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19 feb 2014

De vientos, olas y romances en la red

Portada de Contra el viento del norteContra el viento del norte es una de esas raras novelas que te enganchan desde la primera página, sin posibilidad de evasión. Últimamente encuentro pocas así, lo cual no implica que el resto sean malas obras, sino que, por lo general, tienes que avanzar un poco en la trama para pillarle el truco a la cosa. De las escasas novelas que te atrapan desde los párrafos de inicio, algunas lo consiguen mediante la sutil estrategia del mazazo en la cabeza; otras, como es el caso, se basan menos en palabras afiladas o frases demoledoras que en generar pura adicción. Mucho cuidado con ojear el libro en tu librería: en cuanto lo abras estarás perdido. El opio de sus palabras, de sus personajes e ideas, entrará por tus venas, y no podrás cerrarlo hasta haber devorado la última página.

Su autor, Daniel Glattauer, no brilla por una carrera literaria de éxitos intachables. El resto de sus obras obtienen calificaciones pasables en los distintos rincones de la blogsfera, aunque los reseñadores generalmente se aproximan a la obra del vienés tras haber leído la novela que nos ocupa, quizá buscando más de lo mismo. Un error que sin duda conduce a la decepción: como buen escritor Glattauer se reinventa en cada novela, experimenta, intenta superarse y dar un giro a su prosa y a sus temas. Amén de que esta novela constituye un chute intenso pero instantáneo, una de esas piezas literarias que de prolongarse perderían la magia y cuyo estilo se tornaría empalagoso. ¿Por qué? Porque toda la novela es un intercambio de correos electrónicos entre dos treintañeros, una fórmula eficaz solo en pequeñas distancias.

Porque eso es en definitiva Contra el viento del norte: una moderna novela epistolar de amor. Solo que en lugar de la tradicional carta manuscrita, los protagonistas utilizan el correo electrónico. Toda la novela es un duelo de palabras, un tira y afloja virtual, un lance idealista de correspondencia electrónica. Ya se habían escrito antes cosas así, y hasta hay filmadas varias películas al respecto. Contra el viento del norte no es del todo original, cosa que a nadie creo que le importe mientras el juego de seducción de Emmi y Leo, los protagonistas, resulte tan deliciosamente intenso.

No se puede obviar que estamos ante el típico best seller. Bien es cierto que no ha existido un gran aparato promocional detrás, sino que su popularidad se ha basado en el boca-oreja, al menos al principio; pero una vez alcanzado el éxito, el libro cobra todas las características del superventas, y no cabe duda de que se puede leer de un tirón en un par de viajes en metro. La prosa del autor es sencilla y sin alardes literarios, y la trama, ya se ha dicho, resulta un tanto anodina. Y sin embargo, la novela tiene algo que la hace especial, que la vuelve adictiva y que cala muy dentro: la potencia de los personajes, la credibilidad de lo que se cuenta y la frescura con la que se cuenta. Los personajes resultan empáticos debido a su pasión visceral e imperfecciones. El formato de narración hace galopar a la lectura; el cóctel de emociones, esgrimidas con tan buen acierto, nos hace partícipes absolutos del romance. La distancia que media entre la forma y lo narrado se vuelve aquí muy sutil: la sensación de fisgonear algo tan privado como un e-mail es pareja a la de estar espiando con morbo una ventana directa al corazón.

Portada de Cada siete olasContra el viento del norte tiene una continuación titulada Cada siete olas. En realidad, todo hay que decirlo, el autor hace trampas, ya que la historia no se completa hasta haber leído los dos tomos. En otras palabras: ha dividido su libro en dos. Sin embargo, paradójicamente la primera novela funciona también como obra independiente gracias a su final abierto pero correctamente rematado. La historia no se cierra, continúa en la segunda parte, pero de algún modo sí lo hacen las ideas que se plasman. El tema que persiste a través de la novela es el de la idealización de la persona a través de un medio carente de materialidad. Los personajes tienen miedo de perder ese ideal merced a un encuentro físico que desnudaría sus pequeños defectos y echaría a perder la magia; por eso lo postergan una y otra vez para conservar intacta la mitificación. En este sentido, la segunda novela rompe los cimientos de la primera y explora caminos distintos ya desde el principio. De este modo, aunque ambos libros conforman una sola historia, cada uno de ellos nos habla de algo diferente, por lo que el conjunto no se resiente a pesar de su monotonía estilística. Y cabe mencionar que Cada siete olas mantiene el ritmo, la tensión y la calidad de la primera al tiempo que compensa la falta de sorpresa inicial con una exploración drástica de los límites de lo narrado (hasta el punto de caer, a veces, en la hipérbole y la autoparodia).

En conclusión, si deseas espiar un romance fresco y atípico, si quieres acechar secretamente a una pareja en sus cabriolas postales del amor, hazte con estas dos novelitas que son pura droga. Porque así es como se siente uno cuando lee Contra el viento del norte y su continuación: como un auténtico voyeur literario y un yonqui de las palabras.

27 oct 2013

Los nombres muertos, de Jesús Cañadas

Portada de Los nombres muertos, novela de Jesús CañadasA Jesús Cañadas le gustan los secretos. Le encantan las historias llenas de misterios, los entramados de acertijos que enredan al lector, que lo obligan a tirar de la madeja de la literatura con cierta avidez por saber qué va a pasar después, hasta que ha deshilvanado toda la trama. Supongo que empezó buscando este tipo de historias en su rol de lector y, como todo buen juntaletras, acabó escribiéndolas él mismo. Ya demostró esta fascinación por lo oculto en su ópera prima, El baile de los secretos (reseña por aquí), una de esas novelas que se te quedan ancladas en la mente y que verifican muchas cosas, entre ellas el talento narrativo de este autor en ciernes. Un talento, a la sazón, aún por explotar, por pulir. El baile de los secretos constituyó una carta de presentación genial, pero adolecía de ese exceso en el estilo tan propio de muchos autores noveles. Los nombres muertos, su segunda novela, recién publicada por el joven sello Fantascy de Random House Mondadori, tiene todo lo bueno de El baile de los secretos, que es mucho, pero al mismo tiempo está purgada de grandilocuencias, por lo que representa la madurez de un escritor que se perfila como uno de los puntales del panorama actual de la literatura patria de género.

Los nombres muertos (454 de Angell Street en su estado embrionario) cuenta la historia de una extraña búsqueda: la que emprende el escritor Howard Phillips Lovecraft, acompañado de un puñado de buenos amigos, en pos del Necronomicón, un libro diabólico escrito con sangre que no debería existir porque solo es un medio narrativo ideado por el propio Lovecraft. La premisa, de por sí, resulta interesante y presagia grandes aventuras en un universo a un tiempo metaliterario y puramente lovecraftiano, en el sentido más literal. Pero el resultado es mucho mejor de lo que se promete. Cañadas trenza con habilidad géneros tan dispares como el noir y la aventura, el terror y el thriller, todo ello aderezado de buenos personajes, cierto regusto a folletín pulp y unas dosis muy medidas de humor inteligente.

