Ya lo hemos
comentado otras veces en Molinos Cibernéticos: actualmente la fantasía épica
goza de una salud aceptable a costa de la originalidad, esto es, merced a unas
fórmulas fructíferas repetidas hasta el cansancio. Fundamentalmente esas
fórmulas pueden cifrarse, a lo largo de la historia reciente del género, en el
remedo de dos producciones: la de J. R. R. Tolkien y la de George R. Martin.
Las editoriales, temerosas de experimentos literarios, apuestan sobre seguro, y
otro tanto ocurre con los propios autores. No es nada reprochable: las
editoriales son un negocio y los pastiches venden; ¿para qué arriesgarse con
una historia diferente, que puede o no funcionar, si con la enésima dragonada
se tienen las ventas aseguradas? Y cuando algún valiente por fin se atreve a
salirse un poco de tiesto en el fondo, al final acaba pecando en las formas.
Puede que Rothfuss o Abercrombie, entre otros, constituyan aceptables
tentativas por innovar, pero todas las alabanzas que merece su búsqueda de
libertad narrativa acaban enturbiadas por el encorsetamiento a que someten al
formato: voluminosas trilogías, cuando no directamente largas y pesadas sagas
que generalmente adolecen de mucha paja. Es por ello que La ley del trueno, de Sergio Mars (habitual cosechador de premios
Ignotus), publicada por Cápside en 2012, supone un auténtico vendaval de aire
fresco entre tanto borreguismo literario, ya que el autor le da una vuelta a
todo: a los escenarios y la narrativa imperantes, pero también al formato. La ley del trueno es una novela
autoconclusiva de fantasía épica que transcurre en un mundo propio, y no hay
más. En definitiva: pura valentía.
Revelar la ilusión del molino, la mecánica que lo hace semejarse a un gigante. Destripar el truco de magia, confinar la literatura al ojo del microscopio. Aplicarle bisturí al séptimo arte, y por qué no también al noveno. Desentrañar el misterio de la vida, la estructura de la idiotez, la relojería del arte. Y descubrir que todo esto no sirve para nada y, simplemente, seguir soñando...
27 feb 2013
La ley del trueno, de Sergio Mars
Ya lo hemos
comentado otras veces en Molinos Cibernéticos: actualmente la fantasía épica
goza de una salud aceptable a costa de la originalidad, esto es, merced a unas
fórmulas fructíferas repetidas hasta el cansancio. Fundamentalmente esas
fórmulas pueden cifrarse, a lo largo de la historia reciente del género, en el
remedo de dos producciones: la de J. R. R. Tolkien y la de George R. Martin.
Las editoriales, temerosas de experimentos literarios, apuestan sobre seguro, y
otro tanto ocurre con los propios autores. No es nada reprochable: las
editoriales son un negocio y los pastiches venden; ¿para qué arriesgarse con
una historia diferente, que puede o no funcionar, si con la enésima dragonada
se tienen las ventas aseguradas? Y cuando algún valiente por fin se atreve a
salirse un poco de tiesto en el fondo, al final acaba pecando en las formas.
