi caso.
Libros vs libros electrónicosPero un día las circunstancias me obligaron a probarlo. Ocurrió este verano, cuando un viaje programado a México me pilló a mitad de la lectura de Tormenta de Espadas. Vale que podría haberme llevado cualquier otra novela, pero la historia estaba en un punto interesante y no quería dejármela a medias, y tampoco podía cargar con el tocho durante todo el viaje (los mochileros sabéis que cada gramo cuenta). Al final alguien me ofreció la solución: llevarme su Kindle a territorio azteca. Y todo cambió después de aquella experiencia. Si las virtudes del libro electrónico no me quedaban claras, con los defectos ocurrió justo al contrario: pronto dejaron de serlo o se convirtieron directamente en ventajas. La sensación de leer un libro electrónico, por ejemplo, es prácticamente idéntica a la de leer un libro en papel (*), y la pantalla no solo no cansa la vista sino que la cuida más (entre otras cosas, porque escogemos el tamaño de la fuente). Además, a todas esas cualidades que se ven de lejos se incorporan unas cuantas más que solo se aprecian de cerca: la posibilidad de anotar sin enlodar el libro, el cómodo diccionario (con situar el cursor sobre la palabra ya aparece la definición), el motor de búsqueda (que viene genial en libros corales con múltiples nombres propios, para localizar acciones de personajes que deseamos rememorar), la comodidad de manejo (ya no tendremos que usar ambas manos), los puntos de lectura digitales (se acabó el dejar el libro abierto bocabajo o con el mando a distancia dentro cuando no encontramos el marcapágina) y un largo etcétera.
En definitiva, y para sintetizar lo expuesto: que yo también era de los que reniegan del libro electrónico, pero después de probarlo cambié radicalmente de opinión. En serio os lo digo, antes de manteneros en vuestros trece pedid prestado un Kindle, Papyre o análogo y juzgad con todos los datos sobre el tapete. No basta con manipularlo un rato: para estar en condiciones de opinar tendréis que leer un libro entero (también hay que hacerse al cacharro). Quizá algunos os reafirméis en la opinión de que las nuevas tecnologías no son para vosotros. Pero muchos otros, la mayoría, os haréis conversos radicales del libro electrónico. Si le dais una oportunidad, os ganará para siempre.
Para terminar, me gustaría dejar claro que esto no son unas elecciones políticas ni un partido del Madrid contra el Barça. Yo ahora leo en mi Kindle y también novelas tradicionales; y sigo coleccionando libros impresos porque, en el fondo, soy un bibliómano incurable. El libro tradicional no va a desaparecer (aunque se reducirá bastante por una cuestión de puro pragmatismo), ambos formatos convivirán sin mayores problemas. Pero no podemos dejar de lado lo digital, que tan buenas prestaciones nos ofrece a los lectores de toda la vida. Al fin y al cabo, lo que importa no es la forma sino el fondo: el continuar siendo lectores, y como buenos lectores que somos, seguir "sin encender nunca la televisión".
¡Molinos Cibernéticos os desea feliz año nuevo a todos! 

* Mucho ojo con esto, potenciales consumidores del libro digital: un verdadero e-reader no dispone de una pantalla retroiluminada, como la de las de los ordenadores y tabletas, sino que su tecnología se basa en la tinta electrónica, por lo que ni daña la vista ni la sensación visual difiere de la de una simple hoja de papel. Muchas empresas dan gato por liebre y venden como e-readers dispositivos que no lo son, cebándose aún más durante estas fechas navideñas.


22 sept 2012

Literatura sin etiquetas

Durante la presentación de El Teatro de los Prodigios se efectuó una lectura que podría resultar de interés a los visitantes de Molinos Cibernéticos. Aunque el texto alude a la obra presentada y se enmarca en el acto en cuestión, el tema tratado es lo bastante general como para seducir a todos los amantes de la literatura fantástica. Constituye una oda al género y una crítica contra el corsé literario, y creo que merece la pena colgarlo por aquí.
 
A continuación, el texto íntegro. Espero que sea de vuestro agrado.


EL TEATRO DE LOS PRODIGIOS: LITERATURA SIN ETIQUETAS

  De niño guardaba ilusiones, misterios y mundos completos en las estanterías. Allí estaban, como una colección de sueños, esos pequeños objetos maravillosos: los libros.

Literatura fantástica  Abría uno de ellos y la magia de las palabras se desplegaba ante mí, arrastrándome a través del tiempo y el espacio y permitiéndome compartir las aventuras de caballeros y piratas, exploradores y princesas. Y cuando cerraba el libro, arrebujado entre las sábanas, y apagaba las luces porque al día siguiente me aguardaban las obligaciones escolares, aún flotaban ante mí aquellos personajes, gritándome arengas, llevándome con ellos en sus múltiples andanzas. Y a veces, un niño vestido de verde tocaba en mi ventana para venirme a anunciar que había perdido su sombra.

  Con el tiempo, por desgracia, las magias de la infancia se van evaporando ante nuevas inquietudes, los asuntos de la madurez. La maravilla ante lo desconocido pierde fuelle porque lo desconocido deja de serlo. Se abre el telón y se nos muestra el mundo desnudo, tal y como es, con todas sus barreras y sus asfixias, con sus blancos y negros. Al hacernos mayores claudicamos ante la realidad, en la vida del adulto no queda tiempo para soñar. ¿Somos libres los adultos?