Entre los muchos aciertos de la novela podemos destacar la cuidada elección de sus protagonistas. Los nombres muertos puede integrarse dentro de ese subgénero literario que pone a un escritor mítico en el rol de personaje y lo envuelve en un escenario basado en sus propias historias; el ejemplo más cercano lo tenemos en Félix J. Palma y su trilogía victoriana, en la que se hace lo propio con H. G. Wells. Los nombres muertos, por su parte, ubica al rarito de Providence en el centro de la acción y lo inunda con sus propios mitos, pero Jesús, consciente de que todo eso son simples recursos, en ningún momento pierde de vista su meta: contar una buena historia de suspense. Lovecraft es Lovecraft pero también un personaje fruto de la mente de Jesús Cañadas. Lo mismo pasa con Sonia Green, Frank Belknap Long y Robert Howard, en los cuales podemos apreciar las personalidades que encarnaron pero también una conveniente adaptación a la historia que se cuenta, formando así un trío de secundarios escrupulosamente calculado, que se complementan a la perfección. Eché de menos, todo hay que decirlo, a Clark Ashton Smith, figura vital dentro del círculo de Lovecraft que se merecía cuando menos un honroso cameo en la novela. De algo tendré que quejarme.

El estilo de Jesús Cañadas en Los nombres muertos resulta fluido y agradable, pero dista mucho de ser simple. La novela está cargada de hermosos hallazgos literarios que no entorpecen el ritmo de la novela sino que a todas luces la enriquecen. Cañadas se ha medido esta vez y ha esparcidos dichas perlas literarias a lo largo de toda la obra, con un pulso estratégico muy acertado: el rodaje como autor se le nota, y aquí el resultado ya es de diez.

A Jesús Cañadas le gustan los secretos, y también los guiños y homenajes, que no dejan de ser más secretos enterrados en sus páginas. Y Los nombres muertos, como su novela de Ajec, también los tiene. Homenajes a los autores de la época y a la propia literatura, a los lectores del fantástico. Homenajes al cine de los ochenta, a las revistas pulp y a la serie B en general. Pero, sobre todo, abundantes guiños a las andanzas de Indiana Jones. Y es que Los nombres muertos puede disfrazarse de muchas cosas y abordar numerosos palos, pero por encima de todo es pura aventura, con todos los ingredientes necesarios para simplemente pasar un buen rato leyendo. En sus páginas hallaremos misterios, sorpresas, persecuciones, disparos y puñetazos, localizaciones exóticas, sociedades secretas, villanos enigmáticos, alianzas impensables y muchísima acción. Se dibuja en algunos escenarios terroríficos pero no es una novela de terror. Tiene de protagonistas a grandes figuras del fantástico pero no es una novela fantástica. Se trata de una suerte de ucronía encubierta, un espejismo histórico con una base muy real. Cañadas se ha documentado hasta la obsesión para otorgar verosimilitud a su obra pero no ha dudado ni un segundo en retorcer los hechos cuando esto beneficiaba a los intereses de su narración. Así que, amigos historiadores, mucho cuidado al asomaros a esta novela, porque Cañadas no os ha hecho ninguna concesión: ofrece una de cal y otra de arena a partes iguales. En cualquier caso, y a pesar de constituir un sacrilegio para muchos (historiadores puristas pero también fandomitas radicales, a quienes se les revolverán las tripas al leer algunas secuencias escritas con muy mala leche), todas esas arriesgadas decisiones argumentales han logrado que el trabajo final sea sin duda más redondo.

A Jesús Cañadas le gustan los secretos. También la buena literatura como lector y, afortunadamente para nosotros, como escritor. Que siga arrojándonos novelas como esta durante muchos años de prosperidad literaria (con la venia del gran Cthulhu, claro). Los lectores, el género y la propia literatura saldremos ganando.

19 sept 2013

Bodegón de carne y pellejos: Naturaleza muerta

Naturaleza Muerta, de Víctor Conde
Retales de carne ambulantes, parodias leprosas de antigua vida. Caminantes. Pululan por doquier, infestan los supermercados, las librerías, las salas de cine, las televisiones y los videojuegos. Zombis, los llamamos. Han ido plagando los medios gradualmente, arrastrándose con sus lentos pasos, y de constituir un subgénero muy hundido en el terror underground han pasado a asaltar estanterías del mainstream y alcanzar la categoría de género por derecho propio. Un género tan amado como denostado. Nos invaden, las obras de este género nos asedian, como las propias criaturas que pueblan sus páginas, fotogramas y bits. Clónicos, espejados, centuplicados. La moda pasajera, ¿o no tanto?

Los hay quienes los desprecian, quienes combaten contra ellos con la motosierra y el hacha de sus plumas y voces, atribuyéndoles a sus seguidores la misma escasez cerebral que las aclamadas criaturas. También hay quienes se limitan a disfrutarlos sin mayores prejuicios, sin importarles si están gastados o no, porque, demonios, pese a todo, ¡qué divertidos son! Y hay quienes, aún amándolos, agotados por la reiteración de la fórmula buscan la reinvención del género, ya sea como lectores o escritores.

Un botón de muestra: se dice que The Walking Dead, work in progress del noveno arte conducido por Robert Kirkman y mudado a la pequeña pantalla por Frank Darabont, supone una rara avis dentro del panorama zombi. Que resulta una serie innovadora, porque se centra en las reacciones de los personajes, en sus rencillas y vivencias, en cómo van evolucionando para adaptarse a un mundo en que ya solo imperan las necesidades más básicas. Pero no nos engañemos: nada de esto es nuevo. Esa idea ya estaba ahí desde la fundacional cinta de George A. Romero, La noche de los muertos vivientes, en eso consistía precisamente su planteamiento. ¿Qué innova entonces la serie de Robert Kirkman? Bajo mi punto de vista: nada. Parte de su éxito se basa precisamente en lo contrario, en dejar intactas las bases. Y jugar con ellas es la otra cara del logro, construir encima una serie larga, sin final aparente, una telenovela zombificada que nos permita dilatar la evolución de los protagonistas y, por ende, identificarnos más con sus emociones y motivaciones (prerrogativa que, por otro lado, comparten todas las series). En boca del propio Kirkman: “Para mí, lo peor de las pelis de zombis es el final. Siempre quiero saber qué pasa después. Conocemos al personaje, vive una aventura y bum, aparecen los títulos finales. La idea que hay tras mi serie es la de seguir con el personaje durante todo el tiempo que sea posible. Nunca nos preguntaremos qué le pasa luego a Rick, lo veremos. The Walking Dead será la película de zombis que nunca acaba”.