Puede que Rothfuss o Abercrombie, entre otros, constituyan aceptables
tentativas por innovar, pero todas las alabanzas que merece su búsqueda de
libertad narrativa acaban enturbiadas por el encorsetamiento a que someten al
formato: voluminosas trilogías, cuando no directamente largas y pesadas sagas
que generalmente adolecen de mucha paja. Es por ello que La ley del trueno, de Sergio Mars (habitual cosechador de premios
Ignotus), publicada por Cápside en 2012, supone un auténtico vendaval de aire
fresco entre tanto borreguismo literario, ya que el autor le da una vuelta a
todo: a los escenarios y la narrativa imperantes, pero también al formato. La ley del trueno es una novela
autoconclusiva de fantasía épica que transcurre en un mundo propio, y no hay
más. En definitiva: pura valentía.14 feb 2013
Tetrammeron, de José Carlos Somoza
Hoy os traigo un
libro que se presenta dentro de una caja de color caoba con una cerradura en el
centro. O tal vez no es color caoba sino rojo, rojo erotismo y rojo sangre,
aunque puede que también azul abismo, negro umbría y blanco abandono. Tetrammeron (Seix Barral, 2012), la
undécima novela de José Carlos Somoza, es una de las más extrañas, inquietantes
y maravillosas que he tenido el placer de devorar este año. Se trata de mi primera
incursión al universo oscuro de este autor, y con ella me ha ganado para
siempre. Como la protagonista de la novela, yo ya he dado un paso que se me
hace imposible deshacer.5 feb 2013
Los marcianos sinfónicos de Jeff Wayne
Los marcianos de H. G. Wells se imponen al resto de conquistadores espaciales fundamentalmente por dos motivos: porque son los originales y porque son los mejores. Siendo indulgentes con la ingenuidad del planteamiento, literariamente no encuentran parangón con ningún invasor posterior. Además, tienen la virtud de haber conquistado la Tierra en un sinnúmero de formatos. Empezaron haciéndolo desde la misma literatura en la fundacional La guerra de los mundos (1898), de la mano de H. G. Wells, el padre de las criaturas. Después hallaron la forma de colarse en nuestros transistores gracias a la versión radiofónica de Orson Welles, quien en 1938 decidió perpetrar una de las gamberradas más célebres de la historia de los medios de comunicación: narrada desde una óptica periodística, la adaptación de Welles convenció a muchos radioyentes de estar siendo invadidos de verdad por los tipos del espacio [*]. No contentos con todo esto, los marcianos se colaron en Hollywood y sirvieron de materia prima para el rodaje de dos películas dirigidas por Byron Haskin y Steven Spielberg (1953 y 2005, respectivamente), descontando la versión de Asylum. Más adelante resolvieron dedicarse a las matemáticas y sumaron dos y tres al arte cinematográfico para asentarse en el cómic y el videojuego (cabe destacar el segundo tomo de La liga de los hombres extraordinarios de Alan Moore). Obras de teatro, espectáculos y homenajes literarios, como El mapa del cielo de Félix J. Palma, fueron también campos de ocupación para ellos. Por último, los marcianos conquistaron el escenario musical en una adaptación orquestada en 1978 por el maestro Jeff Wayne, postrero de una larga dinastía de artistas.
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| Una de las láminas que acompañaban al vinilo |
![]() |
| Trípodes atacando el Londres victoriano |
25 ene 2013
The show must go on
16 ene 2013
El latido de Olimpia
A pesar del mercado literario de
arenas movedizas en el que nos hallamos hundidos hasta el cuello —una
crisis originada en gran medida por la propia crisis económica y el auge del
libro digital—, se puede afirmar que la
literatura de fantasía épica goza de una salud aceptable, casi un modesto nuevo
esplendor. Tanto las películas basadas en la producción de Tolkien como la
serie de la HBO Juego de Tronos han
propiciado de un tiempo a esta parte un renacer del género, una revitalización
con dos caras opuestas: por un lado, se agradece el empujón que las pantallas
grande y pequeña les infunden a las ventas de la épica literaria; por el otro,
es una pena que el florecimiento sea tan unidireccional. Como ya se advirtió antes en estos páramos cibernéticos, pululan novelitas por doquier que emulan a
J.R.R. Tolkien o a George R. Martin, algunas sutilmente y otras con descaro y
sin ningún rubor. Lo de "novelitas" no es literal. Generalmente
constituyen desde densas trilogías hasta voluminosas sagas porque así lo dicta
el canon establecido por estos dioses del género. Autores y editores no carecen
del don de la oportunidad. Ante semejante panorama, supone todo un acto de
valentía el riesgo que algunos autores asumen para presentar un producto
diferente. Manuel Amaro Parrado (*), con El
latido de Olimpia (Ediciones Canallas, 2012), trata de apuntarse un tanto
en este sentido.5 ene 2013
El libro sin papel
Una nueva generación de tópicos
de última cuña ha irrumpido en nuestros días. Como el de que "vivimos por
encima de nuestras posibilidades", o eso de que "yo nunca veo la
televisión". A estos tópicos modernos se les suma el defender el libro
tradicional frente al electrónico argumentando que nos gusta el olor de los
libros. Un tópico idiota, dirán algunos, hasta el punto de que alguien ya ha hecho campaña jocosa y mordaz del asunto. Pero no puede ser tan bobo lo que
realmente ocurre. Me sucede a mí, sin ir más lejos. Casi me da vergüenza
admitirlo, pero sí, me gusta el olor de los libros, me embriaga esa aromática
mixtura de papel, tinta y pegamento, me encanta sentir su volumen en las manos
y cómo quedan en los anaqueles de mi biblioteca.
