30 nov. 2012

El círculo de Krisky, de Miguel Puente Molins

El círculo de KriskyDesde aquí me hago eco del panegírico de Jorge Luis Borges a favor de la economía en literatura. No quiero decir con esto que los textos deban erigirse en telegramas, sino que toda palabra superflua debe ser eliminada. Borges desarrollaba una idea en un puñado de párrafos y eso era todo. A veces coexistían varias ideas portentosas incluso en una misma frase. Un escritor de menos recorrido hubiera construido una novela de quinientas páginas con cada una de esas ideas, rellenándolas de florituras accesorias que no vendrían al caso. Añadir agua al vino, que diría un crápula.

Por supuesto, la literatura no consiste solo en ideas. Hay literatura de personajes, de ambientes y descripciones, de ritmos pausados, necesariamente minuciosa. Hay tramas complejas y novelas corales. Y hay novelas que piden quinientas páginas. Si las piden, adelante, no hay problema. Un libro de dos mil páginas puede ser muy bueno si no le sobra ninguna, pongamos por caso la Genji Monogatari; pero hay demasiados autores que estiran de un hilo muy pequeño solo por darle al manuscrito un formato publicable. No soy amigo de etiquetas tipo novela, novela corta, cuento o microrrelato: cada historia pide el espacio que pide y no hay más. Sin embargo, a veces las etiquetas sirven para poner orden, y a mí me vienen bien para confesar mi amor incondicional por el relato corto. Por todo lo anteriormente comentado, porque al cuento pocas veces le sobra algo. Porque es un bocadito literario, como la poesía, solo que con una narrativa que en ocasiones nos sorprende y nos conmueve. Una bofetada literaria, en el buen sentido.

El Círculo de Krisky, ópera prima de Miguel Puente Molins, es una colección de estas fantásticas piezas minimalistas. Me hice con este librito por su condición de antología, sin saber que Miguel era uno de los fundadores de Saco de Huesos, editorial a la que tengo un cariño especial. Desde que leí la solapa del libro y me alcanzó el dato, no pude ser objetivo al leerlo.

Sí puedo serlo ahora, al recordar los cuentos. En El Círculo de Krisky hay de todo, desde pequeñas obras maestras hasta relatos más normalitos, pero todos ellos dejan un buen sabor de boca. Están bien escritos (si hacemos la vista gorda a un par de justificables erratas), mejor documentados y, sobre todo, cumplen con creces su función: sustraerte durante un buen rato de esa realidad asfixiante cuyas barreras solo pueden ser abatidas con el poder escapista de la literatura.

La antología arranca con “Los siete cuervos”, una historia deliciosa correctamente ubicada al principio del libro. Miguel Puente parece decirnos con este relato: este soy yo, así es como escribo y he aquí la imaginería que soy capaz de perpetrar. Literatura de ideas, moderación narrativa: todo el cuento está plagado de parcas imágenes fantásticas que otros autores con menor tonelaje creativo no hubieran dudado en dilatar, pero que aquí solo se esbozan, como atrezo de un teatro mucho mayor. Todo el cuento, además, está impregnado de una ambientación feérica que no desmerece de las grandes mitologías modernas (verbigracia, El Silmarillion). Una carta de presentación estupenda, aunque el resto de los cuentos se alejen un poco en cuanto a atmósfera de este que abre la selección.

Después viene el remanente de cuentos. Los que más me han gustado han sido “Una duda razonable” y “Psicosomático”. El género fosco se desarrolla con maestría, acierto y economía de medios a través de las contadas páginas de la obra de Puente, y aunque los relatos oscilan entre el terror y el humor, la ternura y el desastre, es común en todos ellos un trasfondo mitológico, patrio en abundantes ocasiones.

Y por último arribamos a “El Círculo de Krisky”, el relato que da título al conjunto y que se encarga de cerrar la antología. Para mí estamos sin duda ante el mejor cuento del libro, y probablemente también debe de parecérselo al autor cuando lo ha situado estratégicamente al final, para dejar un buen regusto. También la ilustración de portada (magnífica) hace referencia a esta última historia en la que Puente echa los restos. Se trata de una de las narraciones más originales que he leído en mucho tiempo, y uno que es ya perro viejo, y que como lector siente indiferencia ante el género de terror por inocuo y fallido en sus propósitos, ha de admitir aquí que este cuento, cuando menos, le ha causado cierta inquietud. El final no destaca especialmente (le falta un desenlace menos previsible para ser un cuento perfecto), pero el correo electrónico que constituye el armazón del relato sorprende e innova. Realmente dan ganas de transcribir el mensaje y lanzarlo a través de la red para ver cómo reacciona el personal. No digo más.

Miguel Puente, parroquiano gallego del bar del trago rápido y sin concesiones, sin palabras sobrantes ni tercios exclusos, sin disquisiciones cansinas, nos sorprende con un libro que apenas dura una tarde. Queda por ver cómo se desenvuelve en historias con más fondo, aunque, como he venido en defender durante toda la reseña, por lo que a mí respecta agradecería que se quedase en el cuento corto durante una —esta vez sí— muy larga temporada.
 

2 comentarios:

  1. Sustraerte de la realidad asfixiante... qué buena frase.
    Así que eres amante del relato corto, de ahí tu antología prodigiosa ;o)
    Conocía también de vista este libro, es cierto que la portada es impactante. Aunque te veo algo gamberro con ese deseo de difundir el, intuyo, malvado correo.
    Por cierto, qué envidia me das con esos comics firmados de Conan. Y me alegro de que me dejes rollos en mis desvaríos ;o)
    Besotes de domingo tardío.

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  2. Gracias por tu comentario, Babel. Efectivamente, soy un enamorado del relato corto, pero en realidad más por generalista que por el mérito del cuento en sí. En otras palabras: disfruto una buena historia independientemente del tamaño que ocupe, pues lo narrado debe determinar el espacio y no al revés. Por eso no me gustan los resúmenes ni los relatos-telegrama, y mucho menos los estiramientos innecesarios.

    Un beso.

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