27 feb. 2013

La ley del trueno, de Sergio Mars

La ley del trueno, de Sergio MarsYa lo hemos comentado otras veces en Molinos Cibernéticos: actualmente la fantasía épica goza de una salud aceptable a costa de la originalidad, esto es, merced a unas fórmulas fructíferas repetidas hasta el cansancio. Fundamentalmente esas fórmulas pueden cifrarse, a lo largo de la historia reciente del género, en el remedo de dos producciones: la de J. R. R. Tolkien y la de George R. Martin. Las editoriales, temerosas de experimentos literarios, apuestan sobre seguro, y otro tanto ocurre con los propios autores. No es nada reprochable: las editoriales son un negocio y los pastiches venden; ¿para qué arriesgarse con una historia diferente, que puede o no funcionar, si con la enésima dragonada se tienen las ventas aseguradas? Y cuando algún valiente por fin se atreve a salirse un poco de tiesto en el fondo, al final acaba pecando en las formas. Puede que Rothfuss o Abercrombie, entre otros, constituyan aceptables tentativas por innovar, pero todas las alabanzas que merece su búsqueda de libertad narrativa acaban enturbiadas por el encorsetamiento a que someten al formato: voluminosas trilogías, cuando no directamente largas y pesadas sagas que generalmente adolecen de mucha paja. Es por ello que La ley del trueno, de Sergio Mars (habitual cosechador de premios Ignotus), publicada por Cápside en 2012, supone un auténtico vendaval de aire fresco entre tanto borreguismo literario, ya que el autor le da una vuelta a todo: a los escenarios y la narrativa imperantes, pero también al formato. La ley del trueno es una novela autoconclusiva de fantasía épica que transcurre en un mundo propio, y no hay más. En definitiva: pura valentía.
La novela narra los acontecimientos sociopolíticos que tienen lugar en una vasta y salvaje tierra fantástica en la cual el imperio fingardiano, trasunto del Romano histórico, agoniza supurando su propia decadencia, cuestión que aprovechan los enemigos del Estado para recobrar la libertad durante tantos años truncada. Pero ya desde el principio el libro deja claro que los personajes humanos, con todas sus pasiones, propósitos e ideales, son solo peones de poderes superiores que entablan una partida mayor. Mars no juega a los misterios sino que muestra a los titiriteros desde el mismo prólogo: el mundo que dibuja en su novela es un mundo donde los dioses son muy reales, aunque no sean divinidades omnipotentes sino limitadas, a caballo entre las grandes figuras grecolatinas y los espíritus kamis japoneses. La historia se estructura en tres líneas narrativas, correspondientes a cada uno de los dioses jugadores (Siobana, Wultan y Anther´a) y sus marionetas y avatares humanos, que se van trenzando en cada capítulo hasta conformar dos grandes actos de apoteósicos desenlaces donde confluyen muchas de las tramas desarrolladas con anterioridad. Hay batallas en La ley del trueno, grandes batallas narradas con una destreza narrativa admirable, pero también jugadas ladinas y elegantes, intrigas palaciegas, movimientos políticos, gestas imposibles, traiciones y alianzas, empresas fraticidas, nobleza y vileza, subterfugios, armas mágicas, enigmáticos ascetas, muertos vivientes y polvorientos estudios académicos. La novela reniega de la estructura del camino del héroe, tan recurrente en este tipo de narraciones, y también huye de cualquier atisbo de maniqueísmo: no advertiremos allí la enésima colisión entre el bien y el mal, sino grandes fuerzas espirituales enfrentadas desde la noche de los tiempos. Lo cual no es óbice para romper las tradicionales tablas, tan manidas en pugnas de fuerzas no dicotómicas: Mars riza el rizo trascendiendo de toda moraleja y equidad, declarando a uno de los contendientes como el absoluto vencedor (al menos hasta el doble final).
Puede que alguno se incline a pensar que trescientas cincuenta páginas resultan insuficientes para desarrollar una historia de tal naturaleza, tan rica en matices y de un género tan hinchado como el que nos ocupa. La fantasía heroica requiere de una dilatación narrativa que permita desplegar la épica en toda su magnitud (por eso los videojuegos del género triplican la duración de cualquier otro, y por eso el volumen de algunas sagas es hasta cierto punto justificable). Con La ley del trueno, Mars viene a desmentir el cliché: sí que se puede componer una historia épica en poco espacio. ¿Su secreto? Controlar hasta el último detalle del ritmo secuencial de la narración. Empezando por iniciar el relato en un estadio avanzado del conflicto, pero también dedicando