Pero un día las circunstancias
me obligaron a probarlo. Ocurrió este verano, cuando un viaje programado a México
me pilló a mitad de la lectura de Tormenta
de Espadas. Vale que podría haberme llevado cualquier otra novela, pero la
historia estaba en un punto interesante y no quería dejármela a medias, y
tampoco podía cargar con el tocho durante todo el viaje (los mochileros sabéis
que cada gramo cuenta). Al final alguien me ofreció la solución: llevarme su
Kindle a territorio azteca. Y todo cambió después de aquella experiencia. Si
las virtudes del libro electrónico no me quedaban claras, con los defectos
ocurrió justo al contrario: pronto dejaron de serlo o se convirtieron
directamente en ventajas. La sensación de leer un libro electrónico, por
ejemplo, es prácticamente idéntica a la de leer un libro en papel (*), y la
pantalla no solo no cansa la vista sino que la cuida más (entre otras cosas,
porque escogemos el tamaño de la fuente). Además, a todas esas cualidades que
se ven de lejos se incorporan unas cuantas más que solo se aprecian de cerca:
la posibilidad de anotar sin enlodar el libro, el cómodo diccionario (con situar
el cursor sobre la palabra ya aparece la definición), el motor de búsqueda (que
viene genial en libros corales con múltiples nombres propios, para localizar
acciones de personajes que deseamos rememorar), la comodidad de manejo (ya no
tendremos que usar ambas manos), los puntos de lectura digitales (se acabó el
dejar el libro abierto bocabajo o con el mando a distancia dentro cuando no
encontramos el marcapágina) y
un largo etcétera.* Mucho ojo con esto, potenciales consumidores del libro digital: un verdadero e-reader no dispone de una pantalla retroiluminada, como la de las de los ordenadores y tabletas, sino que su tecnología se basa en la tinta electrónica, por lo que ni daña la vista ni la sensación visual difiere de la de una simple hoja de papel. Muchas empresas dan gato por liebre y venden como e-readers dispositivos que no lo son, cebándose aún más durante estas fechas navideñas.
