25 ene. 2013

The show must go on

El Teatro de los Prodigios en Internet (II)

 
Damas y caballeros, niños y ancianos, el Teatro de los Prodigios sigue de gira por los más excelsos escenarios y carpas de la red de redes, asombrando a propios y extraños, llevando el sentido de la maravilla allá donde no llega ni la luz (¿será cosa de Endesa?). Y aquí, en Molinos Cibernéticos, seguimos compilando reseñas, entrevistas y reportajes relacionados con tan magno espectáculo. Los molinos están contentos, sus articulaciones mecánicas chirrían y sus venas eléctricas chisporrotean de placer al comprobar las excelentes críticas que el Teatro está cosechando entre sus espectadores. Pasémosle la lupa a algunas de ellas: 

En The Church of Horrors, portal de excelente factura, han publicado una entrevista del maestro de ceremonias y autor del Teatro de los Prodigios, Ramón Merino Collado (en realidad es algo antigua, pero la han colgado ahora):


En el imprescindible Rescepto Indablog, referente indiscutible de la literatura de género, el incombustible Sergio Mars, célebre por su honradez y ecuanimidad como reseñador así como por su excelente capacidad de análisis, ha publicado una genial y razonada reseña del Teatro:


También podemos acceder a otra reseña En Masqueteclas, el blog de José Manuel Ramírez, informático, fotógrafo y devoralibros ocasional. Masqueteclas, entre otras cosas, es un blog con unos contenidos informáticos estupendos; A J.M. se le advierte su vena docente cuando asombrosamente convierte en fácil lo difícil.


La Torre de Babel, uno de los blogs más interesantes de la blogsfera (reseñas razonadas de literatura fantástica, no exentas de un componente visceral que les da un sabor único), ha publicado una entrevista muy amena de Ramón Merino Collado, el responsable máximo de nuestro Teatro de los Prodigios:


También en la Torre de Babel, sitio mágico que os sigo recomendando, podemos acceder a una reseña muy literaria de nuestros nueve actos teatrales:


El Camaleón Azul es otro blog de lectores altamente recomendable en el que se aborda la literatura con mucha pasión y respeto por los libros. Allí también han colgado una reseña favorable del Teatro de Prodigios:


Para terminar, recordamos algunos de los primeros reportajes, reseñas y entrevistas de nuestro espectáculo teatral en este enlace:


Gracias a todos, como siempre, por llenar el Teatro y aplaudir con tanto ahínco a los actores de esta mágica función.