Y esto ocurre también con los zombis literarios: muchos se promocionan como la reforma definitiva del género cuando lo cierto es que son más de lo mismo. Sin embargo, hay obras que sí resultan verdaderamente revolucionarias, o al menos gozan de ese potencial (la mayoría pasa desapercibida entre sus hermanos de más calado). Siguiendo con la tónica de los botones, La sonrisa de los muertos, de Daniel Pérez, y American Zombie, de Miguel Barqueros, son dos de estas propuestas. La primera, aproximando el descerebrado antropófago a la clásica figura del vampiro; la segunda, mezclando hábilmente lo hortera con el gore más visceral. Naturaleza Muerta, de Víctor Conde, constituye sin duda otra de estas excepciones. La novela adjunta devoradores de carne, no lo vamos a negar. Y diré más: son los clásicos, los romerianos de toda la vida. Sin embargo, Víctor Conde ha logrado de algún modo que los muertos vivientes (pellejos, los llama él) figuren al fondo del escenario, al fondo pero del todo, como maniquís de atrezo que simplemente refuerzan lo grotesco del decorado.
Víctor Conde, canario galardonado con el prestigioso Minotauro, nos resume su novela en la contraportada: “Un mundo devastado por una catástrofe de proporciones bíblicas. Siete supervivientes en un tren hacia ninguna parte. Siete personas muy distintas, asustadas, cada una con su propio secreto inconfesable. Por las calles de todas las ciudades del mundo caminan legiones de muertos vivientes, devorando cada ápice de carne viva que cae en sus manos. Y todos ellos buscan algo, ¿pero qué? ¿Qué ha causado la catástrofe? ¿Por qué solo han sobrevivido siete personas, y adónde las lleva ese tren? La respuesta podría ser algo extremo y aterrador, algo para lo que ninguno de ellos esté preparado”.
Naturaleza muerta es rápida, onírica, coherente, barkeriana y lírica. De este libro me gusta todo: los personajes, la prosa, la atmósfera, el ritmo. Los oscuros pasados de los protagonistas, como en el mejor Perdidos, se entretejen con la trama principal con naturalidad. Las voces de cada historia, elegidas con escrúpulo, cobran una inflexión propia sin desentonar con el conjunto. Uno de los fragmentos más incomprendidos de la novela es el flashback de Blanca, la colegiala. En mi opinión dicha escena es crucial por motivos puramente estéticos, ya que aporta ese toque chillón que la gran pintura que es Naturaleza Muerta precisaba para rematar un todo macabro, teratológico, truculento. Asimismo me seduce la idea que subyace bajo esta pequeña gran obra, el final críptico tras el cual late una de las tentativas más arriesgadas de la literatura especulativa: aunar ciencia y religión sin que el todo chirríe. Y este libro lo consigue. Y no chirría.
Estamos ante una de esas novelas que invitan a profundizarla, a descubrir más datos sobre ella y su autor en Internet, una vez que has acabado la última página. Yo lo hice, y asistí atónito a un espectáculo digno del propio libro: en cierto foro, la novela era infamada en una calculada maniobra destructiva mientras el propio Víctor Conde, que como buen autor curioso gusta de mezclarse entre los lectores para conocer de primera mano sus opiniones, aguantaba el chaparrón como podía, infiltrado entre los foreros. Ahí descubrí al autor más allá de la novela y ahí empezó este tipo a caerme bien, antes de tenerlo de compañero en Nocte. Porque en ningún momento perdía las composturas: se enfrentaba a aquellos zombis internautas con el disparo al cerebro de un talante envidiable. Uno de los defectos que se le achacaban, recuerdo, era su valentía al escindirse de los tópicos. Los muertos vivientes de aquel espacio exigían más podridos clónicos, espejados, centuplicados. Más Romero puro, menos experimentación. Afortunadamente, aún queda Conde para rato, que incluso está jugando con la depravada idea de escribir una segunda parte.
Al final, parece, los muertos vivientes somos legión. Desde los que como zombis reprueban el género con críticas manoseadas hasta los que injurian al que se esfuerza por superar el cliché. Este blog, por ejemplo, es otro zombi. Los molinos cibernéticos son cadáveres de viejas aceñas, y hay asimismo un Quijote Z. Víctor Conde es un zombi, Robert Kirkman es otro zombi y tú y yo también: todos sin excepción somos zombis.
Reseña escrita originalmente en septiembre de 2012, pero aún inédita.

31 ago 2013

En la feria tenebrosa. Reseña y guía

En la feria tenebrosa, portadaHace poco hablábamos en este artículo de los librojuegos, ese género exótico denostado por algunos, amado por muchos, que tantos buenos ratos nos ha hecho pasar a estos últimos. Hoy quiero presentaros el ejemplo perfecto del librojuego perfecto: En la feria tenebrosa (Saco de Huesos, 2013). Un librojuego moderno que, para más inri, ha sido diseñado por escritores españoles profesionales.

El argumento y el contexto se escinden de los habituales en este tipo de libros (que suelen ambientarse en escenarios épico-medievales y versar sobre la búsqueda de tesoros o el enfrentamiento entre el bien y el mal). En la feria tenebrosa nos introduce en el papel de un adolescente que asiste a una feria nueva afincada en las afueras del pueblo, para pasar una velada agradable en compañía de su novia. Pero ella no se presenta en el sitio acordado y la feria da muestras de no ser lo que parece. Hay algo engañoso detrás de su inocente apariencia de festejo y felicidad, un pálpito inicial que pronto se traducirá en hechos y que viene a definir nuestro objetivo en el libro: encontrar a Sofía y salir por patas de ese recinto de malignidad y muerte.

La feria está dividida en dos grandes explanadas salpicadas por atracciones a cual más extraña, sorprendente y peligrosa. Nuestra libertad a la hora de movernos por la feria será total; nos serviremos del mapa incluido en las primeras páginas del libro para guiarnos en este microcosmos de pesadilla. Saltaremos a nuestro antojo de una a otra atracción, si es que no nos dejamos la piel en el camino. Visitaremos la carpa de las Sombras Chinescas, la Casa Magnética, el Circo de los Monstruos, la atracción de los Piratas, la Casa de los Espejos. Nos perderemos en el Laberinto del Terror e ingresaremos en los pequeños mundos contenidos en el temerario Viaje por el Nilo, el misterioso Callejón sin Salida, la histriónica carpa de los Títeres. Y podremos, en todo momento, aproximarnos al Rincón Arcano para adquirir equipo que nos facilitará mucho las distintas incursiones que estamos destinados a emprender por esta zona maldita.

¡Diez! han sido los autores responsables de la parte literaria del asunto. Diez escritores conectados por Nocte (Asociación Española de Escritores de Terror), diez autores consagrados, de largas trayectorias literarias, algunos de ellos con premios importantes. Gente de la talla de Miguel Puente, Fernando Lafuente, Jacobo Feijóo, Pedro Escudero, Roberto J. Rodríguez, Fermín Moreno, Joaquín Fernand, Víctor Conde, Ángel Sucasas y José Alberto Arias, ahí es nada. El resultado garantiza un nivel estilístico y narrativo de primera. Sin embargo, confieso mis recelos apriorísticos en cuanto a la coherencia del conjunto. No es nada fácil diseñar un librojuego por una sola persona; hacerlo entre diez se me antojaba disparatado. Pero me equivocaba del todo. El resultado goza de una coherencia absoluta y de una jugabilidad envidiable, hasta el punto de que es uno de los librojuegos mejor diseñados a los que he podido asomarme. En este sentido, la labor de los coordinadores del proyecto ha resultado fundamental. Pero vayamos por partes. Dividamos el estudio de la obra en su parte literaria (libro) y su cara lúdica (juego).