  Dicen que el libre albedrío existe. Que el determinismo solo es una invención de los físicos mecanicistas, una abstracción. Que si yo, por ejemplo, muevo ahora mismo esta mano, es porque quiero hacerlo. Somos libres, eso dicen. Pero también un pájaro enjaulado puede batir  las alas. Un animal en cautividad jamás echará de menos el opulento mundo que se extiende tras su prisión precisamente porque no lo conoce. Al serle ajeno, se imagina libre en su pequeño espacio, aunque el instinto le revele tenuemente la aciaga verdad a través de una misteriosa melancolía.

  A nosotros, los seres humanos, nos gobierna el mismo espejismo. El momento y lugar de nuestro nacimiento condicionan cómo será nuestra vida. La cultura, el derecho, el mundo sociopolítico, desde cierto punto de vista restringen nuestras libertades. Y si me apuráis aún podemos ascender un peldaño más: las leyes físicas de nuestro universo, las limitaciones de la realidad en que nos desenvolvemos, constituyen los auténticos barrotes de nuestra jaula. Seríamos verdaderamente libres si pudiéramos coleccionar llamas de fuego, caminar sobre las aguas, resucitar a nuestros muertos, besar impunemente al amor no correspondido. Seríamos de verdad libres si pudiéramos volar.

  Supongo que todos conocéis el mito de Dédalo e Ícaro, dos mortales que tuvieron la osadía de construirse unas alas de cera para escapar de un laberinto y alcanzar la libertad. Pero Ícaro se aproximó demasiado al sol, la cera se derritió y fue enviado de nuevo al abismo. El laberinto, el sol, representan la realidad. Una realidad que, como la jaula de un ave, como en el cuento de Ícaro, se encuentra tanto arriba como abajo, nos rodea por doquier, de una suerte claustrofóbica.

  Sin embargo, no todo es negro en esta idea. Porque, afortunadamente, y a diferencia de los animales, gozamos de una forma de escapar de nuestro destino de jaula. Os hablo, amigas y amigos míos, del poder de la imaginación. Y una de las mayores manifestaciones de este poder, acaso la más inmortal, sea la literatura.

  La literatura es un portal directo a la libertad. Cuando abrimos un libro, conjuramos ese portal. Cuando comenzamos a leerlo, franqueamos esa cancela e ingresamos en un mundo en el que todo es posible.

  El librito que hoy os presento no es más que eso: un canto a los sueños. Sería pretencioso por mi parte declarar que con este libro os devuelvo la libertad, pero no soy yo quien lo hace, sino vosotros mismos a través de la propia literatura. Porque la literatura, ante todo, siempre ha sido eso: un navío de palabras surcando los mares de la imaginería.

Dédalo e Ícaro  ¿Qué encontraremos aquí, dentro de estas páginas? Un homenaje al prodigio. Una colección de cuentos para adultos que, sin embargo, también puede ser leída por jóvenes. Cuentos ambientados en escenarios realistas en que el absurdo, a la manera cortazariana, penetra como una sutil pincelada, o como un explosivo huevo de Dalí. Podríamos por tanto anunciar estos cuentos como fantásticos. Pero ese afán de etiquetarlo todo, de clasificar las cosas en categorías, es lo que lleva a muchos de nosotros a confundir literatura fantástica con literatura juvenil, o a vincular erróneamente el género con dragones y naves espaciales. Y olvidamos que la literatura, en esencia, siempre ha sido fantástica. La narrativa es ficción por naturaleza. El realismo radical solo es una moda pasajera, una vanguardia más, mientras que todos los grandes escritores se han valido, se valen y se valdrán del tintero y la pluma para construir sus más descabelladas fantasías, desde Homero hasta Borges, pasando por Milton, Dante, Cervantes, Poe, Stevenson, Kafka, García Márquez y un largo etcétera. Fue uno de ellos, Oscar Wilde, quien dijo que a todo aquel escritor que sea capaz de llamar pala una pala deberían obligarle a usar una, porque es para lo único que sirve.

  Con estas palabras, amigos y amigas, no pretendo delimitar mi libro, sino justo lo contrario: romper los límites, demoler las barreras. Porque la literatura no los admite. Porque, como ya he expresado, reniego de las etiquetas. Pero una cosa está clara: los que busquen moralinas en mis cuentos no las encontrarán. En ellos abundan las reflexiones, son cuentos que espejan el mundo en que vivimos. Como anuncia la contraportada, el componente fantástico se releva como simple excusa para ahondar en la condición humana y presentar situaciones que nos son terriblemente familiares. La fantasía está al servicio de la narración, es un recurso más, un instrumento narrativo para alcanzar un objetivo muy preciso, que es contar una buena historia. Pero no se puede negar lo evidente: quienes se aproximen a estos relatos no hallarán sino una forma inmediata de llenarse el alma de la evasión que nos ofrece la literatura.

  El Teatro de los Prodigios está destinado a todos aquellos a quienes la realidad no nos basta. Porque ya está fabricada, porque nos rodea a todas horas y estamos aburridos de ella. Porque lo que ansiamos de verdad, a través de los libros, es salir de la jaula, sentir la libertad. Los libros son unas alas para volar, unas alas a prueba de laberintos e inmunes al sol.

  Este libro es, por tanto, para todos vosotros. Sé que todos y cada uno lleváis un soñador dentro; cada cual guarda una Atlántida en el corazón, en el centro mismo del alma. No solo de pan vive el hombre: nos alimentamos de sueños, nos nutrimos de ilusiones. Por eso os abro las puertas a este teatro que he construido para vosotros, y espero sinceramente que os guste la función.

  Amigos, amigas, bienvenidos pues a El Teatro de los Prodigios.