27 feb 2013

La ley del trueno, de Sergio Mars

La ley del trueno, de Sergio MarsYa lo hemos comentado otras veces en Molinos Cibernéticos: actualmente la fantasía épica goza de una salud aceptable a costa de la originalidad, esto es, merced a unas fórmulas fructíferas repetidas hasta el cansancio. Fundamentalmente esas fórmulas pueden cifrarse, a lo largo de la historia reciente del género, en el remedo de dos producciones: la de J. R. R. Tolkien y la de George R. Martin. Las editoriales, temerosas de experimentos literarios, apuestan sobre seguro, y otro tanto ocurre con los propios autores. No es nada reprochable: las editoriales son un negocio y los pastiches venden; ¿para qué arriesgarse con una historia diferente, que puede o no funcionar, si con la enésima dragonada se tienen las ventas aseguradas? Y cuando algún valiente por fin se atreve a salirse un poco de tiesto en el fondo, al final acaba pecando en las formas. Puede que Rothfuss o Abercrombie, entre otros, constituyan aceptables tentativas por innovar, pero todas las alabanzas que merece su búsqueda de libertad narrativa acaban enturbiadas por el encorsetamiento a que someten al formato: voluminosas trilogías, cuando no directamente largas y pesadas sagas que generalmente adolecen de mucha paja. Es por ello que La ley del trueno, de Sergio Mars (habitual cosechador de premios Ignotus), publicada por Cápside en 2012, supone un auténtico vendaval de aire fresco entre tanto borreguismo literario, ya que el autor le da una vuelta a todo: a los escenarios y la narrativa imperantes, pero también al formato. La ley del trueno es una novela autoconclusiva de fantasía épica que transcurre en un mundo propio, y no hay más. En definitiva: pura valentía.
La novela narra los acontecimientos sociopolíticos que tienen lugar en una vasta y salvaje tierra fantástica en la cual el imperio fingardiano, trasunto del Romano histórico, agoniza supurando su propia decadencia, cuestión que aprovechan los enemigos del Estado para recobrar la libertad durante tantos años truncada. Pero ya desde el principio el libro deja claro que los personajes humanos, con todas sus pasiones, propósitos e ideales, son solo peones de poderes superiores que entablan una partida mayor. Mars no juega a los misterios sino que muestra a los titiriteros desde el mismo prólogo: el mundo que dibuja en su novela es un mundo donde los dioses son muy reales, aunque no sean divinidades omnipotentes sino limitadas, a caballo entre las grandes figuras grecolatinas y los espíritus kamis japoneses. La historia se estructura en tres líneas narrativas, correspondientes a cada uno de los dioses jugadores (Siobana, Wultan y Anther´a) y sus marionetas y avatares humanos, que se van trenzando en cada capítulo hasta conformar dos grandes actos de apoteósicos desenlaces donde confluyen muchas de las tramas desarrolladas con anterioridad. Hay batallas en La ley del trueno, grandes batallas narradas con una destreza narrativa admirable, pero también jugadas ladinas y elegantes, intrigas palaciegas, movimientos políticos, gestas imposibles, traiciones y alianzas, empresas fraticidas, nobleza y vileza, subterfugios, armas mágicas, enigmáticos ascetas, muertos vivientes y polvorientos estudios académicos. La novela reniega de la estructura del camino del héroe, tan recurrente en este tipo de narraciones, y también huye de cualquier atisbo de maniqueísmo: no advertiremos allí la enésima colisión entre el bien y el mal, sino grandes fuerzas espirituales enfrentadas desde la noche de los tiempos. Lo cual no es óbice para romper las tradicionales tablas, tan manidas en pugnas de fuerzas no dicotómicas: Mars riza el rizo trascendiendo de toda moraleja y equidad, declarando a uno de los contendientes como el absoluto vencedor (al menos hasta el doble final).
Puede que alguno se incline a pensar que trescientas cincuenta páginas resultan insuficientes para desarrollar una historia de tal naturaleza, tan rica en matices y de un género tan hinchado como el que nos ocupa. La fantasía heroica requiere de una dilatación narrativa que permita desplegar la épica en toda su magnitud (por eso los videojuegos del género triplican la duración de cualquier otro, y por eso el volumen de algunas sagas es hasta cierto punto justificable). Con La ley del trueno, Mars viene a desmentir el cliché: sí que se puede componer una historia épica en poco espacio. ¿Su secreto? Controlar hasta el último detalle del ritmo secuencial de la narración. Empezando por iniciar el relato en un estadio avanzado del conflicto, pero también dedicando a la historia las palabras justas, sin necesidad de añadidos ambientales que empañen lo que se cuenta o nos desvíen de lo realmente importante. La novela no es, sin embargo, una larga retahíla de telegramas literarios. La prosa es preciosista, lírica pero de algún modo también sucia, ajustada como un guante al drama narrado y al escenario, entre cruel y glorioso. Además el autor lentifica la acción cuando lo cree conveniente, introduce diálogos que nos acercan a los personajes, utiliza el discurso introspectivo para ahondar en las motivaciones y fobias de los actores de este gran teatro épico. Pero incluso en las escenas más pausadas hay una pulcra medición del pulso narrativo. Eso sí, para condensar una historia grandiosa en tan poca extensión siempre debe renunciarse a algo, y en esta ocasión lo sacrificado es la profundización de los personajes, lo cual no significa que carezcan de una delineación más que correcta, sino que, simplemente, se hallan despojados de excesivas dimensiones. Pero no estamos ante una historia de personajes sino de hechos, de grandes gestas: una partida de ajedrez donde importa más el todo, la propia partida, que cada una de las partes, las piezas y jugadores del juego.
En cuanto a la ambientación, Sergio Mars la declara heredera de Robert E. Howard (y alejada en todo lo posible de Tolkien, lo cual es muy cierto), hecho que se evidencia mayormente en la rudeza de los escenarios. Mars se salta con descaro el clásico medievalismo imperante en la literatura de género (otro ejemplo de cómo el autor se desprende del camino fácil) para perfilar su universo fantástico en una época muy anterior, estableciendo más de un paralelismo con la era Hyboria: grandes pueblos bárbaros, clanes nómadas, ciudades donde la civilización ha cuajado en sus rasgos más oscuros (el refinamiento de la crueldad), tribus primitivas… No hay razas fantásticas en las regiones de La ley del trueno aunque sí magia, pero no es una magia de espectáculos de luces y grandes poderes sino una magia sutil, negra, magia susurrada en las mazmorras, nigromancia, hechicería de lo oculto, talentos malditos, brujería de los muertos y de las sombras. Los zombis, uno de los pilares de la maquinaria narrativa, se remontan a su vertiente primaria; y no me refiero a Romero sino a un clasicismo aún más seminal: la reanimación de los cuerpos a través del vudú haitiano. Por otro lado, es curioso que la novela maneje tranquilamente una docena de personajes con peso en la trama y ninguno de ellos sea femenino, lo cual la acerca aún más a los mundos descritos por Howard; en este punto me atrevería decir que hasta los acentúa. Por todo ello, La ley del trueno no solo bebe de las fuentes literarias anteriores a El señor de los anillos, es decir, de la espada y brujería más clásica, sino que además las homenajea con fantásticos resultados, pues sospecho que no solo de Howard se alimenta la novela. Yo al menos percibo destellos de Leiber e incluso de Moorcock (la conquista de Cefingard, en el ecuador del libro, tiene visos de la caída de Melniboné). Y por último, no podemos obviar que La ley del trueno, como se apunta acertadamente en otras reseñas, puede juzgarse una modernización de la Ilíada homérica, con toda esa plétora de divinidades jugando con el destino de los mortales que en la obra de Sergio Mars se reducen a tres. Aunque no es exactamente una modernización, pues su sorprendente final la escinde definitivamente del poema clásico.
Para terminar, y aunque no suelo mencionar el continente de los libros salvo en casos muy drásticos en ambos sentidos (horribles o preciosísimas ediciones), cabe señalar el perfecto acabado físico de la novela dado que constituye la carta de presentación de la joven editorial Cápside, un debut que aprueba con sobresaliente en todos los aspectos. Estamos ante una muy cuidada edición en cartoné con solapas, heredera de la colección Albemuth de Grupo Ajec (donde Sergio Mars ha publicado la mayoría de sus anteriores libros), con papel y cubierta de calidad, maquetación profesional y un estupendo precio anticrisis. Hasta me gusta la ilustración de la portada; cuando la veía en Internet no me convencía para nada, pero de cerca gana mucho, y el color directo aplicado sobre el lápiz, sin entintado de por medio, le otorga cierto grado de áspera tosquedad y le da un aire de péplum que casa muy bien con el contenido del libro.
 