Empecemos por la parte literaria. En la feria tenebrosa es narrativamente una gozada. Vale que la premisa es muy simple, pero todo es deliberado: un librojuego debe partir de un objetivo sencillo y potenciar la ambientación y las subtramas, de forma que la complejidad argumental vaya del todo a cada una de las partes. Es así como funciona y los chicos de Nocte lo saben. Que no os engañe por tanto el cliché de la propuesta, porque el libro está cargado de detalles originales y, sobre todo, de un escenario que parece que respira en cada sección. Los autores han sabido dotar a la feria de una atmósfera misteriosa y oscura, tétrica, ambigua. Macabra y maravillosa a un tiempo. Una atmósfera que arrastrará al lector hacia el corazón de las páginas y que constituye la esencia del libro. Aquí es donde se aprecia la mano de los expertos en terror que son sus autores. Y lo mejor de todo es que los diez cerebros trabajando en comandita dan lugar a una variedad de mundos que, sin abandonar esa ambientación que une a todas las atracciones, enriquece ostensiblemente el conjunto. Y aunque se aprecia sutil la mano de cada autor, también es palpable el esfuerzo por aunar estilos que han empeñado autores y coordinador. Todos los textos son concisos, espartanos, con las descripciones justas, lo cual no denota mala calidad literaria sino todo lo contrario (hay que ser muy buen escritor para atomizar bien). Los autores, sabedores de que un buen librojuego debe potenciar su lado lúdico con un estilo literario mínimo para que el texto no eclipse la diversión, han medido el tamaño de los párrafos con celo sin renunciar por ello al buen hacer literario. Y otro detalle que no pasa por alto es el sutil toque humorístico con que los autores engalanan cada escena. Esto también es intencionado, porque todos los autores le dan el mismo punto y el conjunto sigue sin chirriar. Fernando Lafuente acierta cuando declara en entrevistas que el libro tiene algo de J. H. Brennan (creador de La búsqueda del Grial). En la feria tenebrosa homenajea los grandes librojuegos de los 80, cogiendo lo bueno de cada uno sin renunciar a un estilo único, con un sabor muy "nocteño".


Mapa de la Feria
Mapa de la Feria
En cuanto a la jugabilidad, insisto en que nos hallamos ante uno de los mejores librojuegos jamás diseñados. La mayoría de sus autores son veteranos lectores del género y han volcado todos sus conocimientos para forjar una experiencia de juego perfecta. En primer lugar, merced a un sistema de juego exótico pero sencillo, que no vuelve pesados los combates pero les dota de gran riqueza gracias al empleo de armas y al uso adicional de los puntos de Héroe (el consabido metadato). Y, en segundo lugar, por la medida dificultad del juego. Reconozcámoslo: los libros de Lucha-Ficción estaban muy bien porque eran sencillos y directos, y además tenían el mérito de ser los primeros; pero en cuanto a jugabilidad, dejaban mucho que desear. Empezando por esa tirada inicial de Destreza que determinaba el éxito de la empresa antes siquiera de empezar la partida, y acabando con cada una de las tiradas del juego. Recuerdo que, en la introducción de los libros, el autor nos aseguraba que el camino correcto conduciría a la victoria con independencia de los dados. Mentira cochina. En este sentido, Laberinto mortal, tan venerado por muchos, era un auténtico pestiño. Sin olvidar lo poco intuitivas de algunas decisiones, en las que la mera elección de tomar el ramal de la izquierda o el de la derecha suponía la diferencia entre la vida y la muerte. Todo esto lo han sabido ver los chicos de Nocte y han creado un librojuego pulido de menoscabos. Un librojuego en el que las tiradas de dados van a proyectar ese toque de emoción tan necesario en el género, por supuesto, pero que realmente no constituyen más que un mero trámite si sabemos jugar bien. Los riesgos se minimizan si elaboramos una buena estrategia (por ejemplo, visitando las atracciones en el orden adecuado), si gestionamos bien los puntos de Héroe, si tomamos las decisiones correctas y realizamos las investigaciones oportunas. Aquí sí que todo depende de nosotros y nuestro juego, no de las tiradas. La labor de investigación es crucial en La feria: los personajes ocultan secretos, y si logramos desvelar algunos de ellos nuestras posibilidades de supervivencia se incrementarán notablemente. Así, el libro está pensado de tal modo que nos va a resultar muy difícil pasárnoslo con éxito en las primeras partidas, pero en cuanto entendamos la mecánica subyacente se nos hará fácil. Rejugable pero no imposible. Para mí, ese es el camino y la temperatura de dificultad perfecta para un librojuego. Y los artistas de Nocte lo han conseguido.

Quedan detalles por mencionar. Por ejemplo, no puedo pasar por alto los fabulosos enigmas y acertijos que los autores han diseminado cuidadosamente a lo largo de toda la feria, desde adivinanzas clásicas hasta códigos secretos a lo Brennan, pasando por juegos de lógica y hasta de pensamiento alternativo. La dificultad, aquí, también ha sido regulada y no hay ningún acertijo que no resulte asequible a la inmensa mayoría de los lectores. En mi opinión, un librojuego gana muchos enteros si está provisto de una buena ración de acertijos, que le dan un toque exótico y aumentan su calidad lúdica. Y para los que no gusten de estas comeduras de tarro enlatadas he de añadir que uno puede pasarse La feria sin haber acertado ni uno solo de los acertijos.

Y qué decir de las magníficas ilustraciones de Pedro Belushi. Hasta en esto es original En la feria tenebrosa, ya que el estilo de Belushi no es precisamente corriente y sin embargo se adapta a los textos de los autores como un guante. Y no hay pocas ilustraciones en La feria. El libro está plagado de ellas, que van desde los vislumbres panorámicos de cada una de las atracciones hasta las estampas amenazantes de enemigos concretos. Tampoco puedo olvidarme, dicho sea de paso, del excelente acabado del libro. Me ha sorprendido el buen hacer de los chicos de Saco de Huesos (encabezados por M. Puente y J.A. Laguna), ya que la maquetación es muy superior a la de muchas editoriales de renombre, y estamos hablando de un libro cuyo trabajo de edición ha debido de ser arduo en el mejor de los casos. El empeño, el cuidado y el cariño se traducen en un trabajo bien hecho en todos los aspectos. Sé de buena tinta que todos los implicados han sudado sangre para sacar este proyecto a la luz, y por mi parte he de decir que el resultado sin duda ha merecido la pena.

¿Problemas jugando a La Feria? A continuación te ofrecemos nuestra particular Guía del Juego. Pero ¡atención!, has de saber que esta guía contiene numerosos espóilers. Se recomienda encarecidamente jugar al libro sin ayuda; se disfruta mucho más, y la victoria resulta más satisfactoria. Aconsejo su lectura solo en caso de que la resolución del libro presente serias dificultades. Si a pesar de todo decides seguir adelante, haz click aquí.