16 dic 2012
El Hobbit. Un viaje inesperado
El viaje puede que fuera inesperado, pero la película no tanto. Se viene hablando de esta precuela de El Señor de los Anillos casi desde el rodaje de sus tres predecesoras, y se la viene criticando desde que se supo que Peter Jackson había decidido alargarla en una trilogía. En parte yo también me sumo a estas críticas, pero solo en parte. Creo que nadie en su sano juicio discutiría que las películas son un sacacuartos. Nada nuevo bajo el sol, por otro lado; la industria del cine nunca ha producido películas por amor al arte. El problema estriba en si esta búsqueda de triplicar los beneficios redunda en una degeneración de la novela de Tolkien, es decir, si vamos a encontrarnos con una mala adaptación. Estirar trescientas páginas en nueve horas de visionado, desde luego, da que pensar. Ya se sabía que las películas, por fuerza, iban a incluir mucha paja. Y eso es exactamente lo que ocurre con El Hobbit: un viaje inesperado (Peter Jackson, 2012), primera parte de la nueva trilogía. Al filme le sobran tranquilamente tres cuartos de hora, al menos desde una óptica narrativa. Lo bueno del asunto es que el sobrante no solo está rodado con buen gusto y no molesta, sino que se ensambla perfectamente en la trama y a veces ayuda a que el producto final sea más redondo (solo a veces). Por ejemplo, se añaden escenas de acción cuando el ritmo se lentifica o se insertan secuencias graves cuando el humor ligero torna empalagoso (secuencias que el director aprovecha además para establecer puentes con la trilogía original). Pero, como digo, hay paja muy bien encajada y otra no tanto: la escena de Bilbo y Frodo es tan absurda como irrelevante, solo justificable por un efecto nostalgia que a los lectores de las novelas les va a dejar más bien fríos. Y algunas escenas de acción también son totalmente prescindibles, por muy bien que luzcan.
Pero volvamos al problema que
afecta sobre todo a los tolkienianos más puristas. ¿Es El Hobbit: un viaje inesperado una buena o una mala adaptación de
la novela? Cabría pensar que el gigantismo al que se ha sometido la historia ha
acabado pervirtiéndola. Nada más lejos de la realidad. Se puede dilatar una
historia sin llegar a deformarla. Jackson se revela como un maestro que
moderniza y amplia la narración respetando la fuente. ¿El secreto? Su amor por
la obra literaria. Él es el primer crítico de su propia cinta, y eso se refleja en
cómo ha mimado cada escena, en los detalles, en los diálogos, en la atmósfera,
en el ritmo. La novela sufre ciertos cambios al volcarse en la pantalla grande,
eso es evidente, pero nada que trascienda de los necesarios ajustes al mudar la
ficción de un medio narrativo a otro.
No todo en la película son
virtudes, claro. Aparte de las escenas sobrantes, hay detalles que no me acaban
de convencer, y en ocasiones hemos de suspender la incredulidad más de la
cuenta para aceptar las paridas escénicas de Jackson. Pero, por lo general, El Hobbit: un viaje inesperado
constituye una muy digna precuela de la magnífica trilogía de El Señor de los Anillos, que sin estar a
su altura (por cuestiones narrativas, como ya se ha señalado), me atrevería a
decir que supera las expectativas puestas en el filme. La banda sonora de Howard Shore ayuda a alcanzar tales cotas, y otro acierto es el de la selección de actores (Martin Freeman es mucho mejor hobbit de lo que nunca fue Elijah Wood).30 nov 2012
El círculo de Krisky, de Miguel Puente Molins
Desde aquí me hago
eco del panegírico de Jorge Luis Borges a favor de la economía en literatura.
No quiero decir con esto que los textos deban erigirse en telegramas, sino que
toda palabra superflua debe ser eliminada. Borges desarrollaba una idea en un
puñado de párrafos y eso era todo. A veces coexistían varias ideas portentosas incluso
en una misma frase. Un escritor de menos recorrido hubiera construido una
novela de quinientas páginas con cada una de esas ideas, rellenándolas de florituras accesorias que no vendrían al caso. Añadir agua al vino, que diría un crápula.Por supuesto, la literatura no consiste solo en ideas. Hay literatura de personajes, de ambientes y descripciones, de ritmos pausados, necesariamente minuciosa. Hay tramas complejas y novelas corales. Y hay novelas que piden quinientas páginas. Si las piden, adelante, no hay problema. Un libro de dos mil páginas puede ser muy bueno si no le sobra ninguna, pongamos por caso la Genji Monogatari; pero hay demasiados autores que estiran de un hilo muy pequeño solo por darle al manuscrito un formato publicable. No soy amigo de etiquetas tipo novela, novela corta, cuento o microrrelato: cada historia pide el espacio que pide y no hay más. Sin embargo, a veces las etiquetas sirven para poner orden, y a mí me vienen bien para confesar mi amor incondicional por el relato corto. Por todo lo anteriormente comentado, porque al cuento pocas veces le sobra algo. Porque es un bocadito literario, como la poesía, solo que con una narrativa que en ocasiones nos sorprende y nos conmueve. Una bofetada literaria, en el buen sentido.