Sergio Mars lo ha vuelto a conseguir. Demuestra que es capaz de tocar varios palos, y que en todos ellos lo hace rematadamente bien.
 

14 feb 2013

Tetrammeron, de José Carlos Somoza

Tetrammeron, de Jose Carlos SomozaHoy os traigo un libro que se presenta dentro de una caja de color caoba con una cerradura en el centro. O tal vez no es color caoba sino rojo, rojo erotismo y rojo sangre, aunque puede que también azul abismo, negro umbría y blanco abandono. Tetrammeron (Seix Barral, 2012), la undécima novela de José Carlos Somoza, es una de las más extrañas, inquietantes y maravillosas que he tenido el placer de devorar este año. Se trata de mi primera incursión al universo oscuro de este autor, y con ella me ha ganado para siempre. Como la protagonista de la novela, yo ya he dado un paso que se me hace imposible deshacer.
 
Me siento al ordenador y las ideas se me traban en la mente. Por primera vez me cuesta horrores arrancar una reseña. ¿Cómo describir la desazón, la atmósfera opresiva, la belleza de la maldad, la inocencia mutilada, la devastación de la niñez? Respuesta: no se puede. Para acceder al mundo de Somoza, no hay otro camino que leer a Somoza.
 
Tetrammeron narra la historia de la niña Soledad, o de los últimos instantes de Soledad en cuanto niña. Durante una excursión del colegio atraviesa una puerta que no debe, la puerta del sótano de una iglesia; una puerta prohibida que la conduce a todo un cosmos de prohibiciones contenido en una habitación subterránea y regentado por cuatro misteriosos cuentacuentos. Así comienza un perturbador descenso al abismo de marcado carácter sexual en el que los cuatro alegóricos personajes van despojando a la niña de tal epíteto al tiempo que la sustraen también de sus ropajes, cuento a cuento, palabra a palabra, puñalada a puñalada. Toda infancia se aboca irremediablemente a su propia destrucción, parece revelarnos Somoza. Destrucción con renovación en forma adulta, pero destrucción al fin y al cabo, dolorosa y temible. Irreversible.
 
El título de la novela, Tetrammeron, refiere en línea recta al Decamerón de Bocaccio. Su estructura es similar: historias engarzadas en un hilo narrativo común. Sin embargo, sospecho que su inspiración no hay que buscarla en la obra magna del humanista italiano, no al menos de forma directa, ya que su verdadera referencia parece ser El círculo de Jericó de César Mallorquí (una de las mejores antologías de autor único jamás publicadas en castellano). Los elevados paralelismos entre ambas trascienden toda casualidad, más aún intuyendo que ambos autores se conocen. Así y todo, Tetrammeron no se limita a ejercer de mero pastiche, sino que parte de la idea general de Mallorquí para crear algo distinto (no mejor ni peor; solamente distinto). Por ejemplo, tanto El círculo de Jericó como el Decamerón o Los cuentos de Canterbury constituyen antologías de relatos, mientras que el Tetrammeron es sin duda una novela, un rosario narrativo hilado de pequeñas cuentas interrelacionadas. Los relatos no funcionan del todo solos, sino como parte de un conjunto. Es al irlos leyendo y establecer las conexiones cuando uno va exhumando el significado global. Historias en apariencia muy distintas se revelan conectadas, como "La decoración", "La boda de la señora Boj" y "Corpus Christi" (tres de los mejores cuentos), en las cuales se acomete el tema del sacrificio desde una perspectiva cada vez más radical. O "El espíritu Curie" y "Partículas", donde se descubre lo grande e indestructible que es el mal precisamente por ser diminuto, tan minúsculo que se halla injertado en todas las cosas, que forma parte intrínseca del universo; también del universo personal, tanto físico como emocional, de cada uno de nosotros.
 
El mal, ese es el tema principal de la novela. El libro ahonda en la naturaleza del mal, el mal como necesidad, el mal como juego, el mal como capricho y, por supuesto, el mal como filia y erotismo. Cada cuento aborda una de las caras de lo maligno, y todos ellos juegan con el recurso emotivo de enfrentar el mal con la antitética figura de la infancia, tan frágil e inocente. Lo cual podría denunciarse como una trampa fácil en manos de un autor con menos recorrido, pero Somoza es un maestro que renueva los clichés con una pátina de extrañeza, sordidez, tinieblas, sensualidad, delirio. Para alcanzar tales proezas, Somoza se vale del símbolo. No presenta los hechos e ideas tal cual, sino que los esconde bajo un tupido sudario de simbología. La novela, ya caja y rosario y braguita y diagnóstico de lo perverso, puede definirse asimismo como una extensa colección de símbolos, no paralelos sino jerárquicos, símbolos dentro de símbolos dentro de símbolos como los cofres que la novela nos anima a abrir en un juego metaficcional de matrioskas literarias. Cuentos dentro de cuentos dentro de cuentos… Pura delicia abisal.
 
La novela, para colmo de alabanzas, goza de otras muchas virtudes. La atmósfera, ya se ha insinuado, es sugerente, angustiosa, lasciva y terrorífica, uno de los grandes puntos fuertes de la obra y casi excusa suficiente para leerla. Tetrammeron también tiene el acierto de glorificar la tradición oral al tiempo que la retuerce y la emponzoña. Su estilo, además, me ha resultado un tanto curioso (otro aspecto que me ha sorprendido de la novela), porque de algún modo es extremadamente sencillo y subrepticiamente complejo. Fluye con elegancia musical y me atrevería a decir que casi con facilidad de best seller, y sin embargo no escatima en pasajes líricos y frases demoledoras que son como mazazos en el corazón o vértigos en el estómago.
 
Concluyo con un principio, con el de uno de los cuentos, y ya me diréis si no recibís vosotros también ese vértigo o mazazo:

«Allí, en Cavennes, hay historias. En todos los pueblos las hay, pero en Cavennes hay tantas y tan fantásticas que cansan a la verdad, la derrotan por agotamiento. Uno acaba creyendo que la verdad y la mentira no existen en Cavennes. Porque, allí lo saben, ambas son solo dos historias más, intercambiables, y cuando pasa el tiempo suficiente, incluso igual de verídicas.»

