19 feb. 2014

De vientos, olas y romances en la red

Portada de Contra el viento del norteContra el viento del norte es una de esas raras novelas que te enganchan desde la primera página, sin posibilidad de evasión. Últimamente encuentro pocas así, lo cual no implica que el resto sean malas obras, sino que, por lo general, tienes que avanzar un poco en la trama para pillarle el truco a la cosa. De las escasas novelas que te atrapan desde los párrafos de inicio, algunas lo consiguen mediante la sutil estrategia del mazazo en la cabeza; otras, como es el caso, se basan menos en palabras afiladas o frases demoledoras que en generar pura adicción. Mucho cuidado con ojear el libro en tu librería: en cuanto lo abras estarás perdido. El opio de sus palabras, de sus personajes e ideas, entrará por tus venas, y no podrás cerrarlo hasta haber devorado la última página.

Su autor, Daniel Glattauer, no brilla por una carrera literaria de éxitos intachables. El resto de sus obras obtienen calificaciones pasables en los distintos rincones de la blogsfera, aunque los reseñadores generalmente se aproximan a la obra del vienés tras haber leído la novela que nos ocupa, quizá buscando más de lo mismo. Un error que sin duda conduce a la decepción: como buen escritor Glattauer se reinventa en cada novela, experimenta, intenta superarse y dar un giro a su prosa y a sus temas. Amén de que esta novela constituye un chute intenso pero instantáneo, una de esas piezas literarias que de prolongarse perderían la magia y cuyo estilo se tornaría empalagoso. ¿Por qué? Porque toda la novela es un intercambio de correos electrónicos entre dos treintañeros, una fórmula eficaz solo en pequeñas distancias.

Porque eso es en definitiva Contra el viento del norte: una moderna novela epistolar de amor. Solo que en lugar de la tradicional carta manuscrita, los protagonistas utilizan el correo electrónico. Toda la novela es un duelo de palabras, un tira y afloja virtual, un lance idealista de correspondencia electrónica. Ya se habían escrito antes cosas así, y hasta hay filmadas varias películas al respecto. Contra el viento del norte no es del todo original, cosa que a nadie creo que le importe mientras el juego de seducción de Emmi y Leo, los protagonistas, resulte tan deliciosamente intenso.

No se puede obviar que estamos ante el típico best seller. Bien es cierto que no ha existido un gran aparato promocional detrás, sino que su popularidad se ha basado en el boca-oreja, al menos al principio; pero una vez alcanzado el éxito, el libro cobra todas las características del superventas, y no cabe duda de que se puede leer de un tirón en un par de viajes en metro. La prosa del autor es sencilla y sin alardes literarios, y la trama, ya se ha dicho, resulta un tanto anodina. Y sin embargo, la novela tiene algo que la hace especial, que la vuelve adictiva y que cala muy dentro: la potencia de los personajes, la credibilidad de lo que se cuenta y la frescura con la que se cuenta. Los personajes resultan empáticos debido a su pasión visceral e imperfecciones. El formato de narración hace galopar a la lectura; el cóctel de emociones, esgrimidas con tan buen acierto, nos hace partícipes absolutos del romance. La distancia que media entre la forma y lo narrado se vuelve aquí muy sutil: la sensación de fisgonear algo tan privado como un e-mail es pareja a la de estar espiando con morbo una ventana directa al corazón.

Portada de Cada siete olasContra el viento del norte tiene una continuación titulada Cada siete olas. En realidad, todo hay que decirlo, el autor hace trampas, ya que la historia no se completa hasta haber leído los dos tomos. En otras palabras: ha dividido su libro en dos. Sin embargo, paradójicamente la primera novela funciona también como obra independiente gracias a su final abierto pero correctamente rematado. La historia no se cierra, continúa en la segunda parte, pero de algún modo sí lo hacen las ideas que se plasman. El tema que persiste a través de la novela es el de la idealización de la persona a través de un medio carente de materialidad. Los personajes tienen miedo de perder ese ideal merced a un encuentro físico que desnudaría sus pequeños defectos y echaría a perder la magia; por eso lo postergan una y otra vez para conservar intacta la mitificación. En este sentido, la segunda novela rompe los cimientos de la primera y explora caminos distintos ya desde el principio. De este modo, aunque ambos libros conforman una sola historia, cada uno de ellos nos habla de algo diferente, por lo que el conjunto no se resiente a pesar de su monotonía estilística. Y cabe mencionar que Cada siete olas mantiene el ritmo, la tensión y la calidad de la primera al tiempo que compensa la falta de sorpresa inicial con una exploración drástica de los límites de lo narrado (hasta el punto de caer, a veces, en la hipérbole y la autoparodia).

En conclusión, si deseas espiar un romance fresco y atípico, si quieres acechar secretamente a una pareja en sus cabriolas postales del amor, hazte con estas dos novelitas que son pura droga. Porque así es como se siente uno cuando lee Contra el viento del norte y su continuación: como un auténtico voyeur literario y un yonqui de las palabras.