27 jun 2013

La rosa de Waterhouse


Reconozco mi amor incondicional por el género de la poesía, pero también confieso que, por unas razones u otras, no leo tanta como quisiera. Las últimas antologías poéticas de autor único a las que he tenido el placer de asomarme han sido el Breviario de erótica perversa de José Alcalá-Zamora, el Lunario sentimental de Leopoldo Lugones y la Poesía reunida de Ramón Irigoyen. Obras todas de buena factura que van de lo erótico a lo subversivo. Pero hoy quiero hablaros del último poemario que ha caído en mis manos y que me ha horadado el corazón de parte a parte: La rosa de Waterhouse (Ed. Asociación Cultural Andrómina, 2010), de Caty Palomares Expósito.
Lo primero que llama la atención, nada más adentrarte en ese mundo simbólico que nos regala la autora, es la enorme modernidad de los poemas. Su rotunda actualidad. Caty demuestra un bagaje poético absoluto que procede a deconstruir para alumbrar su propia poesía. Tendrá sus referentes, como todo el mundo, pero no se erige en clon de nadie. A lo largo de las ciento y pico páginas del poemario, la autora extiende su propia voz, una voz que, tras la lectura, me veo capaz de identificar sin demasiados problemas mientras conserve el mismo registro. Una voz, con todo, alojada en el universo poético más flamante. Una voz, en suma, que coge lo mejor de la actualidad poética, lo personaliza y lo sublima.
Hay una doble lectura en La Rosa de Waterhouse. Caty Palomares nos habla, sobre todo, del lenguaje. De la evocación de las palabras y de la palabra como recurso del hombre, del poeta y la amante en particular. No cae la autora en el error manido de invocar en sus versos a las musas (aunque veladamente lo termine haciendo): ella nos habla en línea recta de la propia palabra. Y la palabra, a veces, surge de forma suave, pero en otras ocasiones su invocación es dolorosa y sucia como un parto, sensual, terrible o todo al mismo tiempo. Caty retuerce la palabra, juega con ella, le da forma, la exprime, le hace el amor, la eyacula, la preña, la regurgita, la transfiere y la cubre de polvo, habla por ella y de ella  en un juego metaliterario cuyo resultado brilla por su redondez formal. Palabras, palabras que son milagros, como el punzante milagro de un alumbramiento, o palabras que son falos medrando en tu sexo. Palabras, palabras como labios.
Para mí sean todas las palabras
que a ti te in-complementan:
los ojos sustantivos
el pecho adjetivado
y el verbo procrear
desaforadamente.
Y aquellas invariables
que me conjuntan tú
que me posicionan
con todos sus pronombres
oh, sí, con todas sus interjecciones.
 
Pero la poeta también nos habla, por la palabra, del amor, del platónico y del carnal, del eterno y del fugaz, de nostalgias y eternidades, del dialecto de las alcobas. Nos cuenta del amor a través del símbolo del lenguaje y nos cuenta del lenguaje a través del símbolo del amor. Nos habla, en definitiva, de su amor por el lenguaje y del rijoso lenguaje del amor.
Empleando la gran sabiduría
del maestro, sabrás
que todos los lugares que atesoro
no son ajenos para ti (conoces
tan bien su geografía…)
Y es que las matemáticas no fallan.
Uno más uno son
seguro cuatro muslos enredados
en nuestra historia contemporánea
cuya lengua investigas, filólogo
morfología, léxico, sintáxis…
Me encanta cuando estudias,
intérprete de signos,
los idiomas, la anatomía curva,
(biológica) de cada idiolecto.
 
Hace uso la autora de recursos valientes y rompedores. Se atreve a ignorar ciertos tabús compositivos y en algún poema alarga las sílabas o abunda en adverbios. Con frecuencia inventa palabras, hace hervir su poesía de signos no convencionales como paréntesis y guiones. Y sin embargo el texto fluye con naturalidad, es su poesía un manantial de voces que le otorga doble mérito a su arriesgada labor. Derrama piedras entre sus poemas para hacer fluir la palabra por ellas y consigue que mane mejor que si la hubiera extendido por un campo llano. Se arriesga a engarzar música y matemática con la fontanería de sus vocablos amigos, y lleva a cabo tal mezcla con resultados sorprendentes. La mires por donde la mires, se trata de una poesía original y de un acabado sonoro perfecto.

El alma de la rosa, de Waterhouse
He disfrutado mucho con La rosa de Waterhouse, eléctrica de lenguaje y erotismo. La he degustado como se merece, sin prisas, dejando asentar cada bloque de poemas en el poso de la memoria antes de abordar el perfume del siguiente. Algunos poemas son profundos, laberínticos, reflexivos y autorreferenciales; otros son atómicos, versos minimalistas que te caen encima como mazazos. Caty sabe conducirse en diferentes distancias y aprovecharse de cada una. Se la ve cómoda dentro de su rosa de palabras, aunque ella en algún poema nos grite lo contrario con humildad. Al final, todas sus composiciones se acomodan a la definición de prodigio metaliterario, agudo y conmovedor.
 

Acabamos la reseña de forma atípica: hablando de la responsable de estos magnos versos. Pero ha de ser así, pues sobre el tallo de la rosa se eleva el botón que despliega su aroma. Caty Palomares, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Jaén, ha publicado varios poemarios y se ha alzado con numerosos certámenes, incluyendo el VIII Premio Facultad de Poesía de la Universidad de Jaén con De lo que nunca te dije y me gustaría contarte, el Ciudad de Lucena con Memoria entre ortigas o el Fernando Quiñones con Variaciones. Ha quedado, además, finalista en el XXX Premio de Poesía Leonor de Soria y en el XVI Premio Ciudad de Torrevieja con Yo sé que existo porque tú me imaginas, y en el XXIII Premio San Juan de la Cruz con El sonido de la luz. La misma Rosa de Waterhouse la ha hecho merecedora del IX Premio de Poesía Leonor de Córdoba. Y con esta antología nos derrama su autora una gran verdad: no la palabra, no el amor ni el sexo ni el recuerdo. Caty Palomares es la auténtica rosa de Waterhouse.