5 feb 2013

Los marcianos sinfónicos de Jeff Wayne

 
Los marcianos de H. G. Wells se imponen al resto de conquistadores espaciales fundamentalmente por dos motivos: porque son los originales y porque son los mejores. Siendo indulgentes con la ingenuidad del planteamiento, literariamente no encuentran parangón con ningún invasor posterior. Además, tienen la virtud de haber conquistado la Tierra en un sinnúmero de formatos. Empezaron haciéndolo desde la misma literatura en la fundacional La guerra de los mundos (1898), de la mano de H. G. Wells, el padre de las criaturas. Después hallaron la forma de colarse en nuestros transistores gracias a la versión radiofónica de Orson Welles, quien en 1938 decidió perpetrar una de las gamberradas más célebres de la historia de los medios de comunicación: narrada desde una óptica periodística, la adaptación de Welles convenció a muchos radioyentes de estar siendo invadidos de verdad por los tipos del espacio [*]. No contentos con todo esto, los marcianos se colaron en Hollywood y sirvieron de materia prima para el rodaje de dos películas dirigidas por Byron Haskin y Steven Spielberg (1953 y 2005, respectivamente), descontando la versión de Asylum. Más adelante resolvieron dedicarse a las matemáticas y sumaron dos y tres al arte cinematográfico para asentarse en el cómic y el videojuego (cabe destacar el segundo tomo de La liga de los hombres extraordinarios de Alan Moore). Obras de teatro, espectáculos y homenajes literarios, como El mapa del cielo de Félix J. Palma, fueron también campos de ocupación para ellos. Por último, los marcianos conquistaron el escenario musical en una adaptación orquestada en 1978 por el maestro Jeff Wayne, postrero de una larga dinastía de artistas.
Una de las láminas que acompañaban al vinilo
Si bien fuera del mundo anglosajón su fama no fue demasiado notable, Jeff Wayne's Musical Version of The War of the Worlds constituye uno de los trabajos de rock sinfónico más emblemáticos de la historia. Se trata de una de esas grandes obras, llenas de poesía y majestuosidad, que no trascienden a los campos de lo popular y acaban como piezas de culto, muy aclamadas entre los musicólogos y melómanos aunque desconocidas por gran parte del vulgo. Este doble álbum de Jeff Wayne resulta tan ecléctico que se lo ha clasificado con muchas etiquetas, desde banda sonora hasta ópera rock, pasando por musical, fusión, electrónica o rock sinfónico, y ciertamente hay algo de todo eso (aunque de banda sonora tenga poco [**]). Se trata de un disco épico y potente, rebosante de recursos experimentales y casi vanguardistas para el panorama musical de los setenta, con una soberbia orquesta sinfónica, un empleo medido del sintetizador y bastantes efectos especiales. Pero la base instrumental del disco sigue siendo el rock, es decir, guitarras (con un pedal fantástico), batería y un bajo que cobra un protagonismo absoluto en algunos tramos. Un rock auxiliado, eso sí, por vientos, cuerdas y teclados.
En cuanto a su valor narrativo, estamos sin duda ante una de las más fieles adaptaciones de la novela. La música se acomoda perfectamente a la narración. La guerra de los mundos de H. G. Wells no es la excusa para montar un espectáculo musical de tal magnitud; realmente constituye la esencia del disco. Hay espacio en la música para el terror, la incertidumbre, la desolación y la esperanza. Los temas que describen a los marcianos son realmente inquietantes, tan alienígenas como los propios marcianos, y el clásico ulular descrito en la novela (el celebérrimo u-la!) ha sido musicalmente adaptado hasta conformar un leitmotiv recurrente que evoca a la perfección la naturaleza extraña y monstruosa de los visitantes. El primer disco, más instrumental, se centra en la llegada de los marcianos, mientras que el segundo narra los acontecimientos de una Tierra en poder de los trípodes y la maleza roja. Cabe destacar las geniales interpretaciones, tanto recitadas como cantadas, de los colaboradores de Wayne, músicos y artistas de la talla de Julie Covington, Phil Lynott, David Essex y Justin Hayward, así como la estrella del celuloide Richard Burton (quien participa en el disco en el papel del periodista narrador). En España se lanzó, además del álbum original, una versión en castellano, narrada por el actor Teófilo Martínez. Personalmente, el trabajo de Martínez me parece magnífico, pero la alternancia entre las partes narradas en español y las cantadas en inglés no termina de cuajar. Así y todo, como curiosidad merece la pena escucharlo.
Trípodes atacando el Londres victoriano
No exagero cuando afirmo que Jeff Wayne´s War of the Worlds está entre mis álbumes preferidos de todos los tiempos. Comparte podio con trabajos de la talla de The Wall, de Pink Floyd, con el que guarda ciertas similitudes (ambos son álbumes conceptuales de rock sinfónico). Pero la obra de Jeff Wayne no solo tiene importancia para quien suscribe. A pesar de no colarse del todo en los páramos de la cultura popular, obtuvo numerosos galardones, permaneció durante años en los primeros puestos de las listas de ventas del Reino Unido y su nueva versión, The new generation (2012), la ha catapultado de nuevo al punto de mira de propios y extraños [***]. No ha sido la única, ya surgieron relanzamientos en 1982 (Higlights, versión corta con ediciones de radio), 2000 (ULLAdubULLA, un conjunto de remixes) y 2005 (Collector's Edition, una colección completa de siete discos con los temas originales y muchísimas versiones y rarezas), todos ellos acompañados de las magníficas pinturas de Geoff Taylor, Peter Goodfellow y Michael Trim, quienes supieron ilustrar los temas con un aire perfecto entre pulp y victoriano. Sin embargo, The new generation tiene la virtud de ser la primera versión verdaderamente nueva desde 1978, ya que todos los temas han sido regrabados, se les ha añadido efectos, se ha depurado el sonido, se han incorporado nuevos músicos y artistas (con Liam Neeson sustituyendo a Richard Burton), han vuelto a diseñarse las ilustraciones… Quizá esta versión moderna y más electrónica no era necesaria, ya que la inaugural sigue sonando tan actual y vigente como si acabara de componerse. Pero a los frikis de Jeff Wayne nos encanta que haya una producción nueva que refresque la leyenda. Después de todo, su intención no es sustituir a su predecesora: siempre podremos volver al clásico cuando nos apetezca.
Con Jeff Wayne's Musical Version of The War of the Worlds, mítico doble álbum que pasará a la historia de la música como la obra maestra que es, los marcianos de H. G. Wells ya pueden darse por satisfechos. Han conquistado la Tierra tantas veces y en tantos formatos que pocos les quedan por probar. ¿Alguien se anima con una versión poética o una performance?
 
* Menos conocida pero mucho más traumática fue la emisión radiofónica de La guerra de los Mundos en Quito, la capital de Ecuador, donde la enfurecida masa arremetió contra los estudios emisores del falso reportaje con palos y piedras, hasta el punto de prender fuego al edificio y provocar nueve muertes en los disturbios.
** Aunque a finales de los setenta hubo una reedición del filme de 1953 con la música de Jeff Wayne integrada, lo cierto es que el álbum que nos ocupa constituye un trabajo musical independiente, ajeno a la industria cinematográfica, que bebe directamente de la fuente literaria. Siendo poco rigurosos, podría considerarse a Jeff Wayne´s War of the Worlds como la banda sonora de la novela original de Wells.
*** En 1975, un jurado al cual pertenecían los cineastas Steven Spielberg, George Lucas y Alfred Hitchcock señaló el trabajo de Jeff Wayne como la mejor producción musical de ciencia ficción de todos los tiempos.
 