16 ene. 2013

El latido de Olimpia

El latido de OlimpiaA pesar del mercado literario de arenas movedizas en el que nos hallamos hundidos hasta el cuello una crisis originada en gran medida por la propia crisis económica y el auge del libro digital, se puede afirmar que la literatura de fantasía épica goza de una salud aceptable, casi un modesto nuevo esplendor. Tanto las películas basadas en la producción de Tolkien como la serie de la HBO Juego de Tronos han propiciado de un tiempo a esta parte un renacer del género, una revitalización con dos caras opuestas: por un lado, se agradece el empujón que las pantallas grande y pequeña les infunden a las ventas de la épica literaria; por el otro, es una pena que el florecimiento sea tan unidireccional. Como ya se advirtió antes en estos páramos cibernéticos, pululan novelitas por doquier que emulan a J.R.R. Tolkien o a George R. Martin, algunas sutilmente y otras con descaro y sin ningún rubor. Lo de "novelitas" no es literal. Generalmente constituyen desde densas trilogías hasta voluminosas sagas porque así lo dicta el canon establecido por estos dioses del género. Autores y editores no carecen del don de la oportunidad. Ante semejante panorama, supone todo un acto de valentía el riesgo que algunos autores asumen para presentar un producto diferente. Manuel Amaro Parrado (*), con El latido de Olimpia (Ediciones Canallas, 2012), trata de apuntarse un tanto en este sentido.
En entrevistas, Amaro Parrado declara que con esta novela ha intentado por todos los medios que su historia no se parezca a nada, pero lo afirma con cierta cautela, sabedor de que en literatura ya está todo escrito. Pero ¿es verdad que lo está o se trata solo de otro cliché literario? Por mi parte dudo que alguien haya mezclado en una misma obra elementos tan dispares y exóticos como los que el autor esgrime en esta novela. Puede que aislados no sean demasiado innovadores, pero la combinación de todos ellos resulta brutal. Yo sí puedo arriesgar aquí, con ciertas garantías, la aserción de que El latido de Olimpia puede presumir de ser original. Además, la valentía del autor es doble al apostar por una historia épica autoconclusiva, que ocupa un único volumen. El latido de Olimpia es por tanto una novela a contracorriente, libre de modas y corsés, y eso para empezar la honra.
El punto de partida de la novela es un relato corto de la antología Fobos (**) titulado “El observador”, un cuento que funciona a la perfección por sí solo pero que al mismo tiempo se erige en manantial de ideas narrativas. El autor ha estirado convenientemente de este hilo que él mismo urdió en su día para dar forma a todo un universo fantástico. Los acontecimientos narrados en “El observador” desencadenan los propios de la novela. El despertar de una soñadora que puede abrir los portales entre mundos ocasiona que varias facciones de Olimpia se lancen a buscarla a toda costa, pisoteando el viejo pacto de paz que había durado más de mil años. La novela comienza presentando a los personajes y posicionando las piezas en el tablero de juego. Pero la historia da muchas vueltas, y lo que al principio parece una partida maniquea a la postre no lo es tanto: las blancas se vuelven negras, las negras blancas, los peones reinas y las reinas peones. Los personajes están dibujados por capas; conforme la trama avanza se revela un nuevo secreto, una nueva cara, un matiz distinto, y cuando parece que el autor ya ha exprimido al máximo un personaje vuelve a darle otra vuelta de tuerca, destapa otro secreto, desvela una nueva cara, otro matiz, una dimensión más. La riqueza narrativa es innegable; la imaginación del autor, densa sin llegar al empacho: nos la va presentando con cuentagotas. Son cuatrocientas páginas de novela, pero no le sobra ni una. En todos los capítulos hay una idea nueva, recurso o sorpresa. Los capítulos son nucleares, funcionan como relatos cortos por lo que en ningún momento se resiente la trama. Es imposible aburrirte con un libro tan apabullante y rico en asombros como El latido de Olimpia.
En la primera mitad del libro la historia se teje en torno a tres hilos narrativos paralelos: las aventuras de la soñadora a través de los mundos, las intrigas palaciegas del gigante Baugir y la búsqueda del capitán Zaebos, Num y compañía en la Ciudad de los Sueños (y más allá). Después, los hilos se entremezclan, convergen, vuelven a dividirse en otros tantos. Confieso que las partes con que más disfruté son las que protagoniza Baugir, quien me recordó de algún modo al mejor Tyrion de Choque de Reyes (cuando aún era la Mano del Rey), aunque físicamente sea su antítesis. Los tejemanejes de la corte están muy logrados, y algunos diálogos inducen la carcajada. Otro de los aciertos de la novela es integrar la mitología pagana en el escenario de Olimpia. El autor logra fusionar mitos muy dispares y darles coherencia, entre ellos y con los tiempos modernos, justificando la ausencia de las divinidades hoy día con una explicación muy particular.
No es un libro que se prodigue en descripciones y recursos estilísticos, eso hay que advertirlo. No constituye un dechado de virtudes literarias (sin estar en absoluto carente de ellas), su punto fuerte no va en esa dirección. Su estilo es sencillo, directo y visceral, pero es que precisamente ahí radica su fuerza. Convertir la narración en una engorrosa guía de viajes o una retahíla de figuras alambicadas hubiera mermado ritmo a la novela y duplicado tranquilamente sus más de cuatrocientas páginas. Ojo, soy un ferviente defensor de las formas literarias, pero creo que en este caso Manuel Amaro ha optado por el estilo que mejor vestía su novela, aquel que le encaja como un guante. Gracias al ropaje escogido por el autor, la historia nos absorbe por completo y nos bebemos el libro en apenas unos días. Captar la atención del lector de la manera en que lo hace El latido de Olimpia es muy difícil de conseguir, y Manuel Amaro Parrado lo logra con creces.
Si buscas un libro divertido, diferente, rebosante de imaginación y fácil de digerir, no lo dudes, prueba a degustar El latido de Olimpia. No te defraudará.

* Manuel Amaro Parrado ha sido galardonado con diversos premios literarios y es autor de la antología de relatos Fobos (Mandrágora, 2009) y de la novela León González, Santo (Ediciones Canallas, 2010).
** Fobos, la antología de relatos publicada por Mandrágora en 2009, es una opción recomendable para iniciarse en la prosa de Manuel Amaro Parrado. Constituye un buen compendio de la riqueza de temas que el autor es capaz de abordar.