27 feb 2013

La ley del trueno, de Sergio Mars

La ley del trueno, de Sergio MarsYa lo hemos comentado otras veces en Molinos Cibernéticos: actualmente la fantasía épica goza de una salud aceptable a costa de la originalidad, esto es, merced a unas fórmulas fructíferas repetidas hasta el cansancio. Fundamentalmente esas fórmulas pueden cifrarse, a lo largo de la historia reciente del género, en el remedo de dos producciones: la de J. R. R. Tolkien y la de George R. Martin. Las editoriales, temerosas de experimentos literarios, apuestan sobre seguro, y otro tanto ocurre con los propios autores. No es nada reprochable: las editoriales son un negocio y los pastiches venden; ¿para qué arriesgarse con una historia diferente, que puede o no funcionar, si con la enésima dragonada se tienen las ventas aseguradas? Y cuando algún valiente por fin se atreve a salirse un poco de tiesto en el fondo, al final acaba pecando en las formas. Puede que Rothfuss o Abercrombie, entre otros, constituyan aceptables tentativas por innovar, pero todas las alabanzas que merece su búsqueda de libertad narrativa acaban enturbiadas por el encorsetamiento a que someten al formato: voluminosas trilogías, cuando no directamente largas y pesadas sagas que generalmente adolecen de mucha paja. Es por ello que La ley del trueno, de Sergio Mars (habitual cosechador de premios Ignotus), publicada por Cápside en 2012, supone un auténtico vendaval de aire fresco entre tanto borreguismo literario, ya que el autor le da una vuelta a todo: a los escenarios y la narrativa imperantes, pero también al formato. La ley del trueno es una novela autoconclusiva de fantasía épica que transcurre en un mundo propio, y no hay más. En definitiva: pura valentía.
La novela narra los acontecimientos sociopolíticos que tienen lugar en una vasta y salvaje tierra fantástica en la cual el imperio fingardiano, trasunto del Romano histórico, agoniza supurando su propia decadencia, cuestión que aprovechan los enemigos del Estado para recobrar la libertad durante tantos años truncada. Pero ya desde el principio el libro deja claro que los personajes humanos, con todas sus pasiones, propósitos e ideales, son solo peones de poderes superiores que entablan una partida mayor. Mars no juega a los misterios sino que muestra a los titiriteros desde el mismo prólogo: el mundo que dibuja en su novela es un mundo donde los dioses son muy reales, aunque no sean divinidades omnipotentes sino limitadas, a caballo entre las grandes figuras grecolatinas y los espíritus kamis japoneses. La historia se estructura en tres líneas narrativas, correspondientes a cada uno de los dioses jugadores (Siobana, Wultan y Anther´a) y sus marionetas y avatares humanos, que se van trenzando en cada capítulo hasta conformar dos grandes actos de apoteósicos desenlaces donde confluyen muchas de las tramas desarrolladas con anterioridad. Hay batallas en La ley del trueno, grandes batallas narradas con una destreza narrativa admirable, pero también jugadas ladinas y elegantes, intrigas palaciegas, movimientos políticos, gestas imposibles, traiciones y alianzas, empresas fraticidas, nobleza y vileza, subterfugios, armas mágicas, enigmáticos ascetas, muertos vivientes y polvorientos estudios académicos. La novela reniega de la estructura del camino del héroe, tan recurrente en este tipo de narraciones, y también huye de cualquier atisbo de maniqueísmo: no advertiremos allí la enésima colisión entre el bien y el mal, sino grandes fuerzas espirituales enfrentadas desde la noche de los tiempos. Lo cual no es óbice para romper las tradicionales tablas, tan manidas en pugnas de fuerzas no dicotómicas: Mars riza el rizo trascendiendo de toda moraleja y equidad, declarando a uno de los contendientes como el absoluto vencedor (al menos hasta el doble final).
Puede que alguno se incline a pensar que trescientas cincuenta páginas resultan insuficientes para desarrollar una historia de tal naturaleza, tan rica en matices y de un género tan hinchado como el que nos ocupa. La fantasía heroica requiere de una dilatación narrativa que permita desplegar la épica en toda su magnitud (por eso los videojuegos del género triplican la duración de cualquier otro, y por eso el volumen de algunas sagas es hasta cierto punto justificable). Con La ley del trueno, Mars viene a desmentir el cliché: sí que se puede componer una historia épica en poco espacio. ¿Su secreto? Controlar hasta el último detalle del ritmo secuencial de la narración. Empezando por iniciar el relato en un estadio avanzado del conflicto, pero también dedicando a la historia las palabras justas, sin necesidad de añadidos ambientales que empañen lo que se cuenta o nos desvíen de lo realmente importante. La novela no es, sin embargo, una larga retahíla de telegramas literarios. La prosa es preciosista, lírica pero de algún modo también sucia, ajustada como un guante al drama narrado y al escenario, entre cruel y glorioso. Además el autor lentifica la acción cuando lo cree conveniente, introduce diálogos que nos acercan a los personajes, utiliza el discurso introspectivo para ahondar en las motivaciones y fobias de los actores de este gran teatro épico. Pero incluso en las escenas más pausadas hay una pulcra medición del pulso narrativo. Eso sí, para condensar una historia grandiosa en tan poca extensión siempre debe renunciarse a algo, y en esta ocasión lo sacrificado es la profundización de los personajes, lo cual no significa que carezcan de una delineación más que correcta, sino que, simplemente, se hallan despojados de excesivas dimensiones. Pero no estamos ante una historia de personajes sino de hechos, de grandes gestas: una partida de ajedrez donde importa más el todo, la propia partida, que cada una de las partes, las piezas y jugadores del juego.
En cuanto a la ambientación, Sergio Mars la declara heredera de Robert E. Howard (y alejada en todo lo posible de Tolkien, lo cual es muy cierto), hecho que se evidencia mayormente en la rudeza de los escenarios. Mars se salta con descaro el clásico medievalismo imperante en la literatura de género (otro ejemplo de cómo el autor se desprende del camino fácil) para perfilar su universo fantástico en una época muy anterior, estableciendo más de un paralelismo con la era Hyboria: grandes pueblos bárbaros, clanes nómadas, ciudades donde la civilización ha cuajado en sus rasgos más oscuros (el refinamiento de la crueldad), tribus primitivas… No hay razas fantásticas en las regiones de La ley del trueno aunque sí magia, pero no es una magia de espectáculos de luces y grandes poderes sino una magia sutil, negra, magia susurrada en las mazmorras, nigromancia, hechicería de lo oculto, talentos malditos, brujería de los muertos y de las sombras. Los zombis, uno de los pilares de la maquinaria narrativa, se remontan a su vertiente primaria; y no me refiero a Romero sino a un clasicismo aún más seminal: la reanimación de los cuerpos a través del vudú haitiano. Por otro lado, es curioso que la novela maneje tranquilamente una docena de personajes con peso en la trama y ninguno de ellos sea femenino, lo cual la acerca aún más a los mundos descritos por Howard; en este punto me atrevería decir que hasta los acentúa. Por todo ello, La ley del trueno no solo bebe de las fuentes literarias anteriores a El señor de los anillos, es decir, de la espada y brujería más clásica, sino que además las homenajea con fantásticos resultados, pues sospecho que no solo de Howard se alimenta la novela. Yo al menos percibo destellos de Leiber e incluso de Moorcock (la conquista de Cefingard, en el ecuador del libro, tiene visos de la caída de Melniboné). Y por último, no podemos obviar que La ley del trueno, como se apunta acertadamente en otras reseñas, puede juzgarse una modernización de la Ilíada homérica, con toda esa plétora de divinidades jugando con el destino de los mortales que en la obra de Sergio Mars se reducen a tres. Aunque no es exactamente una modernización, pues su sorprendente final la escinde definitivamente del poema clásico.
Para terminar, y aunque no suelo mencionar el continente de los libros salvo en casos muy drásticos en ambos sentidos (horribles o preciosísimas ediciones), cabe señalar el perfecto acabado físico de la novela dado que constituye la carta de presentación de la joven editorial Cápside, un debut que aprueba con sobresaliente en todos los aspectos. Estamos ante una muy cuidada edición en cartoné con solapas, heredera de la colección Albemuth de Grupo Ajec (donde Sergio Mars ha publicado la mayoría de sus anteriores libros), con papel y cubierta de calidad, maquetación profesional y un estupendo precio anticrisis. Hasta me gusta la ilustración de la portada; cuando la veía en Internet no me convencía para nada, pero de cerca gana mucho, y el color directo aplicado sobre el lápiz, sin entintado de por medio, le otorga cierto grado de áspera tosquedad y le da un aire de péplum que casa muy bien con el contenido del libro.
 
Sergio Mars lo ha vuelto a conseguir. Demuestra que es capaz de tocar varios palos, y que en todos ellos lo hace rematadamente bien.
 

