27 jul. 2012

"Dama deshaciéndose en cenizas", culpable: RYOHEI HASE

"Can not prevent it, but there is no need to prevent it",
verdadero título de la obra

Muchos de vosotros me habéis celebrado la portada de El Teatro de los Prodigios. Sin duda ha cosechado un éxito arrollador; a mí también me asaltó el asombro cuando recibí la ilustración por correo electrónico y le clavé la vista por primera vez, y recuerdo que no tardé en ponerme en contacto con mi editor para descubrir quién ostentaba la autoría de tan fantástica estampa.
La ilustración, me contó Raúl, no había sido creada por los artistas en nómina de la editorial, como yo pensé en un principio, sino que correspondía a un dibujante freelance que ofrecía sus inquietantes visiones oníricas y surrealistas a toda suerte de grandes empresas, desde editoriales hasta discográficas, pasando por firmas de videojuegos y hasta estudios de cine.
Se trata de un joven ilustrador japonés de 25 años que responde al nombre de Ryohei Hase.
No voy a extenderme aquí en su trayectoria artística, su biografía o sus logros; las webs que a continuación expongo ya lo hacen por mí. Y, lo que es más importante, exhiben hermosas galerías del trabajo de este misterioso artista, colecciones de turbadoras escenas que proceden de los rincones más oscuros de nuestra mente. Yo incluyo algunos ejemplos al final de esta entrada, pero en las siguientes webs encontraréis muchos más.
¡Que las disfrutéis!

http://www.taringa.net/posts/arte/13045141/Surrealismo-de-Ryohei-Hase.html

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8 jul. 2012

¡Por Adraga!

La ley de Sturgeon (aforismo que afirma que el 90% de todo lo editado es basura, sean libros, películas, discos o periódicos) nunca ha sido tan acusada como el caso de las "dragonadas": sagas de corte épico ahítas de órdenes caballerescas, mazmorras y magos, razas antropomórficas y oscuros señores del mal. Una parte importante de lo que publica Timun Mas ha hecho mucho daño a la nombradía del género popularmente conocido como "espada y brujería" o "fantasía heroica". El Señor de los Anillos primero, Canción de Hielo y Fuego después, ambos sirvieron de acicate para que proliferasen toda suerte de clones innombrables de gastado argumento. Las editoriales especializadas en rol aprovecharon la tirada de sus juegos para publicar novelitas basadas en ellos, libritos de dudosa calidad literaria. Por supuesto, entre tanta basurilla fantástica podemos hallar cosas muy buenas, empezando por la magna obra de Tolkien o la inconmensurable producción de Martin y terminando por gente como Moorcock o Pratchett. Reconozco que el primer libro de las Crónicas de la Dragonlance me entretuvo (no así todos los demás) y que también disfruté con el primero de Geralt de Rivia, que tenía bastante de original pero que, por mucho que lo publiciten de otro modo, a partir del tercero, cuando la saga se vuelve seria, es más de lo mismo, más dragonada que añadir a la montaña.

Aquí, por estos lares, no nos quedamos atrás: en castellano también han abundado copias tolkienianas mediocres que han pasado sin pena ni gloria por las estanterías, reales o virtuales. Grupo Ajec, en su colección Excalibur Fantástica, se esfuerza por superar las modas y publicar obras que trasciendan del clon de buena proyección comercial y fácil olvido. Me consta que muchas de ellas lo consiguen, y en concreto hay una que me ha sorprendido gratamente: Adraga, de Juan Ángel Laguna Edroso.

No me extenderé demasiado en el argumento: Adraga cuenta la historia de un grupo de cruzados en un Medievo ucrónico, en el cual el fin del mundo anunciado por agoreros y oscurantistas ha ocurrido parcialmente. Los demonios campan a sus anchas por una tierra de cataclismos anegada de sangre, y los supervivientes de la divina criba tratan de redimirse a través de unas Guerras Santas encauzadas a aniquilar las fuerzas del Maligno. El mayor logro del autor es forjar una ambientación oscura y opresiva, un escenario donde el único lenguaje es el del hierro y el fuego, donde el fervor religioso es de obligado cumplimiento y la mordedura de la espada es moneda corriente. Además, Laguna recurre a efectistas usos del lenguaje para suscitar un deje a lectura antigua sin abusar de los tan manidos latinismos: simplemente con una exótica y acertada ubicación de los verbos y el empleo de ciertos arcaísmos logra introducirnos de lleno en su mundo de tinieblas medievales.

En realidad, Adraga es una compilación de dos novelas independientes: Memorias de una ciudad extraña y Las losas del alma. Memorias de una ciudad extraña encierra una historia autoconclusiva, con un final más o menos cerrado (aunque allí se planten semillas que germinarán después). Y si bien el segundo libro es una continuación del primero, sin duda puede leerse de forma aislada, pues pone en antecedentes al lector ocasional y vuelve a presentar a los personajes. Sin embargo, el lector hallará un placer mayor en la lectura completa, en la suma de las partes, pues las líneas argumentales secundarias que se trazan entre ambos libros convierten la obra toda en una narración de mayor calado y amplitud.