5 ene. 2013

El libro sin papel


Olor a librosUna nueva generación de tópicos de última cuña ha irrumpido en nuestros días. Como el de que "vivimos por encima de nuestras posibilidades", o eso de que "yo nunca veo la televisión". A estos tópicos modernos se les suma el defender el libro tradicional frente al electrónico argumentando que nos gusta el olor de los libros. Un tópico idiota, dirán algunos, hasta el punto de que alguien ya ha hecho campaña jocosa y mordaz del asunto. Pero no puede ser tan bobo lo que realmente ocurre. Me sucede a mí, sin ir más lejos. Casi me da vergüenza admitirlo, pero sí, me gusta el olor de los libros, me embriaga esa aromática mixtura de papel, tinta y pegamento, me encanta sentir su volumen en las manos y cómo quedan en los anaqueles de mi biblioteca.
La cuestión es que el olor del papel es solo la raíz de un enorme ritual que el lector de toda la vida despliega cuando lee un libro, lo compra o simplemente lo hojea. Nos deleitamos con el virar de las páginas, disfrutamos ubicando los tomos en su nidito de la estantería. Nos gustan los libros como objeto, no lo podemos evitar. Para nosotros el continente cobra casi tanta importancia como el contenido. Hay libros preciosos, editoriales que cuidan sus ediciones y miman la presentación, mientras que otros libros parecen maquetados con el culo, con independencia de la belleza poética que alojen. Admito que soy más bibliómano que bibliófilo, pero casi todos los bibliófilos lo somos.
Dicho todo esto, no me queda sino romper unas cuantas lanzas a favor del libro electrónico. Cabe decir que ya las rompía antes de probarlo; me obligaban mi educación informática y mi vena de ecologista coñazo. Y es que en el libro electrónico, visto de lejos, todo son ventajas: es resistente, no se deteriora con el tiempo, no ocupa lugar, puede adaptarse a las necesidades del lector, respeta el medioambiente… Contra tales argumentos no hay réplica, muy poco puede esgrimirse a favor del libro tradicional… salvo que nos gusta el olor y el tacto del papel, y que no solo nos trae sin cuidado que el libro ocupe un espacio o envejezca, sino que además nos agrada. Por todo eso, aunque promocionaba las bondades del libro electrónico, secretamente lo aborrecía. No podía con la maquinita de marras, era adecuada para los demás pero no para mí. Aquel infierno tecnológico "vivía por encima de mis posibilidades" como lector. Las supuestas ventajas del libro electrónico tornaban inconvenientes en mi caso.
Libros vs libros electrónicosPero un día las circunstancias me obligaron a probarlo. Ocurrió este verano, cuando un viaje programado a México me pilló a mitad de la lectura de Tormenta de Espadas. Vale que podría haberme llevado cualquier otra novela, pero la historia estaba en un punto interesante y no quería dejármela a medias, y tampoco podía cargar con el tocho durante todo el viaje (los mochileros sabéis que cada gramo cuenta). Al final alguien me ofreció la solución: llevarme su Kindle a territorio azteca. Y todo cambió después de aquella experiencia. Si las virtudes del libro electrónico no me quedaban claras, con los defectos ocurrió justo al contrario: pronto dejaron de serlo o se convirtieron directamente en ventajas. La sensación de leer un libro electrónico, por ejemplo, es prácticamente idéntica a la de leer un libro en papel (*), y la pantalla no solo no cansa la vista sino que la cuida más (entre otras cosas, porque escogemos el tamaño de la fuente). Además, a todas esas cualidades que se ven de lejos se incorporan unas cuantas más que solo se aprecian de cerca: la posibilidad de anotar sin enlodar el libro, el cómodo diccionario (con situar el cursor sobre la palabra ya aparece la definición), el motor de búsqueda (que viene genial en libros corales con múltiples nombres propios, para localizar acciones de personajes que deseamos rememorar), la comodidad de manejo (ya no tendremos que usar ambas manos), los puntos de lectura digitales (se acabó el dejar el libro abierto bocabajo o con el mando a distancia dentro cuando no encontramos el marcapágina) y un largo etcétera.
En definitiva, y para sintetizar lo expuesto: que yo también era de los que reniegan del libro electrónico, pero después de probarlo cambié radicalmente de opinión. En serio os lo digo, antes de manteneros en vuestros trece pedid prestado un Kindle, Papyre o análogo y juzgad con todos los datos sobre el tapete. No basta con manipularlo un rato: para estar en condiciones de opinar tendréis que leer un libro entero (también hay que hacerse al cacharro). Quizá algunos os reafirméis en la opinión de que las nuevas tecnologías no son para vosotros. Pero muchos otros, la mayoría, os haréis conversos radicales del libro electrónico. Si le dais una oportunidad, os ganará para siempre.
Para terminar, me gustaría dejar claro que esto no son unas elecciones políticas ni un partido del Madrid contra el Barça. Yo ahora leo en mi Kindle y también novelas tradicionales; y sigo coleccionando libros impresos porque, en el fondo, soy un bibliómano incurable. El libro tradicional no va a desaparecer (aunque se reducirá bastante por una cuestión de puro pragmatismo), ambos formatos convivirán sin mayores problemas. Pero no podemos dejar de lado lo digital, que tan buenas prestaciones nos ofrece a los lectores de toda la vida. Al fin y al cabo, lo que importa no es la forma sino el fondo: el continuar siendo lectores, y como buenos lectores que somos, seguir "sin encender nunca la televisión".
¡Molinos Cibernéticos os desea feliz año nuevo a todos! 

* Mucho ojo con esto, potenciales consumidores del libro digital: un verdadero e-reader no dispone de una pantalla retroiluminada, como la de las de los ordenadores y tabletas, sino que su tecnología se basa en la tinta electrónica, por lo que ni daña la vista ni la sensación visual difiere de la de una simple hoja de papel. Muchas empresas dan gato por liebre y venden como e-readers dispositivos que no lo son, cebándose aún más durante estas fechas navideñas.