14 feb 2013

Tetrammeron, de José Carlos Somoza

Tetrammeron, de Jose Carlos SomozaHoy os traigo un libro que se presenta dentro de una caja de color caoba con una cerradura en el centro. O tal vez no es color caoba sino rojo, rojo erotismo y rojo sangre, aunque puede que también azul abismo, negro umbría y blanco abandono. Tetrammeron (Seix Barral, 2012), la undécima novela de José Carlos Somoza, es una de las más extrañas, inquietantes y maravillosas que he tenido el placer de devorar este año. Se trata de mi primera incursión al universo oscuro de este autor, y con ella me ha ganado para siempre. Como la protagonista de la novela, yo ya he dado un paso que se me hace imposible deshacer.
 
Me siento al ordenador y las ideas se me traban en la mente. Por primera vez me cuesta horrores arrancar una reseña. ¿Cómo describir la desazón, la atmósfera opresiva, la belleza de la maldad, la inocencia mutilada, la devastación de la niñez? Respuesta: no se puede. Para acceder al mundo de Somoza, no hay otro camino que leer a Somoza.
 
Tetrammeron narra la historia de la niña Soledad, o de los últimos instantes de Soledad en cuanto niña. Durante una excursión del colegio atraviesa una puerta que no debe, la puerta del sótano de una iglesia; una puerta prohibida que la conduce a todo un cosmos de prohibiciones contenido en una habitación subterránea y regentado por cuatro misteriosos cuentacuentos. Así comienza un perturbador descenso al abismo de marcado carácter sexual en el que los cuatro alegóricos personajes van despojando a la niña de tal epíteto al tiempo que la sustraen también de sus ropajes, cuento a cuento, palabra a palabra, puñalada a puñalada. Toda infancia se aboca irremediablemente a su propia destrucción, parece revelarnos Somoza. Destrucción con renovación en forma adulta, pero destrucción al fin y al cabo, dolorosa y temible. Irreversible.
 
El título de la novela, Tetrammeron, refiere en línea recta al Decamerón de Bocaccio. Su estructura es similar: historias engarzadas en un hilo narrativo común. Sin embargo, sospecho que su inspiración no hay que buscarla en la obra magna del humanista italiano, no al menos de forma directa, ya que su verdadera referencia parece ser El círculo de Jericó de César Mallorquí (una de las mejores antologías de autor único jamás publicadas en castellano). Los elevados paralelismos entre ambas trascienden toda casualidad, más aún intuyendo que ambos autores se conocen. Así y todo, Tetrammeron no se limita a ejercer de mero pastiche, sino que parte de la idea general de Mallorquí para crear algo distinto (no mejor ni peor; solamente distinto). Por ejemplo, tanto El círculo de Jericó como el Decamerón o Los cuentos de Canterbury constituyen antologías de relatos, mientras que el Tetrammeron es sin duda una novela, un rosario narrativo hilado de pequeñas cuentas interrelacionadas. Los relatos no funcionan del todo solos, sino como parte de un conjunto. Es al irlos leyendo y establecer las conexiones cuando uno va exhumando el significado global. Historias en apariencia muy distintas se revelan conectadas, como "La decoración", "La boda de la señora Boj" y "Corpus Christi" (tres de los mejores cuentos), en las cuales se acomete el tema del sacrificio desde una perspectiva cada vez más radical. O "El espíritu Curie" y "Partículas", donde se descubre lo grande e indestructible que es el mal precisamente por ser diminuto, tan minúsculo que se halla injertado en todas las cosas, que forma parte intrínseca del universo; también del universo personal, tanto físico como emocional, de cada uno de nosotros.
 
El mal, ese es el tema principal de la novela. El libro ahonda en la naturaleza del mal, el mal como necesidad, el mal como juego, el mal como capricho y, por supuesto, el mal como filia y erotismo. Cada cuento aborda una de las caras de lo maligno, y todos ellos juegan con el recurso emotivo de enfrentar el mal con la antitética figura de la infancia, tan frágil e inocente. Lo cual podría denunciarse como una trampa fácil en manos de un autor con menos recorrido, pero Somoza es un maestro que renueva los clichés con una pátina de extrañeza, sordidez, tinieblas, sensualidad, delirio. Para alcanzar tales proezas, Somoza se vale del símbolo. No presenta los hechos e ideas tal cual, sino que los esconde bajo un tupido sudario de simbología. La novela, ya caja y rosario y braguita y diagnóstico de lo perverso, puede definirse asimismo como una extensa colección de símbolos, no paralelos sino jerárquicos, símbolos dentro de símbolos dentro de símbolos como los cofres que la novela nos anima a abrir en un juego metaficcional de matrioskas literarias. Cuentos dentro de cuentos dentro de cuentos… Pura delicia abisal.
 
La novela, para colmo de alabanzas, goza de otras muchas virtudes. La atmósfera, ya se ha insinuado, es sugerente, angustiosa, lasciva y terrorífica, uno de los grandes puntos fuertes de la obra y casi excusa suficiente para leerla. Tetrammeron también tiene el acierto de glorificar la tradición oral al tiempo que la retuerce y la emponzoña. Su estilo, además, me ha resultado un tanto curioso (otro aspecto que me ha sorprendido de la novela), porque de algún modo es extremadamente sencillo y subrepticiamente complejo. Fluye con elegancia musical y me atrevería a decir que casi con facilidad de best seller, y sin embargo no escatima en pasajes líricos y frases demoledoras que son como mazazos en el corazón o vértigos en el estómago.
 
Concluyo con un principio, con el de uno de los cuentos, y ya me diréis si no recibís vosotros también ese vértigo o mazazo:

«Allí, en Cavennes, hay historias. En todos los pueblos las hay, pero en Cavennes hay tantas y tan fantásticas que cansan a la verdad, la derrotan por agotamiento. Uno acaba creyendo que la verdad y la mentira no existen en Cavennes. Porque, allí lo saben, ambas son solo dos historias más, intercambiables, y cuando pasa el tiempo suficiente, incluso igual de verídicas.»

25 ene 2013

The show must go on

El Teatro de los Prodigios en Internet (II)

 
Damas y caballeros, niños y ancianos, el Teatro de los Prodigios sigue de gira por los más excelsos escenarios y carpas de la red de redes, asombrando a propios y extraños, llevando el sentido de la maravilla allá donde no llega ni la luz (¿será cosa de Endesa?). Y aquí, en Molinos Cibernéticos, seguimos compilando reseñas, entrevistas y reportajes relacionados con tan magno espectáculo. Los molinos están contentos, sus articulaciones mecánicas chirrían y sus venas eléctricas chisporrotean de placer al comprobar las excelentes críticas que el Teatro está cosechando entre sus espectadores. Pasémosle la lupa a algunas de ellas: 

En The Church of Horrors, portal de excelente factura, han publicado una entrevista del maestro de ceremonias y autor del Teatro de los Prodigios, Ramón Merino Collado (en realidad es algo antigua, pero la han colgado ahora):


En el imprescindible Rescepto Indablog, referente indiscutible de la literatura de género, el incombustible Sergio Mars, célebre por su honradez y ecuanimidad como reseñador así como por su excelente capacidad de análisis, ha publicado una genial y razonada reseña del Teatro:


También podemos acceder a otra reseña En Masqueteclas, el blog de José Manuel Ramírez, informático, fotógrafo y devoralibros ocasional. Masqueteclas, entre otras cosas, es un blog con unos contenidos informáticos estupendos; A J.M. se le advierte su vena docente cuando asombrosamente convierte en fácil lo difícil.