Personalmente, disfruté más con el primer libro. Memorias de una ciudad extraña aborrece de épicas grandilocuentes para contar una historia pequeña, centrada en la ciudad de Praga, que solo a la postre se revela más grande de lo que en principio parecía. Se fragua aquí una ficción oscura e intrigante, casi detectivesca, de escaramuzas, conspiraciones y subterfugios más que de grandes gestas; pero es precisamente el componente misterioso lo que la hace tan especial y lo que la aleja de la dragonada al uso. La magia es siempre sutil; el bestiario, demoníaco y furtivo. En este libro, además, Juan Ángel Laguna inventa la novela río moderna (aunque se estuviera descubriendo paralelamente por otros andurriales; pero eso no le resta mérito a él). Cada capítulo está contado desde la perspectiva de uno de los personajes, en primera persona. Y aunque puede decirse que el texto adolece de cierta monotonía narrativa al carecer de un estilo propio para cada héroe, los matices que el autor imprime a las personalidades suplen con creces esta carencia estilística.

La segunda parte, Las losas del alma, arranca poderosa, coge brío y se vuelve épica y ambiciosa, aunque no abandona la senda escénica marcada por su antecesora, con lo que la originalidad está asegurada. Los misterios confinados ceden por fin a la grandeza errabunda, a un tour bélico a través de la Vieja Europa y parte de Asia en el que las batallas se suceden sin otro propósito que narrar las heroicidades de la fe, la entereza y el puro tesón. Las descripciones de los lugares son sugerentes, el autor trabaja todos los sentidos y nos hace postrarnos ante el exotismo de oriente, los solemnes cuernos de Viena, las intrigas palaciegas de Constantinopla, los aromas a especias del África septentrional y el sabor de las cortes de Babilonia, un sabor a barbarie y decadencia. Los cruzados encarnan luces entre tanta oscuridad; pero son luces débiles, luces también negras, amargas.

Las losas retoma algunos personajes de Memorias y añade un buen número de fichas nuevas al tablero de juego. Y aunque la cantidad de personajes sea tan elevada que muchos de ellos solo estén esbozados, una de las dos líneas argumentales que se entretejen a lo largo de Las losas se centra en solo dos de ellos, lo cual permite al autor profundizar en sus motivaciones e inquietudes y manipularlos con maestría. Estos dos personajes son Lucie de Millevaches, la novicia que oculta secretos, y Adriano de Roma, una suerte de Qui-Gon Jinn medieval (con el rostro de Liam Neeson me lo dibujé durante toda la novela, y con el de Natalie Portman a su pupila). Adriano es un maestro cruzado triste y contenido, con una versión un tanto particular de la Guerra Santa; un guerrero que se debate entre un fanatismo monacal y un espíritu heterodoxo, ambivalencia que resulta muy bien resumida en la escena de la fiesta tras la muerte del demonio Dash-daar, y también en el álgido punto en que el cruzado se atiene a los métodos que condena en su correligionario Sweyn para poder sobrevivir. Aunque ambas facetas están siempre sometidas a la losa de servir como cruzado a la Bandera de Adraga, una losa del alma, que constriñe las personalidades de todos y cada uno de los guerreros de la campaña. Y es que no podemos olvidar que Laguna conoce como nadie la comprometida situación a la que ha sometido a sus criaturas, y juega con ellas en consecuencia: el Dios Verdadero, un dios de cuya existencia ya no cabe la menor duda, tiene por fuerza que conducir los actos de todos los personajes, quienes no se juegan una bagatela, sino la remisión o el ingreso en un infierno muy pero que muy real. Nadie puede permanecer impasible ante semejante revelación; el fanatismo se convierte en la conducta habitual cuando el Altísimo se nos manifiesta sin reservas. El Medioevo oscuro de Juan Ángel Laguna suaviza el auténtico: si en nuestra Edad Media la religión marcaba a fuego la cultura, en el crudo escenario que perfila Laguna el fervor devora la misma vida. Ya no resta otra empresa que servir a Dios o luchar en su contra. La religión lo ha engullido todo, es la medida de todas las cosas. Como bien reza la contracubierta del libro, Europa entera es más que nunca un valle de lágrimas.


Deja la lectura de Adraga un regusto muy positivo, la agradable sensación de habernos topado con algo distinto. No es de los libros que se olvidan: quizá, con el tiempo, los personajes vayan desdibujándose en nuestra mente, pero la oscura ambientación se acomodará en nuestra retentiva para no abandonarla jamás. Mientras tanto, una advertencia: si te atreves a adentrarte en las misteriosas páginas de Adraga, tachonadas de hierro y sangre, tal vez un día te sorprendas en pleno entusiasmo lector rugiendo el grito de batalla de las temibles Huestes Negras…

¡Por Adraga!