El Círculo de Krisky, ópera prima de Miguel Puente Molins, es una colección de estas fantásticas piezas minimalistas. Me hice con este librito por su condición de antología, sin saber que Miguel era uno de los fundadores de Saco de Huesos, editorial a la que tengo un cariño especial. Desde que leí la solapa del libro y me alcanzó el dato, no pude ser objetivo al leerlo.
Sí puedo serlo ahora, al recordar los cuentos. En El Círculo de Krisky hay de todo, desde pequeñas obras maestras hasta relatos más normalitos, pero todos ellos dejan un buen sabor de boca. Están bien escritos (si hacemos la vista gorda a un par de justificables erratas), mejor documentados y, sobre todo, cumplen con creces su función: sustraerte durante un buen rato de esa realidad asfixiante cuyas barreras solo pueden ser abatidas con el poder escapista de la literatura.
La antología arranca con “Los siete cuervos”, una historia deliciosa correctamente ubicada al principio del libro. Miguel Puente parece decirnos con este relato: este soy yo, así es como escribo y he aquí la imaginería que soy capaz de perpetrar. Literatura de ideas, moderación narrativa: todo el cuento está plagado de parcas imágenes fantásticas que otros autores con menor tonelaje creativo no hubieran dudado en dilatar, pero que aquí solo se esbozan, como atrezo de un teatro mucho mayor. Todo el cuento, además, está impregnado de una ambientación feérica que no desmerece de las grandes mitologías modernas (verbigracia, El Silmarillion). Una carta de presentación estupenda, aunque el resto de los cuentos se alejen un poco en cuanto a atmósfera de este que abre la selección.
Después viene el remanente de cuentos. Los que más me han gustado han sido “Una duda razonable” y “Psicosomático”. El género fosco se desarrolla con maestría, acierto y economía de medios a través de las contadas páginas de la obra de Puente, y aunque los relatos oscilan entre el terror y el humor, la ternura y el desastre, es común en todos ellos un trasfondo mitológico, patrio en abundantes ocasiones.
Y por último arribamos a “El Círculo de Krisky”, el relato que da título al conjunto y que se encarga de cerrar la antología. Para mí estamos sin duda ante el mejor cuento del libro, y probablemente también debe de parecérselo al autor cuando lo ha situado estratégicamente al final, para dejar un buen regusto. También la ilustración de portada (magnífica) hace referencia a esta última historia en la que Puente echa los restos. Se trata de una de las narraciones más originales que he leído en mucho tiempo, y uno que es ya perro viejo, y que como lector siente indiferencia ante el género de terror por inocuo y fallido en sus propósitos, ha de admitir aquí que este cuento, cuando menos, le ha causado cierta inquietud. El final no destaca especialmente (le falta un desenlace menos previsible para ser un cuento perfecto), pero el correo electrónico que constituye el armazón del relato sorprende e innova. Realmente dan ganas de transcribir el mensaje y lanzarlo a través de la red para ver cómo reacciona el personal. No digo más.
Miguel Puente, parroquiano gallego del bar del trago rápido y sin concesiones, sin palabras sobrantes ni tercios exclusos, sin disquisiciones cansinas, nos sorprende con un libro que apenas dura una tarde. Queda por ver cómo se desenvuelve en historias con más fondo, aunque, como he venido en defender durante toda la reseña, por lo que a mí respecta agradecería que se quedase en el cuento corto durante una —esta vez sí— muy larga temporada.