La Torre de Babel, uno de los blogs más interesantes de la blogsfera (reseñas razonadas de literatura fantástica, no exentas de un componente visceral que les da un sabor único), ha publicado una entrevista muy amena de Ramón Merino Collado, el responsable máximo de nuestro Teatro de los Prodigios:


También en la Torre de Babel, sitio mágico que os sigo recomendando, podemos acceder a una reseña muy literaria de nuestros nueve actos teatrales:


El Camaleón Azul es otro blog de lectores altamente recomendable en el que se aborda la literatura con mucha pasión y respeto por los libros. Allí también han colgado una reseña favorable del Teatro de Prodigios:


Para terminar, recordamos algunos de los primeros reportajes, reseñas y entrevistas de nuestro espectáculo teatral en este enlace:


Gracias a todos, como siempre, por llenar el Teatro y aplaudir con tanto ahínco a los actores de esta mágica función.

16 ene 2013

El latido de Olimpia

El latido de OlimpiaA pesar del mercado literario de arenas movedizas en el que nos hallamos hundidos hasta el cuello una crisis originada en gran medida por la propia crisis económica y el auge del libro digital, se puede afirmar que la literatura de fantasía épica goza de una salud aceptable, casi un modesto nuevo esplendor. Tanto las películas basadas en la producción de Tolkien como la serie de la HBO Juego de Tronos han propiciado de un tiempo a esta parte un renacer del género, una revitalización con dos caras opuestas: por un lado, se agradece el empujón que las pantallas grande y pequeña les infunden a las ventas de la épica literaria; por el otro, es una pena que el florecimiento sea tan unidireccional. Como ya se advirtió antes en estos páramos cibernéticos, pululan novelitas por doquier que emulan a J.R.R. Tolkien o a George R. Martin, algunas sutilmente y otras con descaro y sin ningún rubor. Lo de "novelitas" no es literal. Generalmente constituyen desde densas trilogías hasta voluminosas sagas porque así lo dicta el canon establecido por estos dioses del género. Autores y editores no carecen del don de la oportunidad. Ante semejante panorama, supone todo un acto de valentía el riesgo que algunos autores asumen para presentar un producto diferente. Manuel Amaro Parrado (*), con El latido de Olimpia (Ediciones Canallas, 2012), trata de apuntarse un tanto en este sentido.
En entrevistas, Amaro Parrado declara que con esta novela ha intentado por todos los medios que su historia no se parezca a nada, pero lo afirma con cierta cautela, sabedor de que en literatura ya está todo escrito. Pero ¿es verdad que lo está o se trata solo de otro cliché literario? Por mi parte dudo que alguien haya mezclado en una misma obra elementos tan dispares y exóticos como los que el autor esgrime en esta novela. Puede que aislados no sean demasiado innovadores, pero la combinación de todos ellos resulta brutal. Yo sí puedo arriesgar aquí, con ciertas garantías, la aserción de que El latido de Olimpia puede presumir de ser original. Además, la valentía del autor es doble al apostar por una historia épica autoconclusiva, que ocupa un único volumen. El latido de Olimpia es por tanto una novela a contracorriente, libre de modas y corsés, y eso para empezar la honra.
El punto de partida de la novela es un relato corto de la antología Fobos (**) titulado “El observador”, un cuento que funciona a la perfección por sí solo pero que al mismo tiempo se erige en manantial de ideas narrativas. El autor ha estirado convenientemente de este hilo que él mismo urdió en su día para dar forma a todo un universo fantástico. Los acontecimientos narrados en “El observador” desencadenan los propios de la novela. El despertar de una soñadora que puede abrir los portales entre mundos ocasiona que varias facciones de Olimpia se lancen a buscarla a toda costa, pisoteando el viejo pacto de paz que había durado más de mil años. La novela comienza presentando a los personajes y posicionando las piezas en el tablero de juego. Pero la historia da muchas vueltas, y lo que al principio parece una partida maniquea a la postre no lo es tanto: las blancas se vuelven negras, las negras blancas, los peones reinas y las reinas peones. Los personajes están dibujados por capas; conforme la trama avanza se revela un nuevo secreto, una nueva cara, un matiz distinto, y cuando parece que el autor ya ha exprimido al máximo un personaje vuelve a darle otra vuelta de tuerca, destapa otro secreto, desvela una nueva cara, otro matiz, una dimensión más. La riqueza narrativa es innegable; la imaginación del autor, densa sin llegar al empacho: nos la va presentando con cuentagotas. Son cuatrocientas páginas de novela, pero no le sobra ni una. En todos los capítulos hay una idea nueva, recurso o sorpresa. Los capítulos son nucleares, funcionan como relatos cortos por lo que en ningún momento se resiente la trama. Es imposible aburrirte con un libro tan apabullante y rico en asombros como El latido de Olimpia.
En la primera mitad del libro la historia se teje en torno a tres hilos narrativos paralelos: las aventuras de la soñadora a través de los mundos, las intrigas palaciegas del gigante Baugir y la búsqueda del capitán Zaebos, Num y compañía en la Ciudad de los Sueños (y más allá). Después, los hilos se entremezclan, convergen, vuelven a dividirse en otros tantos. Confieso que las partes con que más disfruté son las que protagoniza Baugir, quien me recordó de algún modo al mejor Tyrion de Choque de Reyes (cuando aún era la Mano del Rey), aunque físicamente sea su antítesis. Los tejemanejes de la corte están muy logrados, y algunos diálogos inducen la carcajada. Otro de los aciertos de la novela es integrar la mitología pagana en el escenario de Olimpia. El autor logra fusionar mitos muy dispares y darles coherencia, entre ellos y con los tiempos modernos, justificando la ausencia de las divinidades hoy día con una explicación muy particular.
No es un libro que se prodigue en descripciones y recursos estilísticos, eso hay que advertirlo. No constituye un dechado de virtudes literarias (sin estar en absoluto carente de ellas), su punto fuerte no va en esa dirección. Su estilo es sencillo, directo y visceral, pero es que precisamente ahí radica su fuerza. Convertir la narración en una engorrosa guía de viajes o una retahíla de figuras alambicadas hubiera mermado ritmo a la novela y duplicado tranquilamente sus más de cuatrocientas páginas. Ojo, soy un ferviente defensor de las formas literarias, pero creo que en este caso Manuel Amaro ha optado por el estilo que mejor vestía su novela, aquel que le encaja como un guante. Gracias al ropaje escogido por el autor, la historia nos absorbe por completo y nos bebemos el libro en apenas unos días. Captar la atención del lector de la manera en que lo hace El latido de Olimpia es muy difícil de conseguir, y Manuel Amaro Parrado lo logra con creces.
Si buscas un libro divertido, diferente, rebosante de imaginación y fácil de digerir, no lo dudes, prueba a degustar El latido de Olimpia. No te defraudará.

* Manuel Amaro Parrado ha sido galardonado con diversos premios literarios y es autor de la antología de relatos Fobos (Mandrágora, 2009) y de la novela León González, Santo (Ediciones Canallas, 2010).
** Fobos, la antología de relatos publicada por Mandrágora en 2009, es una opción recomendable para iniciarse en la prosa de Manuel Amaro Parrado. Constituye un buen compendio de la riqueza de temas que el autor es capaz de abordar.