
Su autor, Daniel Glattauer, no brilla por una carrera literaria de éxitos intachables. El resto de sus obras obtienen calificaciones pasables en los distintos rincones de la blogsfera, aunque los reseñadores generalmente se aproximan a la obra del vienés tras haber leído la novela que nos ocupa, quizá buscando más de lo mismo. Un error que sin duda conduce a la decepción: como buen escritor Glattauer se reinventa en cada novela, experimenta, intenta superarse y dar un giro a su prosa y a sus temas. Amén de que esta novela constituye un chute intenso pero instantáneo, una de esas piezas literarias que de prolongarse perderían la magia y cuyo estilo se tornaría empalagoso. ¿Por qué? Porque toda la novela es un intercambio de correos electrónicos entre dos treintañeros, una fórmula eficaz solo en pequeñas distancias.
Porque eso es en definitiva Contra el viento del norte: una moderna novela epistolar de amor. Solo que en lugar de la tradicional carta manuscrita, los protagonistas utilizan el correo electrónico. Toda la novela es un duelo de palabras, un tira y afloja virtual, un lance idealista de correspondencia electrónica. Ya se habían escrito antes cosas así, y hasta hay filmadas varias películas al respecto. Contra el viento del norte no es del todo original, cosa que a nadie creo que le importe mientras el juego de seducción de Emmi y Leo, los protagonistas, resulte tan deliciosamente intenso.
No se puede obviar que estamos ante el típico best seller. Bien es cierto que no ha existido un gran aparato promocional detrás, sino que su popularidad se ha basado en el boca-oreja, al menos al principio; pero una vez alcanzado el éxito, el libro cobra todas las características del superventas, y no cabe duda de que se puede leer de un tirón en un par de viajes en metro. La prosa del autor es sencilla y sin alardes literarios, y la trama, ya se ha dicho, resulta un tanto anodina. Y sin embargo, la novela tiene algo que la hace especial, que la vuelve adictiva y que cala muy dentro: la potencia de los personajes, la credibilidad de lo que se cuenta y la frescura con la que se cuenta. Los personajes resultan empáticos debido a su pasión visceral e imperfecciones. El formato de narración hace galopar a la lectura; el cóctel de emociones, esgrimidas con tan buen acierto, nos hace partícipes absolutos del romance. La distancia que media entre la forma y lo narrado se vuelve aquí muy sutil: la sensación de fisgonear algo tan privado como un e-mail es pareja a la de estar espiando con morbo una ventana directa al corazón.

En conclusión, si deseas espiar un romance fresco y atípico, si quieres acechar secretamente a una pareja en sus cabriolas postales del amor, hazte con estas dos novelitas que son pura droga. Porque así es como se siente uno cuando lee Contra el viento del norte y su continuación: como un auténtico voyeur literario y un yonqui de las palabras.