14 nov 2012
El Teatro de los Prodigios en Internet
1 nov 2012
El baile de los secretos, de Jesús Cañadas
Hay novelas que te
dejan hambriento de información, que te impulsan a buscar más datos sobre ellas
en Internet, en cuanto giramos la última página. Eso, ya de por sí, es muy
buena seña: para bien o para mal denota que la novela te ha marcado. Es lo que
me ocurrió al acabar El baile de los
secretos (Grupo Ajec, 2011), de Jesús Cañadas. Por desgracia, el blog del
autor ha desaparecido y en su lugar se ofrece una web insuficiente, elegante
pero parca en contenidos. Sin embargo en la red abunda información sobre la
novela, dispersa y amateur pero copiosa, sobrada para aplacarnos el hambre.
Internet arroja unos resultados asombrosos: más de cuarenta reseñas, lo cual es
un verdadero logro para una pequeña edición. Y aunque bien es cierto que muchas
de ellas responden a envíos de ejemplares de prensa por parte de la editorial o
del propio autor, no es menos cierto que la mayoría son reseñas positivas.Comencemos por lo malo. Cuando empecé a leerlo, El baile de los secretos me tenía desconcertado. Por un lado estaba flipando con la pulcra, cuidada prosa del autor; por otro me costaba horrores pillarle el ritmo. Y es que, por lo que he podido leer en otros lares, casi todos coincidimos en que el mayor hándicap del libro es su densidad literaria, la cual, unida a la cantidad de información que el autor despliega de una vez al principio de la novela, nos impide abordar la lectura con un mínimo de fluidez. Y aquí acaban los peros. Porque lo que es su mayor pega es al mismo tiempo su mayor virtud: una vez cogido el ritmo y comprendido que esta novela debe afrontarse con una paciencia relajada, solo nos resta abandonarnos al pausado placer de una lectura onírica, riquísima en hallazgos estilísticos e imágenes poderosas. Se nota que es una primera novela en el buen sentido: Jesús Cañadas echa los restos para demostrarnos que escribe bien, y lo consigue, e intenta colarnos en trescientas páginas todo su bagaje cultural, que no es poco, y exponernos hasta la menor pincelada de su vasta imaginería, que tampoco es una bagatela.
Pero El baile de los secretos no solo está bien escrita: desarrolla asimismo planteamientos muy originales. Además de constituir una suerte de partida de rol novelada, intercalada con el mundo realista en que residen los jugadores como la estrofa y antistrofa de un poema griego, toda la historia es una grandilocuente alegoría del amor. O más que del amor, del desamor. Cada abstracción que identificamos con el más romántico de los sentimientos cobra aquí una naturaleza física, literal. Nos toparemos con los Celos, y con el pérfido Rencor, y con el desolador Abandono, y también con enamorados portadores de la plaga del amor, que devoran corazones para saciar su insaciable apetito. Y más corazones, muchos corazones por todos lados, palpitantes, sangrantes, grotescos. El amor (desamor) se presenta aquí como un horror, el baile de los secretos es un baile gore, visceral en el sentido más literal de la palabra. Porque el amor tiene una cara negra y ponzoñosa que pocas veces asoma en la literatura, y nunca tan gráfica y plásticamente como en El baile de los secretos.
La novela funciona con precisión: despliega los personajes, destapa sus secretos y cierra el círculo cubriendo con una pátina de esperanza lo que durante toda la historia ha sido negro como los hilos de Melquíades. Pero bajo esta mecánica minuciosa subyace todo un mundo de secretos secundarios, secretos que resultan prescindibles para entender la trama principal (por lo que el autor los oculta sutiles entre las páginas), pero que enriquecen en gran medida la lectura. Hay referencias a Oscar Wilde, Chris Claremont, Dan Simmons, J.L. Borges, H.P. Lovecraft, Cortázar, Shakespeare y un largo etcétera. Hay alusiones a los libro-juegos de Altea y en general al mundillo del rol. Muchos personajes no son lo que parecen o representan algo más, y hasta la ciudad esconde su propio secreto, que es el que personalmente más me gustó descubrir a mitad de la novela (cuando caes en la cuenta, los colores le brotan de pronto a cada lugar visitado en Mandressla).