25 ene 2013

The show must go on

El Teatro de los Prodigios en Internet (II)

 
Damas y caballeros, niños y ancianos, el Teatro de los Prodigios sigue de gira por los más excelsos escenarios y carpas de la red de redes, asombrando a propios y extraños, llevando el sentido de la maravilla allá donde no llega ni la luz (¿será cosa de Endesa?). Y aquí, en Molinos Cibernéticos, seguimos compilando reseñas, entrevistas y reportajes relacionados con tan magno espectáculo. Los molinos están contentos, sus articulaciones mecánicas chirrían y sus venas eléctricas chisporrotean de placer al comprobar las excelentes críticas que el Teatro está cosechando entre sus espectadores. Pasémosle la lupa a algunas de ellas: 

En The Church of Horrors, portal de excelente factura, han publicado una entrevista del maestro de ceremonias y autor del Teatro de los Prodigios, Ramón Merino Collado (en realidad es algo antigua, pero la han colgado ahora):


En el imprescindible Rescepto Indablog, referente indiscutible de la literatura de género, el incombustible Sergio Mars, célebre por su honradez y ecuanimidad como reseñador así como por su excelente capacidad de análisis, ha publicado una genial y razonada reseña del Teatro:


También podemos acceder a otra reseña En Masqueteclas, el blog de José Manuel Ramírez, informático, fotógrafo y devoralibros ocasional. Masqueteclas, entre otras cosas, es un blog con unos contenidos informáticos estupendos; A J.M. se le advierte su vena docente cuando asombrosamente convierte en fácil lo difícil.


La Torre de Babel, uno de los blogs más interesantes de la blogsfera (reseñas razonadas de literatura fantástica, no exentas de un componente visceral que les da un sabor único), ha publicado una entrevista muy amena de Ramón Merino Collado, el responsable máximo de nuestro Teatro de los Prodigios:


También en la Torre de Babel, sitio mágico que os sigo recomendando, podemos acceder a una reseña muy literaria de nuestros nueve actos teatrales:


El Camaleón Azul es otro blog de lectores altamente recomendable en el que se aborda la literatura con mucha pasión y respeto por los libros. Allí también han colgado una reseña favorable del Teatro de Prodigios:


Para terminar, recordamos algunos de los primeros reportajes, reseñas y entrevistas de nuestro espectáculo teatral en este enlace:


Gracias a todos, como siempre, por llenar el Teatro y aplaudir con tanto ahínco a los actores de esta mágica función.

16 ene 2013

El latido de Olimpia

El latido de OlimpiaA pesar del mercado literario de arenas movedizas en el que nos hallamos hundidos hasta el cuello una crisis originada en gran medida por la propia crisis económica y el auge del libro digital, se puede afirmar que la literatura de fantasía épica goza de una salud aceptable, casi un modesto nuevo esplendor. Tanto las películas basadas en la producción de Tolkien como la serie de la HBO Juego de Tronos han propiciado de un tiempo a esta parte un renacer del género, una revitalización con dos caras opuestas: por un lado, se agradece el empujón que las pantallas grande y pequeña les infunden a las ventas de la épica literaria; por el otro, es una pena que el florecimiento sea tan unidireccional. Como ya se advirtió antes en estos páramos cibernéticos, pululan novelitas por doquier que emulan a J.R.R. Tolkien o a George R. Martin, algunas sutilmente y otras con descaro y sin ningún rubor. Lo de "novelitas" no es literal. Generalmente constituyen desde densas trilogías hasta voluminosas sagas porque así lo dicta el canon establecido por estos dioses del género. Autores y editores no carecen del don de la oportunidad. Ante semejante panorama, supone todo un acto de valentía el riesgo que algunos autores asumen para presentar un producto diferente. Manuel Amaro Parrado (*), con El latido de Olimpia (Ediciones Canallas, 2012), trata de apuntarse un tanto en este sentido.
En entrevistas, Amaro Parrado declara que con esta novela ha intentado por todos los medios que su historia no se parezca a nada, pero lo afirma con cierta cautela, sabedor de que en literatura ya está todo escrito. Pero ¿es verdad que lo está o se trata solo de otro cliché literario? Por mi parte dudo que alguien haya mezclado en una misma obra elementos tan dispares y exóticos como los que el autor esgrime en esta novela. Puede que aislados no sean demasiado innovadores, pero la combinación de todos ellos resulta brutal. Yo sí puedo arriesgar aquí, con ciertas garantías, la aserción de que El latido de Olimpia puede presumir de ser original. Además, la valentía del autor es doble al apostar por una historia épica autoconclusiva, que ocupa un único volumen. El latido de Olimpia es por tanto una novela a contracorriente, libre de modas y corsés, y eso para empezar la honra.
El punto de partida de la novela es un relato corto de la antología Fobos (**) titulado “El observador”, un cuento que funciona a la perfección por sí solo pero que al mismo tiempo se erige en manantial de ideas narrativas. El autor ha estirado convenientemente de este hilo que él mismo urdió en su día para dar forma a todo un universo fantástico. Los acontecimientos narrados en “El observador” desencadenan los propios de la novela. El despertar de una soñadora que puede abrir los portales entre mundos ocasiona que varias facciones de Olimpia se lancen a buscarla a toda costa, pisoteando el viejo pacto de paz que había durado más de mil años. La novela comienza presentando a los personajes y posicionando las piezas en el tablero de juego. Pero la historia da muchas vueltas, y lo que al principio parece una partida maniquea a la postre no lo es tanto: las blancas se vuelven negras, las negras blancas, los peones reinas y las reinas peones. Los personajes están dibujados por capas; conforme la trama avanza se revela un nuevo secreto, una nueva cara, un matiz distinto, y cuando parece que el autor ya ha exprimido al máximo un personaje vuelve a darle otra vuelta de tuerca, destapa otro secreto, desvela una nueva cara, otro matiz, una dimensión más. La riqueza narrativa es innegable; la imaginación del autor, densa sin llegar al empacho: nos la va presentando con cuentagotas. Son cuatrocientas páginas de novela, pero no le sobra ni una. En todos los capítulos hay una idea nueva, recurso o sorpresa. Los capítulos son nucleares, funcionan como relatos cortos por lo que en ningún momento se resiente la trama. Es imposible aburrirte con un libro tan apabullante y rico en asombros como El latido de Olimpia.
En la primera mitad del libro la historia se teje en torno a tres hilos narrativos paralelos: las aventuras de la soñadora a través de los mundos, las intrigas palaciegas del gigante Baugir y la búsqueda del capitán Zaebos, Num y compañía en la Ciudad de los Sueños (y más allá). Después, los hilos se entremezclan, convergen, vuelven a dividirse en otros tantos. Confieso que las partes con que más disfruté son las que protagoniza Baugir, quien me recordó de algún modo al mejor Tyrion de Choque de Reyes (cuando aún era la Mano del Rey), aunque físicamente sea su antítesis. Los tejemanejes de la corte están muy logrados, y algunos diálogos inducen la carcajada. Otro de los aciertos de la novela es integrar la mitología pagana en el escenario de Olimpia. El autor logra fusionar mitos muy dispares y darles coherencia, entre ellos y con los tiempos modernos, justificando la ausencia de las divinidades hoy día con una explicación muy particular.
No es un libro que se prodigue en descripciones y recursos estilísticos, eso hay que advertirlo. No constituye un dechado de virtudes literarias (sin estar en absoluto carente de ellas), su punto fuerte no va en esa dirección. Su estilo es sencillo, directo y visceral, pero es que precisamente ahí radica su fuerza. Convertir la narración en una engorrosa guía de viajes o una retahíla de figuras alambicadas hubiera mermado ritmo a la novela y duplicado tranquilamente sus más de cuatrocientas páginas. Ojo, soy un ferviente defensor de las formas literarias, pero creo que en este caso Manuel Amaro ha optado por el estilo que mejor vestía su novela, aquel que le encaja como un guante. Gracias al ropaje escogido por el autor, la historia nos absorbe por completo y nos bebemos el libro en apenas unos días. Captar la atención del lector de la manera en que lo hace El latido de Olimpia es muy difícil de conseguir, y Manuel Amaro Parrado lo logra con creces.
Si buscas un libro divertido, diferente, rebosante de imaginación y fácil de digerir, no lo dudes, prueba a degustar El latido de Olimpia. No te defraudará.