a la historia las palabras justas, sin necesidad de añadidos ambientales que empañen lo que se cuenta o nos desvíen de lo realmente importante. La novela no es, sin embargo, una larga retahíla de telegramas literarios. La prosa es preciosista, lírica pero de algún modo también sucia, ajustada como un guante al drama narrado y al escenario, entre cruel y glorioso. Además el autor lentifica la acción cuando lo cree conveniente, introduce diálogos que nos acercan a los personajes, utiliza el discurso introspectivo para ahondar en las motivaciones y fobias de los actores de este gran teatro épico. Pero incluso en las escenas más pausadas hay una pulcra medición del pulso narrativo. Eso sí, para condensar una historia grandiosa en tan poca extensión siempre debe renunciarse a algo, y en esta ocasión lo sacrificado es la profundización de los personajes, lo cual no significa que carezcan de una delineación más que correcta, sino que, simplemente, se hallan despojados de excesivas dimensiones. Pero no estamos ante una historia de personajes sino de hechos, de grandes gestas: una partida de ajedrez donde importa más el todo, la propia partida, que cada una de las partes, las piezas y jugadores del juego.
En cuanto a la ambientación, Sergio Mars la declara heredera de Robert E. Howard (y alejada en todo lo posible de Tolkien, lo cual es muy cierto), hecho que se evidencia mayormente en la rudeza de los escenarios. Mars se salta con descaro el clásico medievalismo imperante en la literatura de género (otro ejemplo de cómo el autor se desprende del camino fácil) para perfilar su universo fantástico en una época muy anterior, estableciendo más de un paralelismo con la era Hyboria: grandes pueblos bárbaros, clanes nómadas, ciudades donde la civilización ha cuajado en sus rasgos más oscuros (el refinamiento de la crueldad), tribus primitivas… No hay razas fantásticas en las regiones de La ley del trueno aunque sí magia, pero no es una magia de espectáculos de luces y grandes poderes sino una magia sutil, negra, magia susurrada en las mazmorras, nigromancia, hechicería de lo oculto, talentos malditos, brujería de los muertos y de las sombras. Los zombis, uno de los pilares de la maquinaria narrativa, se remontan a su vertiente primaria; y no me refiero a Romero sino a un clasicismo aún más seminal: la reanimación de los cuerpos a través del vudú haitiano. Por otro lado, es curioso que la novela maneje tranquilamente una docena de personajes con peso en la trama y ninguno de ellos sea femenino, lo cual la acerca aún más a los mundos descritos por Howard; en este punto me atrevería decir que hasta los acentúa. Por todo ello, La ley del trueno no solo bebe de las fuentes literarias anteriores a El señor de los anillos, es decir, de la espada y brujería más clásica, sino que además las homenajea con fantásticos resultados, pues sospecho que no solo de Howard se alimenta la novela. Yo al menos percibo destellos de Leiber e incluso de Moorcock (la conquista de Cefingard, en el ecuador del libro, tiene visos de la caída de Melniboné). Y por último, no podemos obviar que La ley del trueno, como se apunta acertadamente en otras reseñas, puede juzgarse una modernización de la Ilíada homérica, con toda esa plétora de divinidades jugando con el destino de los mortales que en la obra de Sergio Mars se reducen a tres. Aunque no es exactamente una modernización, pues su sorprendente final la escinde definitivamente del poema clásico.
Para terminar, y aunque no suelo mencionar el continente de los libros salvo en casos muy drásticos en ambos sentidos (horribles o preciosísimas ediciones), cabe señalar el perfecto acabado físico de la novela dado que constituye la carta de presentación de la joven editorial Cápside, un debut que aprueba con sobresaliente en todos los aspectos. Estamos ante una muy cuidada edición en cartoné con solapas, heredera de la colección Albemuth de Grupo Ajec (donde Sergio Mars ha publicado la mayoría de sus anteriores libros), con papel y cubierta de calidad, maquetación profesional y un estupendo precio anticrisis. Hasta me gusta la ilustración de la portada; cuando la veía en Internet no me convencía para nada, pero de cerca gana mucho, y el color directo aplicado sobre el lápiz, sin entintado de por medio, le otorga cierto grado de áspera tosquedad y le da un aire de péplum que casa muy bien con el contenido del libro.
 
Sergio Mars lo ha vuelto a conseguir. Demuestra que es capaz de tocar varios palos, y que en todos ellos lo hace rematadamente bien.
 

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