Voy a seguirle la pista a este autor gaditano que recientemente ha sido finalista del Premio Ateneo de Sevilla, uno de los más prestigiosos de la península. Estoy convencido de que al sentirse libre de la imperiosa necesidad de probar su valía, más que demostrada con su ópera prima, su canto del cisne será menos denso, más relajado y acabado que El baile de los secretos. Entonces será cuando empecemos a flipar de verdad con Jesús Cañadas, prometedora figura del fantástico patrio. Tiempo al tiempo.
22 sept 2012
Literatura sin etiquetas
De niño guardaba ilusiones, misterios y mundos completos en las estanterías. Allí estaban, como una colección de sueños, esos pequeños objetos maravillosos: los libros.
Abría uno de ellos y la magia de las palabras se desplegaba ante mí, arrastrándome a través del tiempo y el espacio y permitiéndome compartir las aventuras de caballeros y piratas, exploradores y princesas. Y cuando cerraba el libro, arrebujado entre las sábanas, y apagaba las luces porque al día siguiente me aguardaban las obligaciones escolares, aún flotaban ante mí aquellos personajes, gritándome arengas, llevándome con ellos en sus múltiples andanzas. Y a veces, un niño vestido de verde tocaba en mi ventana para venirme a anunciar que había perdido su sombra.Con el tiempo, por desgracia, las magias de la infancia se van evaporando ante nuevas inquietudes, los asuntos de la madurez. La maravilla ante lo desconocido pierde fuelle porque lo desconocido deja de serlo. Se abre el telón y se nos muestra el mundo desnudo, tal y como es, con todas sus barreras y sus asfixias, con sus blancos y negros. Al hacernos mayores claudicamos ante la realidad, en la vida del adulto no queda tiempo para soñar. ¿Somos libres los adultos?
Dicen que el libre albedrío existe. Que el determinismo solo es una invención de los físicos mecanicistas, una abstracción. Que si yo, por ejemplo, muevo ahora mismo esta mano, es porque quiero hacerlo. Somos libres, eso dicen. Pero también un pájaro enjaulado puede batir las alas. Un animal en cautividad jamás echará de menos el opulento mundo que se extiende tras su prisión precisamente porque no lo conoce. Al serle ajeno, se imagina libre en su pequeño espacio, aunque el instinto le revele tenuemente la aciaga verdad a través de una misteriosa melancolía.
A nosotros, los seres humanos, nos gobierna el mismo espejismo. El momento y lugar de nuestro nacimiento condicionan cómo será nuestra vida. La cultura, el derecho, el mundo sociopolítico, desde cierto punto de vista restringen nuestras libertades. Y si me apuráis aún podemos ascender un peldaño más: las leyes físicas de nuestro universo, las limitaciones de la realidad en que nos desenvolvemos, constituyen los auténticos barrotes de nuestra jaula. Seríamos verdaderamente libres si pudiéramos coleccionar llamas de fuego, caminar sobre las aguas, resucitar a nuestros muertos, besar impunemente al amor no correspondido. Seríamos de verdad libres si pudiéramos volar.
Supongo que todos conocéis el mito de Dédalo e Ícaro, dos mortales que tuvieron la osadía de construirse unas alas de cera para escapar de un laberinto y alcanzar la libertad. Pero Ícaro se aproximó demasiado al sol, la cera se derritió y fue enviado de nuevo al abismo. El laberinto, el sol, representan la realidad. Una realidad que, como la jaula de un ave, como en el cuento de Ícaro, se encuentra tanto arriba como abajo, nos rodea por doquier, de una suerte claustrofóbica.