* Manuel Amaro Parrado ha sido galardonado con diversos premios literarios y es autor de la antología de relatos Fobos (Mandrágora, 2009) y de la novela León González, Santo (Ediciones Canallas, 2010).
** Fobos, la antología de relatos publicada por Mandrágora en 2009, es una opción recomendable para iniciarse en la prosa de Manuel Amaro Parrado. Constituye un buen compendio de la riqueza de temas que el autor es capaz de abordar.

5 ene 2013

El libro sin papel


Olor a librosUna nueva generación de tópicos de última cuña ha irrumpido en nuestros días. Como el de que "vivimos por encima de nuestras posibilidades", o eso de que "yo nunca veo la televisión". A estos tópicos modernos se les suma el defender el libro tradicional frente al electrónico argumentando que nos gusta el olor de los libros. Un tópico idiota, dirán algunos, hasta el punto de que alguien ya ha hecho campaña jocosa y mordaz del asunto. Pero no puede ser tan bobo lo que realmente ocurre. Me sucede a mí, sin ir más lejos. Casi me da vergüenza admitirlo, pero sí, me gusta el olor de los libros, me embriaga esa aromática mixtura de papel, tinta y pegamento, me encanta sentir su volumen en las manos y cómo quedan en los anaqueles de mi biblioteca.
La cuestión es que el olor del papel es solo la raíz de un enorme ritual que el lector de toda la vida despliega cuando lee un libro, lo compra o simplemente lo hojea. Nos deleitamos con el virar de las páginas, disfrutamos ubicando los tomos en su nidito de la estantería. Nos gustan los libros como objeto, no lo podemos evitar. Para nosotros el continente cobra casi tanta importancia como el contenido. Hay libros preciosos, editoriales que cuidan sus ediciones y miman la presentación, mientras que otros libros parecen maquetados con el culo, con independencia de la belleza poética que alojen. Admito que soy más bibliómano que bibliófilo, pero casi todos los bibliófilos lo somos.
Dicho todo esto, no me queda sino romper unas cuantas lanzas a favor del libro electrónico. Cabe decir que ya las rompía antes de probarlo; me obligaban mi educación informática y mi vena de ecologista coñazo. Y es que en el libro electrónico, visto de lejos, todo son ventajas: es resistente, no se deteriora con el tiempo, no ocupa lugar, puede adaptarse a las necesidades del lector, respeta el medioambiente… Contra tales argumentos no hay réplica, muy poco puede esgrimirse a favor del libro tradicional… salvo que nos gusta el olor y el tacto del papel, y que no solo nos trae sin cuidado que el libro ocupe un espacio o envejezca, sino que además nos agrada. Por todo eso, aunque promocionaba las bondades del libro electrónico, secretamente lo aborrecía. No podía con la maquinita de marras, era adecuada para los demás pero no para mí. Aquel infierno tecnológico "vivía por encima de mis posibilidades" como lector. Las supuestas ventajas del libro electrónico tornaban inconvenientes en mi caso.
Libros vs libros electrónicosPero un día las circunstancias me obligaron a probarlo. Ocurrió este verano, cuando un viaje programado a México me pilló a mitad de la lectura de Tormenta de Espadas. Vale que podría haberme llevado cualquier otra novela, pero la historia estaba en un punto interesante y no quería dejármela a medias, y tampoco podía cargar con el tocho durante todo el viaje (los mochileros sabéis que cada gramo cuenta). Al final alguien me ofreció la solución: llevarme su Kindle a territorio azteca. Y todo cambió después de aquella experiencia. Si las virtudes del libro electrónico no me quedaban claras, con los defectos ocurrió justo al contrario: pronto dejaron de serlo o se convirtieron directamente en ventajas. La sensación de leer un libro electrónico, por ejemplo, es prácticamente idéntica a la de leer un libro en papel (*), y la pantalla no solo no cansa la vista sino que la cuida más (entre otras cosas, porque escogemos el tamaño de la fuente). Además, a todas esas cualidades que se ven de lejos se incorporan unas cuantas más que solo se aprecian de cerca: la posibilidad de anotar sin enlodar el libro, el cómodo diccionario (con situar el cursor sobre la palabra ya aparece la definición), el motor de búsqueda (que viene genial en libros corales con múltiples nombres propios, para localizar acciones de personajes que deseamos rememorar), la comodidad de manejo (ya no tendremos que usar ambas manos), los puntos de lectura digitales (se acabó el dejar el libro abierto bocabajo o con el mando a distancia dentro cuando no encontramos el marcapágina) y un largo etcétera.
En definitiva, y para sintetizar lo expuesto: que yo también era de los que reniegan del libro electrónico, pero después de probarlo cambié radicalmente de opinión. En serio os lo digo, antes de manteneros en vuestros trece pedid prestado un Kindle, Papyre o análogo y juzgad con todos los datos sobre el tapete. No basta con manipularlo un rato: para estar en condiciones de opinar tendréis que leer un libro entero (también hay que hacerse al cacharro). Quizá algunos os reafirméis en la opinión de que las nuevas tecnologías no son para vosotros. Pero muchos otros, la mayoría, os haréis conversos radicales del libro electrónico. Si le dais una oportunidad, os ganará para siempre.
Para terminar, me gustaría dejar claro que esto no son unas elecciones políticas ni un partido del Madrid contra el Barça. Yo ahora leo en mi Kindle y también novelas tradicionales; y sigo coleccionando libros impresos porque, en el fondo, soy un bibliómano incurable. El libro tradicional no va a desaparecer (aunque se reducirá bastante por una cuestión de puro pragmatismo), ambos formatos convivirán sin mayores problemas. Pero no podemos dejar de lado lo digital, que tan buenas prestaciones nos ofrece a los lectores de toda la vida. Al fin y al cabo, lo que importa no es la forma sino el fondo: el continuar siendo lectores, y como buenos lectores que somos, seguir "sin encender nunca la televisión".
¡Molinos Cibernéticos os desea feliz año nuevo a todos! 

* Mucho ojo con esto, potenciales consumidores del libro digital: un verdadero e-reader no dispone de una pantalla retroiluminada, como la de las de los ordenadores y tabletas, sino que su tecnología se basa en la tinta electrónica, por lo que ni daña la vista ni la sensación visual difiere de la de una simple hoja de papel. Muchas empresas dan gato por liebre y venden como e-readers dispositivos que no lo son, cebándose aún más durante estas fechas navideñas.


16 dic 2012

El Hobbit. Un viaje inesperado


El Hobbit, un viaje inesperado

El viaje puede que fuera inesperado, pero la película no tanto. Se viene hablando de esta precuela de El Señor de los Anillos casi desde el rodaje de sus tres predecesoras, y se la viene criticando desde que se supo que Peter Jackson había decidido alargarla en una trilogía. En parte yo también me sumo a estas críticas, pero solo en parte. Creo que nadie en su sano juicio discutiría que las películas son un sacacuartos. Nada nuevo bajo el sol, por otro lado; la industria del cine nunca ha producido películas por amor al arte. El problema estriba en si esta búsqueda de triplicar los beneficios redunda en una degeneración de la novela de Tolkien, es decir, si vamos a encontrarnos con una mala adaptación. Estirar trescientas páginas en nueve horas de visionado, desde luego, da que pensar. Ya se sabía que las películas, por fuerza, iban a incluir mucha paja. Y eso es exactamente lo que ocurre con El Hobbit: un viaje inesperado (Peter Jackson, 2012), primera parte de la nueva trilogía. Al filme le sobran tranquilamente tres cuartos de hora, al menos desde una óptica narrativa. Lo bueno del asunto es que el sobrante no solo está rodado con buen gusto y no molesta, sino que se ensambla perfectamente en la trama y a veces ayuda a que el producto final sea más redondo (solo a veces). Por ejemplo, se añaden escenas de acción cuando el ritmo se lentifica o se insertan secuencias graves cuando el humor ligero torna empalagoso (secuencias que el director aprovecha además para establecer puentes con la trilogía original). Pero, como digo, hay paja muy bien encajada y otra no tanto: la escena de Bilbo y Frodo es tan absurda como irrelevante, solo justificable por un efecto nostalgia que a los lectores de las novelas les va a dejar más bien fríos. Y algunas escenas de acción también son totalmente prescindibles, por muy bien que luzcan.
Gandalf y BilboPero volvamos al problema que afecta sobre todo a los tolkienianos más puristas. ¿Es El Hobbit: un viaje inesperado una buena o una mala adaptación de la novela? Cabría pensar que el gigantismo al que se ha sometido la historia ha acabado pervirtiéndola. Nada más lejos de la realidad. Se puede dilatar una historia sin llegar a deformarla. Jackson se revela como un maestro que moderniza y amplia la narración respetando la fuente. ¿El secreto? Su amor por la obra literaria. Él es el primer crítico de su propia cinta, y eso se refleja en cómo ha mimado cada escena, en los detalles, en los diálogos, en la atmósfera, en el ritmo. La novela sufre ciertos cambios al volcarse en la pantalla grande, eso es evidente, pero nada que trascienda de los necesarios ajustes al mudar la ficción de un medio narrativo a otro.
Se compara la cinta de El Hobbit con la trilogía cinematográfica de El Seños de los Anillos, su predecesora, lo cual constituye un error de base. El Señor de los Anillos narra una epopeya grandiosa, mientras que El Hobbit se reduce a un cuento de hadas para niños. La propia historia de El Hobbit limita su grandeza; no se le puede exigir más a una ficción tan ligera. En mi opinión, Jackson ha elevado épicamente la novela al máximo grado posible, no es viable hacer más grandes unos sucesos tan modestos como los referidos en El Hobbit. Cabe mencionar el esfuerzo invertido por los responsables en aproximar el tono de la nueva trilogía al de la original, respetando al mismo tiempo, no lo olvidemos, la esencia liviana del libro. El resultado es inmejorable, un equilibrio perfecto entre épica y fidelidad.
Los enanosNo todo en la película son virtudes, claro. Aparte de las escenas sobrantes, hay detalles que no me acaban de convencer, y en ocasiones hemos de suspender la incredulidad más de la cuenta para aceptar las paridas escénicas de Jackson. Pero, por lo general, El Hobbit: un viaje inesperado constituye una muy digna precuela de la magnífica trilogía de El Señor de los Anillos, que sin estar a su altura (por cuestiones narrativas, como ya se ha señalado), me atrevería a decir que supera las expectativas puestas en el filme. La banda sonora de Howard Shore ayuda a alcanzar tales cotas, y otro acierto es el de la selección de actores (Martin Freeman es mucho mejor hobbit de lo que nunca fue Elijah Wood).
Diremos namárië hasta el año que viene a enanos, mago y hobbit con la tranquilidad de que Jackson no ha perdido su toque y de que la Tierra Media aún tiene muy buenas historias que contarnos, y bien contadas.
 

30 nov 2012

El círculo de Krisky, de Miguel Puente Molins

El círculo de KriskyDesde aquí me hago eco del panegírico de Jorge Luis Borges a favor de la economía en literatura. No quiero decir con esto que los textos deban erigirse en telegramas, sino que toda palabra superflua debe ser eliminada. Borges desarrollaba una idea en un puñado de párrafos y eso era todo. A veces coexistían varias ideas portentosas incluso en una misma frase. Un escritor de menos recorrido hubiera construido una novela de quinientas páginas con cada una de esas ideas, rellenándolas de florituras accesorias que no vendrían al caso. Añadir agua al vino, que diría un crápula.

Por supuesto, la literatura no consiste solo en ideas. Hay literatura de personajes, de ambientes y descripciones, de ritmos pausados, necesariamente minuciosa. Hay tramas complejas y novelas corales. Y hay novelas que piden quinientas páginas. Si las piden, adelante, no hay problema. Un libro de dos mil páginas puede ser muy bueno si no le sobra ninguna, pongamos por caso la Genji Monogatari; pero hay demasiados autores que estiran de un hilo muy pequeño solo por darle al manuscrito un formato publicable. No soy amigo de etiquetas tipo novela, novela corta, cuento o microrrelato: cada historia pide el espacio que pide y no hay más. Sin embargo, a veces las etiquetas sirven para poner orden, y a mí me vienen bien para confesar mi amor incondicional por el relato corto. Por todo lo anteriormente comentado, porque al cuento pocas veces le sobra algo. Porque es un bocadito literario, como la poesía, solo que con una narrativa que en ocasiones nos sorprende y nos conmueve. Una bofetada literaria, en el buen sentido.

El Círculo de Krisky, ópera prima de Miguel Puente Molins, es una colección de estas fantásticas piezas minimalistas. Me hice con este librito por su condición de antología, sin saber que Miguel era uno de los fundadores de Saco de Huesos, editorial a la que tengo un cariño especial. Desde que leí la solapa del libro y me alcanzó el dato, no pude ser objetivo al leerlo.

Sí puedo serlo ahora, al recordar los cuentos. En El Círculo de Krisky hay de todo, desde pequeñas obras maestras hasta relatos más normalitos, pero todos ellos dejan un buen sabor de boca. Están bien escritos (si hacemos la vista gorda a un par de justificables erratas), mejor documentados y, sobre todo, cumplen con creces su función: sustraerte durante un buen rato de esa realidad asfixiante cuyas barreras solo pueden ser abatidas con el poder escapista de la literatura.

La antología arranca con “Los siete cuervos”, una historia deliciosa correctamente ubicada al principio del libro. Miguel Puente parece decirnos con este relato: este soy yo, así es como escribo y he aquí la imaginería que soy capaz de perpetrar. Literatura de ideas, moderación narrativa: todo el cuento está plagado de parcas imágenes fantásticas que otros autores con menor tonelaje creativo no hubieran dudado en dilatar, pero que aquí solo se esbozan, como atrezo de un teatro mucho mayor. Todo el cuento, además, está impregnado de una ambientación feérica que no desmerece de las grandes mitologías modernas (verbigracia, El Silmarillion). Una carta de presentación estupenda, aunque el resto de los cuentos se alejen un poco en cuanto a atmósfera de este que abre la selección.

Después viene el remanente de cuentos. Los que más me han gustado han sido “Una duda razonable” y “Psicosomático”. El género fosco se desarrolla con maestría, acierto y economía de medios a través de las contadas páginas de la obra de Puente, y aunque los relatos oscilan entre el terror y el humor, la ternura y el desastre, es común en todos ellos un trasfondo mitológico, patrio en abundantes ocasiones.

Y por último arribamos a “El Círculo de Krisky”, el relato que da título al conjunto y que se encarga de cerrar la antología. Para mí estamos sin duda ante el mejor cuento del libro, y probablemente también debe de parecérselo al autor cuando lo ha situado estratégicamente al final, para dejar un buen regusto. También la ilustración de portada (magnífica) hace referencia a esta última historia en la que Puente echa los restos. Se trata de una de las narraciones más originales que he leído en mucho tiempo, y uno que es ya perro viejo, y que como lector siente indiferencia ante el género de terror por inocuo y fallido en sus propósitos, ha de admitir aquí que este cuento, cuando menos, le ha causado cierta inquietud. El final no destaca especialmente (le falta un desenlace menos previsible para ser un cuento perfecto), pero el correo electrónico que constituye el armazón del relato sorprende e innova. Realmente dan ganas de transcribir el mensaje y lanzarlo a través de la red para ver cómo reacciona el personal. No digo más.