Sin embargo, no todo es negro en esta idea. Porque, afortunadamente, y a diferencia de los animales, gozamos de una forma de escapar de nuestro destino de jaula. Os hablo, amigas y amigos míos, del poder de la imaginación. Y una de las mayores manifestaciones de este poder, acaso la más inmortal, sea la literatura.
La literatura es un portal directo a la libertad. Cuando abrimos un libro, conjuramos ese portal. Cuando comenzamos a leerlo, franqueamos esa cancela e ingresamos en un mundo en el que todo es posible.
El librito que hoy os presento no es más que eso: un canto a los sueños. Sería pretencioso por mi parte declarar que con este libro os devuelvo la libertad, pero no soy yo quien lo hace, sino vosotros mismos a través de la propia literatura. Porque la literatura, ante todo, siempre ha sido eso: un navío de palabras surcando los mares de la imaginería.
¿Qué encontraremos aquí, dentro de estas páginas? Un homenaje al prodigio. Una colección de cuentos para adultos que, sin embargo, también puede ser leída por jóvenes. Cuentos ambientados en escenarios realistas en que el absurdo, a la manera cortazariana, penetra como una sutil pincelada, o como un explosivo huevo de Dalí. Podríamos por tanto anunciar estos cuentos como fantásticos. Pero ese afán de etiquetarlo todo, de clasificar las cosas en categorías, es lo que lleva a muchos de nosotros a confundir literatura fantástica con literatura juvenil, o a vincular erróneamente el género con dragones y naves espaciales. Y olvidamos que la literatura, en esencia, siempre ha sido fantástica. La narrativa es ficción por naturaleza. El realismo radical solo es una moda pasajera, una vanguardia más, mientras que todos los grandes escritores se han valido, se valen y se valdrán del tintero y la pluma para construir sus más descabelladas fantasías, desde Homero hasta Borges, pasando por Milton, Dante, Cervantes, Poe, Stevenson, Kafka, García Márquez y un largo etcétera. Fue uno de ellos, Oscar Wilde, quien dijo que a todo aquel escritor que sea capaz de llamar pala una pala deberían obligarle a usar una, porque es para lo único que sirve.Con estas palabras, amigos y amigas, no pretendo delimitar mi libro, sino justo lo contrario: romper los límites, demoler las barreras. Porque la literatura no los admite. Porque, como ya he expresado, reniego de las etiquetas. Pero una cosa está clara: los que busquen moralinas en mis cuentos no las encontrarán. En ellos abundan las reflexiones, son cuentos que espejan el mundo en que vivimos. Como anuncia la contraportada, el componente fantástico se releva como simple excusa para ahondar en la condición humana y presentar situaciones que nos son terriblemente familiares. La fantasía está al servicio de la narración, es un recurso más, un instrumento narrativo para alcanzar un objetivo muy preciso, que es contar una buena historia. Pero no se puede negar lo evidente: quienes se aproximen a estos relatos no hallarán sino una forma inmediata de llenarse el alma de la evasión que nos ofrece la literatura.
El Teatro de los Prodigios está destinado a todos aquellos a quienes la realidad no nos basta. Porque ya está fabricada, porque nos rodea a todas horas y estamos aburridos de ella. Porque lo que ansiamos de verdad, a través de los libros, es salir de la jaula, sentir la libertad. Los libros son unas alas para volar, unas alas a prueba de laberintos e inmunes al sol.
Este libro es, por tanto, para todos vosotros. Sé que todos y cada uno lleváis un soñador dentro; cada cual guarda una Atlántida en el corazón, en el centro mismo del alma. No solo de pan vive el hombre: nos alimentamos de sueños, nos nutrimos de ilusiones. Por eso os abro las puertas a este teatro que he construido para vosotros, y espero sinceramente que os guste la función.
Amigos, amigas, bienvenidos pues a El Teatro de los Prodigios.