Miguel Puente, parroquiano gallego del bar del trago rápido y sin concesiones, sin palabras sobrantes ni tercios exclusos, sin disquisiciones cansinas, nos sorprende con un libro que apenas dura una tarde. Queda por ver cómo se desenvuelve en historias con más fondo, aunque, como he venido en defender durante toda la reseña, por lo que a mí respecta agradecería que se quedase en el cuento corto durante una —esta vez sí— muy larga temporada.
 

14 nov 2012

El Teatro de los Prodigios en Internet

Molino Crítico

Poco a poco van apareciendo reseñas y opiniones varias sobre El Teatro de los Prodigios, tanto en el mundillo de la blogsfera como en portales de renombre.
La primera reseña de hoy corresponde a The Church of Horrors, un portal cultural de excelente factura que he tenido la ocasión de descubrir a raíz del interés de sus responsables en comentar la obra:
http://thechurchofhorrors.com/el-teatro-de-los-prodigios-ramon-merino-collado

El escritor Manuel Amaro Parrado, en su blog literario Fobos, ha tenido a bien realizar una breve reseña de El Teatro de los Prodigios. Amaro Parrado es el autor de la recomendable antología Fobos y de la novela León Gónzález, Santo. El latido de Olimpia, su tercera obra, está a punto de ver la luz.
http://manuelamaroparrado.blogspot.com.es/2012/08/el-teatro-de-los-prodigios.html

El imprescindible sitio de género El rincón de Koreander ha publicado un reportaje completo de El Teatro de los Prodigios. Incluye datos sobre la obra y una interesante entrevista al autor:
http://elrincondekoreander.wordpress.com/2012/11/08/dossier-el-teatro-de-los-prodigios-de-ramon-merino-collado

Juan José Aroz, responsable de la estupenda editorial Espiral Ciencia Ficción, ha colgado una minicrítica en diversos medios:
http://es.groups.yahoo.com/group/terbi/message/254

Me consta que hay unas cuantas reseñas extensas en camino, que iré enlazando conforme se vayan colgando en la red. Además, muy pronto aparecerá una nueva entrevista en un conocido portal literario.
Gracias a todos los que me reseñan sin que medie intervención mía o de la editorial en estos bonitos gestos.

1 nov 2012

El baile de los secretos, de Jesús Cañadas

Hay novelas que te dejan hambriento de información, que te impulsan a buscar más datos sobre ellas en Internet, en cuanto giramos la última página. Eso, ya de por sí, es muy buena seña: para bien o para mal denota que la novela te ha marcado. Es lo que me ocurrió al acabar El baile de los secretos (Grupo Ajec, 2011), de Jesús Cañadas. Por desgracia, el blog del autor ha desaparecido y en su lugar se ofrece una web insuficiente, elegante pero parca en contenidos. Sin embargo en la red abunda información sobre la novela, dispersa y amateur pero copiosa, sobrada para aplacarnos el hambre. Internet arroja unos resultados asombrosos: más de cuarenta reseñas, lo cual es un verdadero logro para una pequeña edición. Y aunque bien es cierto que muchas de ellas responden a envíos de ejemplares de prensa por parte de la editorial o del propio autor, no es menos cierto que la mayoría son reseñas positivas.
 
Esta reseña también es positiva y no responde a ninguna estrategia promocional. Descubrí el libro a través de la web de Grupo Ajec, la sinopsis atrajo mi atención y lo añadí a un pedido que ya tenía a punto de caramelo. Un tiempo después le encontré un hueco en mi agenda lectora y, cuando una semana más tarde consumí el último renglón, sentí la urgente necesidad de escribir estas palabras. Quizá después de cuarenta reseñas la mía se haga del todo superflua, pero ya os digo que fue necesidad, y eso también es buena señal.

Comencemos por lo malo. Cuando empecé a leerlo, El baile de los secretos me tenía desconcertado. Por un lado estaba flipando con la pulcra, cuidada prosa del autor; por otro me costaba horrores pillarle el ritmo. Y es que, por lo que he podido leer en otros lares, casi todos coincidimos en que el mayor hándicap del libro es su densidad literaria, la cual, unida a la cantidad de información que el autor despliega de una vez al principio de la novela, nos impide abordar la lectura con un mínimo de fluidez. Y aquí acaban los peros. Porque lo que es su mayor pega es al mismo tiempo su mayor virtud: una vez cogido el ritmo y comprendido que esta novela debe afrontarse con una paciencia relajada, solo nos resta abandonarnos al pausado placer de una lectura onírica, riquísima en hallazgos estilísticos e imágenes poderosas. Se nota que es una primera novela en el buen sentido: Jesús Cañadas echa los restos para demostrarnos que escribe bien, y lo consigue, e intenta colarnos en trescientas páginas todo su bagaje cultural, que no es poco, y exponernos hasta la menor pincelada de su vasta imaginería, que tampoco es una bagatela.

Pero El baile de los secretos no solo está bien escrita: desarrolla asimismo planteamientos muy originales. Además de constituir una suerte de partida de rol novelada, intercalada con el mundo realista en que residen los jugadores como la estrofa y antistrofa de un poema griego, toda la historia es una grandilocuente alegoría del amor. O más que del amor, del desamor. Cada abstracción que identificamos con el más romántico de los sentimientos cobra aquí una naturaleza física, literal. Nos toparemos con los Celos, y con el pérfido Rencor, y con el desolador Abandono, y también con enamorados portadores de la plaga del amor, que devoran corazones para saciar su insaciable apetito. Y más corazones, muchos corazones por todos lados, palpitantes, sangrantes, grotescos. El amor (desamor) se presenta aquí como un horror, el baile de los secretos es un baile gore, visceral en el sentido más literal de la palabra. Porque el amor tiene una cara negra y ponzoñosa que pocas veces asoma en la literatura, y nunca tan gráfica y plásticamente como en El baile de los secretos.

La novela funciona con precisión: despliega los personajes, destapa sus secretos y cierra el círculo cubriendo con una pátina de esperanza lo que durante toda la historia ha sido negro como los hilos de Melquíades. Pero bajo esta mecánica minuciosa subyace todo un mundo de secretos secundarios, secretos que resultan prescindibles para entender la trama principal (por lo que el autor los oculta sutiles entre las páginas), pero que enriquecen en gran medida la lectura. Hay referencias a Oscar Wilde, Chris Claremont, Dan Simmons, J.L. Borges, H.P. Lovecraft, Cortázar, Shakespeare y un largo etcétera. Hay alusiones a los libro-juegos de Altea y en general al mundillo del rol. Muchos personajes no son lo que parecen o representan algo más, y hasta la ciudad esconde su propio secreto, que es el que personalmente más me gustó descubrir a mitad de la novela (cuando caes en la cuenta, los colores le brotan de pronto a cada lugar visitado en Mandressla).

Voy a seguirle la pista a este autor gaditano que recientemente ha sido finalista del Premio Ateneo de Sevilla, uno de los más prestigiosos de la península. Estoy convencido de que al sentirse libre de la imperiosa necesidad de probar su valía, más que demostrada con su ópera prima, su canto del cisne será menos denso, más relajado y acabado que El baile de los secretos. Entonces será cuando empecemos a flipar de verdad con Jesús Cañadas, prometedora figura del fantástico patrio. Tiempo al tiempo.
 

22 sept 2012

Literatura sin etiquetas

Durante la presentación de El Teatro de los Prodigios se efectuó una lectura que podría resultar de interés a los visitantes de Molinos Cibernéticos. Aunque el texto alude a la obra presentada y se enmarca en el acto en cuestión, el tema tratado es lo bastante general como para seducir a todos los amantes de la literatura fantástica. Constituye una oda al género y una crítica contra el corsé literario, y creo que merece la pena colgarlo por aquí.
 
A continuación, el texto íntegro. Espero que sea de vuestro agrado.


EL TEATRO DE LOS PRODIGIOS: LITERATURA SIN ETIQUETAS

  De niño guardaba ilusiones, misterios y mundos completos en las estanterías. Allí estaban, como una colección de sueños, esos pequeños objetos maravillosos: los libros.

Literatura fantástica  Abría uno de ellos y la magia de las palabras se desplegaba ante mí, arrastrándome a través del tiempo y el espacio y permitiéndome compartir las aventuras de caballeros y piratas, exploradores y princesas. Y cuando cerraba el libro, arrebujado entre las sábanas, y apagaba las luces porque al día siguiente me aguardaban las obligaciones escolares, aún flotaban ante mí aquellos personajes, gritándome arengas, llevándome con ellos en sus múltiples andanzas. Y a veces, un niño vestido de verde tocaba en mi ventana para venirme a anunciar que había perdido su sombra.

  Con el tiempo, por desgracia, las magias de la infancia se van evaporando ante nuevas inquietudes, los asuntos de la madurez. La maravilla ante lo desconocido pierde fuelle porque lo desconocido deja de serlo. Se abre el telón y se nos muestra el mundo desnudo, tal y como es, con todas sus barreras y sus asfixias, con sus blancos y negros. Al hacernos mayores claudicamos ante la realidad, en la vida del adulto no queda tiempo para soñar. ¿Somos libres los adultos?

  Dicen que el libre albedrío existe. Que el determinismo solo es una invención de los físicos mecanicistas, una abstracción. Que si yo, por ejemplo, muevo ahora mismo esta mano, es porque quiero hacerlo. Somos libres, eso dicen. Pero también un pájaro enjaulado puede batir  las alas. Un animal en cautividad jamás echará de menos el opulento mundo que se extiende tras su prisión precisamente porque no lo conoce. Al serle ajeno, se imagina libre en su pequeño espacio, aunque el instinto le revele tenuemente la aciaga verdad a través de una misteriosa melancolía.

  A nosotros, los seres humanos, nos gobierna el mismo espejismo. El momento y lugar de nuestro nacimiento condicionan cómo será nuestra vida. La cultura, el derecho, el mundo sociopolítico, desde cierto punto de vista restringen nuestras libertades. Y si me apuráis aún podemos ascender un peldaño más: las leyes físicas de nuestro universo, las limitaciones de la realidad en que nos desenvolvemos, constituyen los auténticos barrotes de nuestra jaula. Seríamos verdaderamente libres si pudiéramos coleccionar llamas de fuego, caminar sobre las aguas, resucitar a nuestros muertos, besar impunemente al amor no correspondido. Seríamos de verdad libres si pudiéramos volar.

  Supongo que todos conocéis el mito de Dédalo e Ícaro, dos mortales que tuvieron la osadía de construirse unas alas de cera para escapar de un laberinto y alcanzar la libertad. Pero Ícaro se aproximó demasiado al sol, la cera se derritió y fue enviado de nuevo al abismo. El laberinto, el sol, representan la realidad. Una realidad que, como la jaula de un ave, como en el cuento de Ícaro, se encuentra tanto arriba como abajo, nos rodea por doquier, de una suerte claustrofóbica.

  Sin embargo, no todo es negro en esta idea. Porque, afortunadamente, y a diferencia de los animales, gozamos de una forma de escapar de nuestro destino de jaula. Os hablo, amigas y amigos míos, del poder de la imaginación. Y una de las mayores manifestaciones de este poder, acaso la más inmortal, sea la literatura.

  La literatura es un portal directo a la libertad. Cuando abrimos un libro, conjuramos ese portal. Cuando comenzamos a leerlo, franqueamos esa cancela e ingresamos en un mundo en el que todo es posible.

  El librito que hoy os presento no es más que eso: un canto a los sueños. Sería pretencioso por mi parte declarar que con este libro os devuelvo la libertad, pero no soy yo quien lo hace, sino vosotros mismos a través de la propia literatura. Porque la literatura, ante todo, siempre ha sido eso: un navío de palabras surcando los mares de la imaginería.

Dédalo e Ícaro  ¿Qué encontraremos aquí, dentro de estas páginas? Un homenaje al prodigio. Una colección de cuentos para adultos que, sin embargo, también puede ser leída por jóvenes. Cuentos ambientados en escenarios realistas en que el absurdo, a la manera cortazariana, penetra como una sutil pincelada, o como un explosivo huevo de Dalí. Podríamos por tanto anunciar estos cuentos como fantásticos. Pero ese afán de etiquetarlo todo, de clasificar las cosas en categorías, es lo que lleva a muchos de nosotros a confundir literatura fantástica con literatura juvenil, o a vincular erróneamente el género con dragones y naves espaciales. Y olvidamos que la literatura, en esencia, siempre ha sido fantástica. La narrativa es ficción por naturaleza. El realismo radical solo es una moda pasajera, una vanguardia más, mientras que todos los grandes escritores se han valido, se valen y se valdrán del tintero y la pluma para construir sus más descabelladas fantasías, desde Homero hasta Borges, pasando por Milton, Dante, Cervantes, Poe, Stevenson, Kafka, García Márquez y un largo etcétera. Fue uno de ellos, Oscar Wilde, quien dijo que a todo aquel escritor que sea capaz de llamar pala una pala deberían obligarle a usar una, porque es para lo único que sirve.

  Con estas palabras, amigos y amigas, no pretendo delimitar mi libro, sino justo lo contrario: romper los límites, demoler las barreras. Porque la literatura no los admite. Porque, como ya he expresado, reniego de las etiquetas. Pero una cosa está clara: los que busquen moralinas en mis cuentos no las encontrarán. En ellos abundan las reflexiones, son cuentos que espejan el mundo en que vivimos. Como anuncia la contraportada, el componente fantástico se releva como simple excusa para ahondar en la condición humana y presentar situaciones que nos son terriblemente familiares. La fantasía está al servicio de la narración, es un recurso más, un instrumento narrativo para alcanzar un objetivo muy preciso, que es contar una buena historia. Pero no se puede negar lo evidente: quienes se aproximen a estos relatos no hallarán sino una forma inmediata de llenarse el alma de la evasión que nos ofrece la literatura.

  El Teatro de los Prodigios está destinado a todos aquellos a quienes la realidad no nos basta. Porque ya está fabricada, porque nos rodea a todas horas y estamos aburridos de ella. Porque lo que ansiamos de verdad, a través de los libros, es salir de la jaula, sentir la libertad. Los libros son unas alas para volar, unas alas a prueba de laberintos e inmunes al sol.

  Este libro es, por tanto, para todos vosotros. Sé que todos y cada uno lleváis un soñador dentro; cada cual guarda una Atlántida en el corazón, en el centro mismo del alma. No solo de pan vive el hombre: nos alimentamos de sueños, nos nutrimos de ilusiones. Por eso os abro las puertas a este teatro que he construido para vosotros, y espero sinceramente que os guste la función.

  Amigos, amigas, bienvenidos pues a El Teatro de los Prodigios.